En Bogotá, muchas de las decisiones que buscan evitar que una enfermedad se propague —o que una alerta sanitaria escale— no se toman en un hospital ni en una sala de urgencias. Se construyen, en buena medida, dentro del Laboratorio de Salud Pública, un engranaje técnico que hoy se ha convertido en una de las principales herramientas de la Secretaría Distrital de Salud para leer lo que pasa con la salud de los ciudadanos de la capital.
Allí, lejos del ruido de la calle, se procesan muestras, se cruzan datos y se afinan diagnósticos que terminan traduciéndose en decisiones: desde activar cercos epidemiológicos hasta orientar campañas de vacunación o emitir alertas sanitarias. Su alcance ha crecido al punto de consolidarse como uno de los laboratorios más grandes del país y el que más ensayos acreditados tiene dentro de la red nacional.
La operación se divide en dos grandes frentes: la vigilancia de enfermedades y la vigilancia del ambiente y el consumo. En la práctica, esto significa que el laboratorio no solo analiza virus o bacterias, sino también agua, alimentos, medicamentos y sustancias tóxicas. Esa mirada amplia le permite conectar variables y entender riesgos que no siempre son visibles a simple vista.
Uno de los indicadores que explica su peso técnico es la acreditación de 49 ensayos bajo estándares internacionales. No es un dato menor: es el mayor número entre los laboratorios de salud pública del país y, en la práctica, es lo que respalda que los resultados que produce sean confiables y puedan usarse para tomar decisiones sanitarias.
El laboratorio coordina una red de más de 600 laboratorios públicos y privados en la ciudad. Foto:Secretaría de Salud.
Esa capacidad se puso a prueba en momentos críticos. Durante la pandemia por covid-19, el laboratorio tuvo que responder a una alta demanda de procesamiento. Más recientemente, entre 2024 y 2025, ha estado en el centro de la vigilancia de infecciones respiratorias, fiebre amarilla y tos ferina, además de intervenir en episodios complejos como intoxicaciones por sustancias altamente peligrosas.
Pero uno de los avances más significativos está en su infraestructura. Desde septiembre de 2024 entró en operación un laboratorio de alta contención biológica (BSL-3), un espacio diseñado para trabajar con agentes patógenos de alto riesgo en humanos. Se trata de la primera capacidad de este tipo en una entidad pública distrital y marca un salto en la forma en que la ciudad puede prepararse frente a emergencias sanitarias.A esto se suma un elemento clave y es que Bogotá es actualmente la única entidad territorial del país con capacidad de diagnóstico molecular propio para sarampión. Esa capacidad permitió confirmar un caso importado en un viajero internacional sin que se generaran contagios secundarios, un resultado que muestra el papel silencioso, pero determinante, del laboratorio en la contención de riesgos.
Su alcance, sin embargo, no se limita a sus instalaciones. El laboratorio coordina una red de más de 600 laboratorios públicos y privados en la ciudad. Esa articulación permite hacer seguimiento a la calidad de los diagnósticos, estandarizar procesos y garantizar que la información que circula en el sistema de salud sea consistente y oportuna.
En paralelo, ha venido consolidando un rol cada vez más activo en investigación. Con un grupo clasificado en A1 y alianzas con universidades e instituciones científicas, el laboratorio participa en estudios sobre tuberculosis, resistencia antimicrobiana, bacterias en alimentos y virus respiratorios. Es una dimensión que lo ubica no solo como un actor operativo, sino también como un generador de conocimiento.
En ese cruce entre vigilancia, diagnóstico e investigación está su mayor valor: la capacidad de transformar datos en decisiones. La información que produce alimenta la vigilancia epidemiológica, orienta acciones en territorio y respalda la formulación de políticas públicas en salud.
Además, el laboratorio ha fortalecido la formación de talento humano y la asistencia técnica en toda la red distrital, capacitando de manera permanente a personal de salud y equipos comunitarios en la toma, lectura e interpretación de pruebas rápidas para infecciones como VIH, sífilis y hepatitis B y C. Esta estrategia ha permitido ampliar el tamizaje fuera de entornos clínicos tradicionales y facilitar diagnósticos más oportunos en la ciudad.
A la par, su participación en el ecosistema de ciencia, tecnología e innovación en salud ha abierto nuevas líneas de trabajo en vigilancia genómica, resistencia antimicrobiana y caracterización de bacterias y virus. Estas capacidades, sumadas a alianzas con instituciones académicas y científicas, refuerzan su papel no solo como centro de diagnóstico, sino como un actor clave en la generación de conocimiento aplicado para anticipar riesgos y fortalecer la respuesta sanitaria en Bogotá.
Las enfermedades bajo la lupa
Nuevas técnicas facilitan anticiparse a brotes y establecer cercos epidemiológicos. Foto:Archivo ET-Unisimon
En una ciudad atravesada por la movilidad constante, las enfermedades transmisibles siguen marcando la agenda sanitaria. Los datos que recoge el sistema de vigilancia permiten identificar cuáles son hoy las principales alertas.
Una de ellas es la fiebre amarilla. Aunque Bogotá no es zona de transmisión, desde 2025 se han confirmado 24 casos y 12 fallecimientos en personas que llegaron a la ciudad tras haber estado en departamentos como Tolima y Meta. El foco ha estado en reforzar la vacunación de viajeros y mejorar la detección oportuna de casos graves.
El sarampión también ha mostrado un repunte en las notificaciones. En lo corrido de 2026 se han reportado 169 casos sospechosos, casi el doble frente al mismo periodo del año anterior. Tres de ellos han sido confirmados como importados. Hasta ahora, no se han registrado contagios locales, pero el comportamiento mantiene la alerta encendida.
Las infecciones respiratorias agudas siguen siendo uno de los eventos más monitoreados. Aunque las consultas han disminuido frente a 2025, en las últimas semanas se han registrado aumentos en menores de cinco años y adultos mayores. El análisis de laboratorio ha identificado al rinovirus como el principal agente circulante, seguido del virus sincitial respiratorio y la parainfluenza.
En paralelo, la tos ferina ha mostrado un aumento en los casos probables: 285 en 2026 frente a 126 en el mismo periodo del año pasado. Aunque los casos confirmados han disminuido, la enfermedad sigue afectando principalmente a menores de cinco años.
Este panorama local se cruza con un contexto global en el que enfermedades prevenibles por vacunación están reapareciendo y expandiéndose con rapidez. En ese escenario, la capacidad de vigilancia, diagnóstico y respuesta se vuelve determinante.
Bogotá ha reforzado su estrategia con vigilancia epidemiológica activa, equipos en territorio que realizan búsqueda de casos y cercos epidemiológicos, fortalecimiento de la vacunación y control en puntos de entrada como el Aeropuerto El Dorado y las terminales terrestres.
Detrás de todas esas acciones, el laboratorio sigue operando como una pieza silenciosa pero central: el lugar donde los datos toman forma y donde, muchas veces, se define la rapidez con la que una ciudad puede anticiparse a una emergencia.
CAROL MALAVER
SUBEDITORA BOGOTÁ
Esríbanos a carmal@eltiempo.com
















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