¿Quiénes son sayistas más influyentes en el debate político y cultural de América Latina en la actualidad? Por cualquier camino que uno aborde esa pregunta, siempre encuentra el nombre de Carlos Granés, colombiano como el que más, a pesar de llevar media vida radicado en España.
Con varios libros a cuestas, son los dos más recientes los que lo han puesto en el centro de las discusiones sobre el devenir de la región: ‘Delirio americano’, un profundo análisis de la historia política y cultural latinoamericana, y ‘El rugido de nuestro tiempo’, donde profundiza en el campo de batalla en que se ha convertido el debate público sobre esos temas.
En su visión, la política latinoamericana ha estado marcada por relatos heroicos que no corresponden a la realidad y por mesianismos que erosionan las instituciones, en un entorno en el que pareceríamos condenados a una polarización destructiva alimentada por los odios. A continuación, Granés analiza la coyuntura política colombiana con la agudeza propia de quien en el fondo nunca se ha ido de este país.
Parecería que en Colombia, como en el mundo entero, es inevitable caer en la polarización. Las encuestas electorales muestran que los candidatos de los dos extremos, Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, tienen la mayor intención de voto. Sin embargo, los precandidatos del centro suman unas cifras que no son despreciables. ¿Ese centro está condenado a desaparecer de aquí a la primera vuelta?
Los candidatos del centro aún tienen opciones. Paradójicamente, su gran reto es salir de la trampa del centro. En tiempos de polarización, la gente vota con rabia por un antídoto: los de la derecha contra el petrismo, y los de la izquierda contra el uribismo. En ese contexto, los que se dejan encajonar en el centro parecen un remedio poco eficaz. Los candidatos centristas deberían tratar de ser un tercer vértice y no un antídoto, una alternativa real con identidad definida que le permita al votante saber exactamente por qué está votando.
¿La Gran Consulta realmente refleja valores de centro, o es una trampa de la derecha para arrastrar candidatos de centro y legitimarse?
Los candidatos de la Gran Consulta están tratando de diferenciarse de los extremos. Con Abelardo de la Espriella, un candidato de extrema derecha, la gente sabe exactamente qué vota: una seguridad desligada de los compromisos con la ONU y con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, es decir, una seguridad desmadrada que puede deslegitimar las instituciones y poner en jaque el Estado de derecho. En el otro extremo está una izquierda ideológicamente rocosa, con ideas muertas como la paz total y una asamblea constituyente, que también pueden pudrir las instituciones y erosionar el Estado de derecho.
¿Y qué debería ofrecer el centro?
Creo que les ha faltado claridad en una defensa vehemente de la democracia liberal, que es lo que está en juego. Si usaran esa carta, tendrían una identidad más definida y más probabilidad de pasar a segunda vuelta. Esta es la primera elección donde claramente hay dos extremos que no se sienten cómodos con los marcos de la democracia liberal. Por eso la defensa de esta tercera posición puede hacerse con vehemencia, con mucho ímpetu para convencer al votante de que estamos en una situación extrema de riesgo y que necesitamos un candidato que se aferre a sus valores y los defienda con absoluta convicción.
Muchos piensan que la democracia liberal es un lujo inalcanzable, cuando hay necesidades más apremiantes como preservar el Estado, el control del territorio, la seguridad o el derecho a la propiedad privada…
Creo que se equivocan radicalmente, porque lo único que garantiza la igualdad son las instituciones democráticas. Si sacrificamos esas instituciones, quedamos en el campo de la fuerza y de la arbitrariedad. Es verdad que la seguridad es un problema apremiante, no solamente en Colombia sino en toda América Latina, y sin duda los candidatos de centro que no tengan una política de seguridad clara y eficaz se van a ver en problemas, pero la seguridad clara y eficaz se van a ver en problemas, pero la seguridad no se puede anteponer al Estado de Derecho y a la democracia. Eso sería reproducir el caso del Salvador, donde hoy se vive prácticamente una dictadura, donde el poder ejecutivo controla absolutamente todas las otras ramas del poder y hace lo que se le da la gana, incluso cambiar la constitución para reelegirse indefinidamente. Por eso yo creo que De la Espriella es una amenaza para el Estado de Derecho.
Veamos la situación de la izquierda. Los populismos de nuestros tiempos exigen grandes dosis de carisma, pero Iván Cepeda es un candidato más bien opaco, a pesar de su bagaje intelectual y su importancia en la historia política reciente de Colombia. ¿Eso le puede jugar en contra?
Eso está pasando en toda la región: mandatarios histriónicos y carismáticos dejan como sucesor a alguien más sobrio, racional y opaco. AMLO dejó a Claudia Sheinbaum, Maduro dejó a Delcy, es posible que Trump deje a J.D. Vance, y Petro puede dejar a Cepeda. Lo más importante de este fenómeno es que esos sucesores opacos pueden ser incluso más radicales que sus antecesores. En el caso de Cepeda, el problema es que es más inflexible a nivel ideológico y está empecinado en proponer dos ideas que ya murieron en Colombia y en América Latina: la paz total y una Asamblea Constituyente. Estas ideas le han hecho mucho mal a Colombia, y a América Latina le han hecho un daño aún más grave. El mayor riesgo es que ese empecinamiento ideológico no le permita ver que está manejando una materia mórbida que no ha dado resultados, y que cuando se aplica deriva en un autoritarismo y un cambio de régimen que sencillamente le impiden a la oposición poder aspirar nuevamente a llegar al poder.
Gustavo Petro tiene un talante muy distinto al de Iván Cepeda. Como congresista, como candidato y como presidente ha mostrado ser casi que un recuadro perfecto de tu libro ‘Delirio americano’ o, como de hecho lo es, uno de los personajes abordados en ‘El rugido de nuestro tiempo’. Tiene la retórica, el mesianismo y una ensoñación delirante que lo aleja de la realidad, pero a pesar de ello conecta con una porción importante de la población. ¿Treinta y cinco por ciento de los colombianos están equivocados?
Lo que ocurre con esos personajes es que conectan muy bien con la gente. En los países latinoamericanos ha habido amplios sectores de la población que se han sentido excluidos permanentemente, y el caudillismo o el nacional-populismo incluye a los excluidos en el proyecto nacional. Por primera vez, gente que no se sentía representada siente que alguien habla por ellos. Puede que sus condiciones de vida no mejoren, pero al menos simbólica o emocionalmente se sienten reparados, se sienten resarcidos. En un país tan desigual como Colombia, donde salir de la pobreza es tan complicado y donde las injusticias son tan patentes, pues eso ya es algo para mucha gente. No es que estén equivocados, en absoluto. Simplemente se están fijando en los beneficios emocionales o espirituales que trae el nacional-populismo, el caudillismo y los presidentes delirantes, y no en lo material, no en las carreteras, los hospitales, el sistema de salud, la política exterior, la violencia o la seguridad. No se están fijando en eso. Ese es el espejismo que crean estos liderazgos magnéticos: hacen que amplios sectores de la población se conformen con resarcimientos identitarios y espirituales, y con sentirse que por fin son parte de la patria. En los países latinoamericanos ha habido amplios sectores de la población que se han sentido excluidos permanentemente, y el caudillismo o el nacional-populismo incluye a los excluidos en el proyecto nacional. Por primera vez, gente que no se sentía representada siente que alguien habla por ellos. Puede que sus condiciones de vida no mejoren, pero al menos simbólica o emocionalmente se sienten reparados, se sienten resarcidos. En un país tan desigual como Colombia, donde salir de la pobreza es tan complicado y donde las injusticias son tan patentes, pues eso ya es algo para mucha gente. No es que estén equivocados, en absoluto. Simplemente se están fijando en los beneficios emocionales o espirituales que trae el nacional-populismo, el caudillismo y los presidentes delirantes, y no en lo material, no en las carreteras, los hospitales, el sistema de salud, la política exterior, la violencia o la seguridad. No se están fijando en eso. Ese es el espejismo que crean estos liderazgos magnéticos: hacen que amplios sectores de la población se conformen con resarcimientos identitarios y espirituales, y con sentirse que por fin son parte de la patria.
¿Cree que cuando sus herederos intelectuales escriban ‘El delirio americano’ de mediados de este siglo, Gustavo Petro será una figura determinante en el curso de la política colombiana o un político pintoresco que se fue diluyendo en medio de su propia retórica?
Es difícil saberlo a estas alturas. Todo dependerá de las siguientes elecciones. Creo que si hay una continuidad del proyecto petrista, y si se hace a través de Iván Cepeda y él logra sacar adelante una asamblea constituyente, tendremos petrismo por mucho rato. En ese escenario sí se conformaría un período de hegemonía petrista prolongado en el tiempo. Si Cepeda no llega a la presidencia o si no logra hacer su proyecto constituyente, la historia será otra, no sé cuál, pero seguramente será otra.
¿Ya decidió por quién va a votar en consultas y por quién votaría eventualmente en primera vuelta?
No. Todo está muy confuso… Creo que por la consulta sí lo tengo claro. También tengo claro que no voy a votar en blanco. En las elecciones pasadas voté en blanco e incluso fui un defensor del voto en blanco, y creo que no sirvió de nada. La avalancha de votantes por los dos finalistas, por los dos candidatos que llegaron a la segunda vuelta, fue tan avasalladora que el voto en blanco no sirvió absolutamente para nada y creo que lo mismo va a pasar en estas elecciones. En últimas creo saber por quién voy a votar en consulta, sé que no voy a votar en blanco y creo saber por quién no voy a votar bajo ninguna circunstancia… Con el panorama actual, esas tres cosas ya son bastante.
Finalmente ¿cómo se siente ser uno de los ensayistas más influyentes en el debate cultural y político latinoamericano?
No sé si sea de los más relevantes. Yo creo que simplemente retomo una tradición fértil: la del ensayo. Antes América Latina era un continente de poetas y ensayistas, pero a partir del ‘boom’ eso empezó a cambiar y se convirtió en un continente de novelistas. Hoy no es fácil encontrar un escritor de tiempo completo que se autodefina como ensayista y que no diversifique con la novela, la poesía o el periodismo. Yo soy ensayista de pura raza: solo escribo ensayos y columnas de opinión, que para mí son otra forma de hacer ensayos, así que he terminado ganando por W.
MAURICIO REINA
Especial para EL TIEMPO
















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