En la puerta de entrada a Berklee College of Music (BCM), en Boston, el viento vapulea y la mayoría de los estudiantes ingresa con algún instrumento a las espaldas, contrabajos, cornos, violines, lo que en la vista periférica da un desfile de aparatos que parecen moverse con vida propia a pequeños saltos. Nidia Góngora, la maestra cantadora del Pacífico colombiano, lo hace con ese andar pausado que la caracteriza, con mirada que penetra cosas, viene con marimba de chonta y guasá para dar clase en una de las más codiciadas universidades de música en el mundo.
Hace frío en Boston tras un largo viaje por carretera. El galón de gasolina vuela en algunas partes de Estados Unidos por encima de cinco dólares, la guerra contra Irán tiene anuncios de apocalipsis que se suspenden y se activan, ya viene el lobo, así que los más seguros en este mundo que se golpea contra las paredes parecen ser para ese momento los astronautas que lejos comen Nutella y flotan como motas de algodón.
Nidia Góngora realizó una gira de costa a costa en EE. UU Foto:Gonzalo Castellanos
Hay tensión, en algunos lugares en todo el país explotan manifestaciones No Kings, contra el momento belicista y la persecución a migrantes. Es el ambiente en el que Nidia Góngora (NG) y su agrupación se mueven de mar a mar, como el título de su canción, dentro de este país enorme, paradójico, a veces hostil, segregacionista, sin duda, pero abierto y vanguardista de verdad, en otra orilla que prevalece.
Llevan arrullos, alabaos, bundes, marimba, guasá y cununos en conciertos de asistencias totales tanto en teatros importantes como en centros culturales comunitarios, algunos parques y bares de música en vivo.
Van dando clases, lo que ya ha acogido a un poco más de 2.500 estudiantes en colegios, en estados muy blancos y muy norteamericanos, en Virginia, Nuevo Hampshire, Pensilvania, incluso universidades como Berklee; van en aviones y carreteras que semejan arterias de un sistema linfático infinito, van encontrándose con blues, hiphop y jazz, van encontrándose con gente que se sorprende, que se ve subir a la ola y baila el relato del mar Pacífico, van dejando sobre la mesa cómo es cierto que “cuando hagan un círculo para excluirte, haz uno más grande que incluya a todos”.
Este recorrido del ADN del Pacífico colombiano, aquella sociedad que sobrevive por la cultura, pero que sigue padeciendo heridas, se da acá, precisamente acá, en el corazón de un país también candente.
Mientras voy de un lugar a otro, viéndolo y hablándolo todo para vivir el tiempo y matar el tiempo con este grupo que hoy es mi mejor acogida, recuerdo Los viajes con Charly, travesía de Steinbeck en un viejo camión casa, en 1960, un año tenso entre Kennedy y Nixon, con el país debatiendo aceptar niños negros en escuelas y amenazas atómicas para darse con la Unión Soviética. También el Rolling Thunder de Bob Dylan en el 75, de riña con un establecimiento que había condenado al boxeador ‘Hurricane’ Carter por un crimen que no cometió. Era negro, era suficiente.
Al paso de la gira el cuerpo y la mente van por caminos distintos. Acudo a algo tenso para contar, algo que no parezca la descripción de un decorado de emocionalidad, pero no lo hallo.
El entorno grande es complejo, cierto; pero la gira estremece. Tiene el acelerador a fondo, se duerme poco, se come sin horarios, a veces compartimos camarotes, cargamos instrumentos, hay muchos cables y micrófonos, vemos muchas miradas, muchas pruebas de sonido, uno se deja llevar; andar con gente de la música supone meterse en la cabeza un idioma distinto, estos músicos no se apagan, están listos, tac, tac, tac, uno dos tres.
Nidia Góngora y la gira
La cantadora que ha emprendido esta gira es reservada, serena, a veces parece desconfiada, y como si nada, desmonta el muro; en el escenario provoca escalofrío, se deja llevar con En los manglares, Pacífico maravilla, A la memoria de Justino, con lamentos y melismas indescifrablemente melancólicos y a la vez alborozados.
NG danza con cadencia que llama. Los colombianos se notan cuando salen al frente, como si emergieran de un cascarón en el que llevan tiempo. Los demás bailan, aunque las olas no los mecen de un lugar a otro.
Ella nació en Timbiquí, hija del primer alcalde elegido en el municipio, buen guitarrista al que quiere regalarle una guitarra nueva, pues hace tiempo no toca. Se crio entre música, con madre cantadora también, por la música ha recorrido casi toda Europa, buena parte de África, el mapa latinoamericano; estuvo a poco de ganar un concurso de músicas del mundo en Rusia el año pasado con En los manglares, canción de la película Yo vi tres luces negras; se ha movido en el universo del Grammy, da clases en el Pacífico como en escuelas norteamericanas en estos días.
Empezó apenas siendo mayor de edad con Herencia de Timbiquí, la tentaron con el Ministerio de Cultura, ofrecimiento que rechazó, pues lo suyo se mueve en el mar, no en ese universo público que sabe denso.
Nidia habla de cultura y naturaleza de una manera que no es un discurso del momento, lo habla porque lo ha vivido, le han tocado los manglares, los oleajes, el árbol de chontaduro de donde se hace la marimba: también le ha correspondido la realidad de una tierra entre sangres, plantarse ante el comandante de algún grupo para rescatar amigos en ese imperio de la sinrazón, presenciar cuando un comandante de aquellos ha decidido ajusticiar a un muchacho por enredarse con una guerrillera, le han correspondido los intestinos de esa violencia, la precariedad de las escuelas, la corrupción que sume en la pobreza a tierras ricas, y ha visto también un país que en muchos sentidos cambia.
Sus reflexiones sobre la sociedad son artísticas y, cómo no, políticas, pese a que no se sumerge en caminos vehementes sobre ideologías. Claramente se percibe como una persona con noción de derechos, de reivindicaciones, de una libertad que no entrega por nada, ni a nadie.
Confía en que esto va a resultar. Cree a fin de cuentas en un espacio en el que los espíritus están presentes, se han transformado al dejar este lugar de materia, pero no se alejan. Con música ha recorrido el mundo y aún oye a Nina Simone, la sacerdotisa del soul, como a Zully Murillo, y se sorprende cada día con algo en canciones que conoce.
Deja claro en escenarios, a la mesa o en el Central Park por donde caminamos y hablamos en un descanso el pasado fin de semana, que no es cantante, que no es solo artista; es cantadora, tiene una responsabilidad, un relato cultural y social por transmitir, la memoria está en el ADN de esto; así como compone canciones nuevas con esa vocación de tradición, publica los alabaos de oralidad de la gente suya. Sabe muchos alabaos, esa ruta del relato de esclavizados en América, pero también de cantos gregorianos.
Deja claro en escenarios, a la mesa o en el Central Park por donde caminamos y hablamos en un descanso el pasado fin de semana, que no es cantante, que no es solo artista; es cantadora, tiene una responsabilidad, un relato cultural y social por transmitir, la memoria está en el ADN de esto; así como compone canciones nuevas con esa vocación de tradición, publica los alabaos de oralidad de la gente suya. Sabe muchos alabaos, esa ruta del relato de esclavizados en América, pero también de cantos gregorianos.
Recorrido, los lugares
En una gira así los escenarios van quedando lejos, la memoria se extravía. Filadelfia, Nueva York, Boston, Phoenix, Las Vegas, Washington, ciudades intermedias de Pensilvania, Virginia, Nuevo Hampshire y Vermont. Faltan algunos entre el 19 y 26 de abril, como Austin, Houston o Nueva Orleans.
Berklee College, Esperanza Center, Flushing Town Hall han acogido a la agrupación de la que, además de Nidia, hacen parte Fredy Vivas (cununos, percusión), Nicolás, Barrera (bombo, batería) Cristhian Salgado (tecladista, líder), Adrián Viáfara (marimba) y César Herrera (manager), y ha habido toques mágicos como el del bar Terraza 7 en Queens, N. Y., un sitio de Freddy Castiblanco por el que pasan maestros de músicas del mundo, un sitio también de diálogos porque Castiblanco se mueve en iniciativas sociales dentro de la alta política de la ciudad.
En Williamsport, en donde estudiantes de una decena de colegios tocaron marimba e hicieron bases rítmicas del Pacífico, el anfitrión, Dave, tenía obsesión con los horarios. Lo despelucamos a fondo. La última jornada Nidia le dijo que este concierto era en su honor. Sí, gracias, pero solo quedan 15 minutos.
* Gonzalo Castellanos V. Asesor de políticas y proyectos culturales en América Latina. Va con la gira, simplemente escribiendo y preparando un documental.
















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