Cuando se supo la noticia de que Estados Unidos había acordado un alto el fuego de dos semanas con Irán, inmediatamente recordé un intercambio descrito por el coronel estadounidense Harry Summers en 1982. “Nunca nos derrotaron en el campo de batalla”, le dijo a un excoronel norvietnamita. “Sí, pero nosotros ganamos la guerra”, le respondió categóricamente.
Que no quepa duda: el acuerdo de alto el fuego sella la derrota estratégica de la alianza Estados Unidos-Israel contra Irán. Este conflicto será recordado como un episodio más de países poderosos cayendo en la trampa de la guerra asimétrica, en la que los ejércitos más poderosos invariablemente no logran traducir las ganancias tácticas en victorias estratégicas.
Estados Unidos e Israel —especialmente el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, quien está más versado en historia que el presidente republicano Donald Trump— deberían haberlo sabido. Los principios de la guerra, establecidos por Carl von Clausewitz en 1812, dejan claro que la destrucción de las fuerzas enemigas debería tener un impacto decisivo sobre su voluntad de resistir. Las guerras asimétricas desafían esta norma de la “batalla decisiva”. Y no había motivos para pensar que Irán sería una excepción.
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Una civilización animada por un fervor ideológico, que ha soportado siglos de guerras de supervivencia, nunca se iba a rendir fácilmente. Un país que sacrificó unas 750.000 vidas de su gente, incluyendo miles de niños, en su guerra de ocho años contra Irak en los años 80, siempre tendrá una tremenda ventaja sobre los enemigos que se desmoronan bajo el impacto emocional de unas pocas docenas de muertos. Un régimen que en enero asesinó a decenas de miles de sus ciudadanos en apenas 48 horas no se iba a inmutar, dos meses después, por las amenazas contra sus civiles.
Aun cuando Estados Unidos e Israel han matado a gran parte de la cúpula política y militar de la República Islámica, y han demolido gran parte de su capacidad militar, el régimen ha librado una guerra de desgaste contra la economía global. Como cualquier estratega militar competente habría previsto, Irán bloqueó el tránsito marítimo a través del vital estrecho de Ormuz y, a la par, se aseguró de que sus aliados hutíes estuvieran preparados para cerrar la única alternativa, Bab al-Mandeb, a Ormuz. Sumadas a esas acciones, los ataques estratégicos con drones y misiles permitieron, en gran medida, compensar la ventaja militar de sus enemigos.
Durante la guerra, Irán ha logrado reponer su presupuesto: ahora está ganando casi el doble de las ventas de petróleo que antes del conflicto, y ahora está obteniendo ganancias al cobrarles a los barcos el paso por el estrecho de Ormuz. Rusia también ha salido beneficiada por la guerra debido a la flexibilización de las sanciones estadounidenses sobre su petróleo. Mientras tanto, los ingresos de los aliados de Washington en el Golfo se han desplomado, lo que plantea dudas sobre si podrán cumplir sus promesas de invertir miles de millones de dólares en Estados Unidos y en su propia diversificación económica.
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Resultado inesperado
Por si fuera poco, Estados Unidos e Israel no han logrado alcanzar ninguno de sus objetivos bélicos. Ni siquiera la reapertura del estrecho de Ormuz puede considerarse una victoria, ya que antes de la guerra había flujo libre de embarcaciones. Las capacidades de misiles balísticos de Irán y sus reservas de uranio enriquecido siguen siendo un problema que se tendrá que abordar a través de la diplomacia, tal cual se estaba tramitando antes de la guerra. Y las negociaciones en Islamabad (Pakistán) no van a dar lugar a un dictado estadounidense: los iraníes todavía pueden dar una lección a los negociadores de Washington, especialmente porque Trump está ansioso por minimizar sus pérdidas y centrar la atención hacia el frente doméstico, políticamente vital, y hacia el descuidado escenario de Asia Oriental.
En cuanto al cambio de régimen, aunque ahora diferentes hombres lideran Irán, no son más moderados que sus predecesores. Todo lo contrario: la República Islámica se ha transformado en una dictadura militar absoluta, con los ayatolás proporcionando legitimidad religiosa al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de línea dura.
Aun cuando Estados Unidos e Israel han matado a gran parte de la cúpula política y militar de la República Islámica, y han demolido gran parte de su capacidad militar, el régimen ha librado una guerra de desgaste contra la economía global
Shlomo Ben-AmiExministro de Asuntos Exteriores de Israel
Las implicaciones regionales más amplias no son más favorables para Estados Unidos e Israel. La guerra está destinada a provocar un rediseño del mapa geopolítico de Medio Oriente. Los lazos entre los países que desafían más abiertamente el orden global liderado por Occidente, como China, Rusia, Corea del Norte y el mismo Irán, podrían fortalecerse y su determinación endurecerse.
Al mismo tiempo, los Estados del Golfo, que han soportado el peso de los ataques en represalia de Irán, podrían empezar a ver las bases militares estadounidenses más como una carga que como un elemento disuasorio eficaz y a buscar diversificar sus alianzas. En ese caso, podrían considerar alinearse con una potencia regional como Turquía, que ya tiene lazos con el Consejo de Cooperación del Golfo, o Pakistán, que tiene un tratado de defensa con Arabia Saudita y ha mostrado disposición a compartir sus conocimientos nucleares con estados islámicos.
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De hecho, la probabilidad de proliferación nuclear en Medio Oriente ha aumentado, ya que los dirigentes de Irán y otros países han llegado a considerar las armas nucleares como la mejor garantía de seguridad. Teherán también continuará fortaleciendo a sus grupos aliados en Irak, Líbano y Yemen, aprovechando el fracaso de los Estados —y el menor apetito de Occidente por la reconstrucción de sus naciones— para consolidar sus zonas de influencia regional.
En cuanto a Israel, su democracia está condenada, a menos de que se responsabilice a Netanyahu por llevar al país al abismo. Con sus políticas violentas y mal concebidas, ha destrozado una sociedad que antes era cohesionada y ha socavado la posición de Israel en Washington hasta el punto de que el distanciamiento de los estadounidenses supone una amenaza estratégica. Su intento de usar a Irán para desviar la atención de la creciente brutalidad de Israel hacia los palestinos —lo cual ha sido esencial para la supervivencia política de Netanyahu— no hace más que agravar la catástrofe.
El miércoles, EE. UU. e Irán anunciaron el acuerdo del cese del fuego durante dos semanas. Foto:AFP
Durante la Guerra Fría, el diplomático y estratega estadounidense George Kennan reconoció que la disfunción interna y la extralimitación en el ámbito exterior provocarían el colapso de la Unión Soviética. Por lo tanto, ideó una estrategia de contención, centrada en evitar la expansión soviética al tiempo que se evitaba un enfrentamiento militar innecesario.
La misma estrategia podría haber funcionado contra la República Islámica, que tarde o temprano habría sucumbido bajo el peso de sus contradicciones internas. En cambio, Estados Unidos e Israel iniciaron una confrontación que no les iba a salir favorable. Y si bien Estados Unidos puede ser capaz de absorber el impacto de otra derrota en una guerra asimétrica, Israel no es una superpotencia, diga lo que diga Netanyahu.
SHLOMO BEN-AMI*
© Project Syndicate
Tel Aviv
(*) Exministro de Asuntos Exteriores de Israel. Autor de ‘Prophets without Honor: The 2000 Camp David Summit and the End of the Two-State Solution’ (Oxford University Press, 2022).
















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