Tras casi seis semanas de confrontación abierta, la guerra entre Estados Unidos e Irán entró en una pausa incierta. El anuncio de un cese al fuego de 15 días, confirmado a comienzos de semana por ambas partes, abrió una ventana diplomática que ahora tendrá su primera prueba este fin de semana en Islamabad.
El acuerdo, que tanto Washington como Teherán presentan como un logro propio, incluye la reapertura del estratégico estrecho de Ormuz, cuya interrupción había sacudido los mercados energéticos globales y disparado hasta en un 30 % los precios de combustibles como la gasolina, el gas y el diésel, así como la evaluación del fin de las sanciones que pesan contra Irán.
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Sin embargo, aún lucen irreconciliables ciertos puntos como la aceptación de Irán de dejar de enriquecerse con uranio o que Estados Unidos retire sus tropas de la región, como lo demanda Teherán.
La distensión llega después de días de máxima tensión, marcados por advertencias como la del presidente Donald Trump, quien amenazó con “borrar del mapa” a Irán si no cesaban las acciones en la región.
Irán. Foto:
La tregua, facilitada por Pakistán, que ahora busca capitalizar ese rol convocando a una cumbre clave entre ambos gobiernos y que está pactada para este sábado en Islamabad, deja entrever en todo caso que el compás de espera está lejos de disipar las dudas: la negociación no solo deberá sostener el frágil cese de hostilidades, sino definir si existe —o no— una salida política real al conflicto abierto desde el 28 de febrero.
La propuesta iraní que no termina de convencer a Trump
El cese de hostilidades emergió de una propuesta de 10 puntos presentada por Teherán, pero que la administración republicana considera inaceptable ya que plantea el pago de indemnizaciones por los daños causados, el derecho de Irán a enriquecerse con uranio, el levantamiento de sanciones y cierto control en el tránsito por el estrecho de Ormuz.
De momento, y pese a lo dicho por el mandatario estadounidense, el tránsito por el corredor marítimo continúa limitado y solo un puñado de barcos, aquellos que han negociado acuerdos directos con el régimen, han podido atravesar.
Funcionarios iraníes insisten en que piensan cobrar hasta dos millones de dólares por cada embarcación que quiera cruzar –como compensación por los daños causados- mientras Trump habla de un manejo conjunto de Ormuz.
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Adicionalmente, persisten las dudas por el conflicto paralelo entre Israel y el Líbano. Aunque inicialmente se habló de una ronda paralela de negociaciones en Washington entre autoridades de ambos países encaminadas a un desarme de Hezbolá, Irán anunció el viernes que la tregua anunciada debía incluir al Líbano y amenazó con no asistir si Israel persistía con los bombardeos sobre Beirut.
Irán ahora controla el estrecho, lo que no ocurría antes del conflicto
Por supuesto, como dijo Trump, la propuesta es apenas un punto de partida y el balance de esta guerra solo comenzará a tomarse en perspectiva una vez que se conozcan términos más definitivos. Pero, desde ya, es posible sacar algunas conclusiones de la aventura militar del mandatario republicano en Oriente Medio y sus consecuencias.
Cohete enterrado en los Altos del Golán, territorio anexionado por Israel y fronterizo con Líbano Foto:AFP
¿Victoria táctica para Trump?
Pese al tono desafiante del régimen islámico, no hay duda de que sale de esta guerra inmensamente debilitado. En estas semanas, EE. UU. e Israel golpearon más de 13.000 blancos militares, destruyeron buena parte de su capacidad aérea y naval y descabezaron a su cúpula, incluida la eliminación del ayatolá Alí Jamenei.
En lo inmediato, la ofensiva también puede leerse como una victoria táctica para Trump. Al elevar su retórica hasta niveles extremos, amenazando con atacar la infraestructura energética y “devolver a Irán a la edad de piedra”, el presidente logró forzar a Teherán a reabrir un estrecho por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial.
La reapertura, incluso parcial, permitió aliviar los mercados y frenar la escalada de precios.
Ataque de EE. UU. a buque iraní en el estrecho de Ormuz, 10 de marzo 2026 Foto:@CENTCOM/X
Trump, en ese sentido, encontró una “rampa de salida” a un conflicto que comenzaba a volverse impopular en casa. El encarecimiento del costo de vida, especialmente de la gasolina y los alimentos, ya le estaba pasando factura política, y el riesgo de una recesión global empezaba a inquietar a inversionistas y aliados por igual.
Amenaza nuclear y los otros límites del golpe de Estados Unidos e Israel contra Irán
Pero esa lectura optimista tiene límites. Porque si bien Irán fue golpeado, la guerra dejó intactos, o apenas alterados, los factores estructurales que llevaron al conflicto.
Para empezar, el régimen sigue en pie. Trump pasó de exigir una «rendición incondicional» y hablar abiertamente de cambio de régimen a sentarse a negociar con los mismos ayatolás que buscaba remover.
Es difícil creer que EE. UU. o el mundo pueda aceptar indefinidamente que Irán tenga el control de un punto energético clave. Pero sería terrible si eso termina siendo el nuevo ‘statu quo’ tras el conflicto
A diferencia de otros escenarios, como el de Venezuela, donde EE. UU. logró imponer a la brava un nuevo orden político, en Irán el poder sigue en manos de un gobierno teocrático, respaldado por la brutal Guardia Revolucionaria, que ahora intenta reorganizarse tras el golpe.
Asimismo, Irán, aunque bajo escombros, retiene el control de unas 970 libras de uranio enriquecido cercano a grado militar, que, según Trump, fue lo que lo llevó a lanzar la guerra.
Su futuro, sin duda, formará parte de las negociaciones. Pero si EE. UU. no logra su principal objetivo, sería visto como un gran fracaso para un conflicto que le está costando 1.000 millones de dólares diarios. Sobre todo, en comparación con los términos del acuerdo nuclear firmado en 2015 que llevó a Teherán a entregar voluntariamente el 97 por ciento del material almacenado.
Un hombre sostiene una bandera iraní con los rostros de Ali y Mojtaba Jameneni. Foto:AFP
A esto se suma otro elemento inquietante. El conflicto también puso en evidencia los límites del poderío militar estadounidense frente a estrategias de guerra asimétrica.
Pese al devastador número de ataques, Irán demostró que puede absorber golpes masivos y aun así responder, interrumpiendo el flujo de petróleo, lanzando ataques con drones y misiles contra objetivos sensibles en el Golfo y activando operaciones cibernéticas contra infraestructura estadounidense.
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Y si bien de momento está prevista la reapertura del estrecho, Irán insiste en que el tránsito estará bajo la supervisión de sus fuerzas armadas, lo que, en la práctica, le deja un grado de control que no tenía antes de la guerra.
“Irán ahora controla el estrecho, lo que no ocurría antes del conflicto. Es difícil creer que EE. UU. o el mundo pueda aceptar indefinidamente que Irán tenga el control de un punto energético clave. Pero sería terrible si eso termina siendo el nuevo ‘statu quo’ tras el conflicto”, afirma Richard Fontaine, director del centro de pensamiento New American Security.
El remezón en la arquitectura internacional que deja guerra contra Irán
El impacto del conflicto tampoco se limita a la relación bilateral. La guerra, sobre todo, sacudió la arquitectura internacional construida durante décadas.
En Europa, dejó profundas grietas en la alianza transatlántica, con gobiernos que se sintieron marginados y vulnerables ante decisiones unilaterales de Washington, y con el futuro de la Otán en duda.
Cartel con los 3 líderes supremos que ha tenido Irán: Ruhola Jomeini, Alí Jamenei y Mojtaba Jamenei. Foto:AFP
Trump, por su parte, siente que fue traicionado por los europeos, que no salieron a socorrerlo cuando se los pidió y ahora amenaza con abandonar la alianza. Algo que en la práctica no puede hacer, pues requiere la aprobación de las dos terceras partes del Senado, pero que podía lograr de facto si reduce la presencia de sus tropas o se niega a seguir financiando los costos operativos de la OTAN, que hoy día recaen principalmente en EE. UU.
En el Golfo Pérsico, aliados tradicionales quedaron expuestos al comprobar que ciudades como Dubái o infraestructuras críticas en Kuwait pueden ser alcanzadas por misiles iraníes.
El balance, como lo sintetizó el excanciller danés Lars Lokke Rasmussen, es ambiguo: «¿Es el mundo un lugar mejor hoy que ayer? Sin duda. ¿Pero que hace 40 días? Eso es mucho más dudoso», le dijo este exdiplomático al diario The New York Times.
Internamente, el conflicto también dejó heridas políticas. Trump, de alguna manera, también fracturó parte de su propio movimiento MAGA, donde sectores clave lo acusan de haber traicionado su promesa de mantener a EE. UU. fuera de «guerras interminables» en Medio Oriente.
¿Es el mundo un lugar mejor hoy que ayer? Sin duda. ¿Pero que hace 40 días? Eso es mucho más dudoso
Puede que esta no sea interminable y que el mandatario termine por venderla a su favor. Pero no le será fácil explicar por qué se gastó más de 40.000 millones de dólares en bombardeos contra otro país sin obtener mucho a cambio.
Lugar de un ataque aéreo israelí en el barrio Corniche al-Mazraa de Beirut, Líbano. Foto:AFP
Golpe a la economía será global y no cesará en el corto plazo
Y en el frente económico, aunque los mercados reaccionaron positivamente al anuncio del cese al fuego, con caídas en el precio del crudo y repuntes bursátiles, el impacto no desaparecerá de inmediato.
El petróleo, por ejemplo, se negocia en mercados futuros, lo que significa que los aumentos ya incorporados en los contratos seguirán trasladándose a los consumidores durante meses.
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En otras palabras, el alivio no será inmediato en las estaciones de gasolina ni en los supermercados.
El cese al fuego de 15 días, sin lugar a dudas, ofrece un respiro. Pero también deja al descubierto la magnitud del desafío que viene. Trump ahora debe demostrar que la guerra no solo sirvió para golpear a Irán, sino también para lograr un acuerdo duradero que reduzca su amenaza nuclear, limite su capacidad militar y estabilice la región.
















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