En 1996 Pilar, Eliana y Pilar abrieron un restaurante de sándwiches sobre la calle 82: Lina’s. Lo ubicaron en el perímetro del centro comercial Andino, en un local con apertura hacia el exterior, pero que hace parte del circuito tradicional del mall.
Esa área, atravesada por la carrera 11 y conocida por ser la zona Rosa de la capital, movía entonces —y aún hoy— muchos comercios y empresas multinacionales, pero también turismo local de gente que viene a conocer lo más icónico de Bogotá.
Aunque para el momento la ciudad ya contaba con una oferta generosa de restaurantes, las fundadoras identificaron que hacía falta una propuesta especializada en comida casual que se sirviera en un ambiente amable, por ejemplo, con quien llegara de hacer diligencias en la calle. A ellos y a familias enteras había que darles una hospitalidad de corte familiar y diseño acogedor.
Pretendían que fuera un lugar de reunión donde la comida fuera la excusa perfecta para compartir momentos. Y, así, terminaron encarnando lo que hoy las generaciones más jóvenes llaman un comfort place: un sitio al que se regresa por abrigo y por hábito.
El concepto del restaurante Lina’s nació originalmente en París, en 1987, y fue creado por la francesa Lina Ghosn. Llegó a la capital como franquicia con ayuda de estas tres mujeres, siendo el primer local de la marca en Latinoamérica.
Treinta años después, sus gerentes siguen siendo Pilar Amador, socia fundadora y gerente, quien es también la cabeza creativa de la cocina: sobre sus manos recaen la renovación del menú, la exploración de sabores y ese pulso —a medio camino entre técnica e intuición— que define lo que llega a la mesa. Eliana Amador Torres, quien lidera las relaciones públicas y, en esta nueva etapa tras el cambio de nombre, se encarga de reposicionar la marca, tender puentes y volver a convocar a una clientela que ya la conocía —y a la que aún no—.
Y Pilar Venegas, que dirige el frente financiero y asegura que cada decisión, por creativa que sea, tenga viabilidad.
Lina’s un día, y L’s al otro
Lina’s un día, y L’s al otro
La propuesta del local trae iluminación más cálida y maderas que contrastan entre sí. Además combinan tipos de muebles clásicos y lámparas contemporáneas.
El giro no fue abrupto. Empezaron en 2025 y terminaron un año después. El primer día de enero de 2026 la estética, el mobiliario, la iluminación del lugar y letrero cambiaron: el restaurante dejó de llamarse Lina’s para asumirse e inaugurarse de manera definitiva como L’s.
Ese fue el cierre de un ciclo que, según sus socias, llegó cuando sintieron que podían sostener el proyecto solas.
Venían desde hacía tiempo tanteando la posibilidad de emancipar su menú y las dinámicas que manejaban en la cocina europea, y, al contrario de lo que podría suponerse, la conversación con la casa matriz en Francia fluyó con naturalidad.
El proceso no solo permitió una separación en buenos términos, sino que hoy cuentan con el respaldo de la dirección internacional, que las ha acompañado en esta nueva etapa de exploración con apertura.
La decisión combinó cálculo y convicción. Por un lado, el fin negociado del contrato de franquicia; por otro, la posibilidad de ganar margen de maniobra en la cocina. Sin ese marco, el menú empezó a desplazarse: ingredientes de la huerta propia que tienen en Tenjo, recetas familiares y una intuición más cercana al gusto local han comenzado a ocupar un lugar que antes estaba mucho más limitado. La independencia, en ese sentido, realmente se tradujo en un ajuste fino de identidad. “¡Nos ‘colombianizamos!’ ”, afirma Eliana.
Al refrescar la imagen también hubo una apuesta por el relevo generacional. La renovación del concepto —más ligero, también llegó más abierto a bebidas como cocteles y sodas— buscó dialogar con un público más joven que hoy decide dónde sentarse con otros códigos, sin perder a quienes llevan años volviendo.
De ahí el nombre: L’s, una contracción deliberada que las tres dueñas llaman: “El mismo Lina’s, pero con menos letras”, que conserva la memoria afectiva del lugar. No es un borrón y cuenta nueva, sino una forma de decir que la historia sigue contándose con los mismos pilares de calidad y sensación de calidez, pero en sus propios términos.
No fue tan sencillo que la gente leyera la letra chica del letrero que decía: “Nos vamos, pero volveremos remodelados”. Los clientes habituales del restaurante, acostumbrados a sus almuerzos con ingredientes orgánicos y preparaciones frescas, se preocuparon no solo porque el restaurante desapareciera, sino por lo que pasaría con los trabajadores de Lina’s, personas sumamente recordadas por su amabilidad y fraternidad que han trabajado para el restaurante desde hace quince, veinte y muchos años.
La gente preguntaba y ellas les respondían: “¡No se preocupen! Cuando todo acabe, los van a volver a ver en este mismo punto atendiéndolos como lo han hecho siempre. Es más, durante las obras, el local físico será en la terraza. Los atenderemos para llevar y a domicilio”. Así pudieron continuar en contacto con sus clientes y seguir dando trabajo a los empleados.
Decidieron conservar elementos icónicos que mantienen la conexión emocional, como la gran vitrina y los platos exhibidos, permitiendo que la sensación de frescura al entrar al local y ver los ingredientes tan vivos y coloridos siga siendo la misma que caracterizó a Lina’s desde 1996. El mensaje de las dueñas para quienes sienten nostalgia es que, aunque el rostro cambió, siguen siendo “los mismos de siempre”.
¿Quiénes van a L’s?
Todo el mundo. Los ocupados y los que disponen de unos minutos más de tiempo. De lunes a viernes es un punto clave para ejecutivos y empresarios que buscan un almuerzo ligero y rápido: desde ensalada o sopa hasta opciones más consistentes como pastas y sándwiches gourmet.
Un buen ejemplo es el sándwich de salmón ahumado y aguacate, que va acompañado de lechuga, tomate y la salsa secreta de la casa, conocida como salsa L’s. En este plato se puede elegir entre diversos tipos de panes preparados con recetas originales: baguette, ciabatta, viennois, pavé, masa madre o incluso una opción sin gluten.
Y también cuentan con clásicos que no pierden vigencia y gustan a todas las generaciones, como el grilled cheese, las papas chip frescas y el sándwich de pavo.
Parte del atractivo está en una de sus fórmulas más buscadas: una combinación de medio sándwich, sopa y media ensalada, con precios que oscilan entre los 24.000 y los 29.000 pesos.
En su intención de acoger a distintas generaciones, los fines de semana el lugar adquiere un aire más familiar; el desayuno, por ejemplo, fue una incorporación exitosa al concepto original francés para dialogar con el gusto local e incluye platos inspirados en las vivencias de las socias en México, como los chilaquiles con pollo, junto a clásicos internacionales como los huevos benedictinos con salmón ahumado, el croque-madame y los pancakes L’s.
Generalmente, abren desde las 7:30 de la mañana. Entre semana, el desayuno se alarga hasta cerca del mediodía, pero los fines de semana el tiempo cambia de ritmo: el brunch se queda todo el día, sin prisa. También hay domicilios desde temprano, para quienes prefieren llevarse esa misma calma a la casa.
En cuanto a la carta, los sándwiches y las ensaladas se mueven en un rango entre los 20.000 y los 56.000 pesos. Las bebidas calientes van de los 4.000 a los 13.000 pesos, mientras que las frías —aguas, gaseosas, tés, jugos y sodas— oscilan entre los 5.900 y los 17.000. Los cocteles y bebidas alcohólicas, por su parte, tienen un precio promedio de 30.000 pesos.
Como dato adicional, hay una veta del menú que ha encontrado su lugar —casi sin proponérselo— en reuniones y celebraciones: los postres. Pavlova, crepes de arequipe, moelleux au chocolat o volcán de chocolate, pecan pie, chocoflán, cheesecake, brownie y otras variaciones que dialogan con distintos antojos dulces, se han convertido en una extensión natural de la mesa compartida.
A esto se suman las Cajas L’s, pensadas para grupos: una selección de seis sándwiches gourmet, cortados en cuatro porciones cada uno, que oscilan entre los 182.000 y los 222.000 pesos, según la elección del menú.
En L’s, así haya cambiado todo el inventario de exterior, permanecen los pilares gastronómicos y culturales de sus cimientos. Fue así durante años y, con otro nombre, hoy sigue siéndolo: una apuesta por la transparencia y por una relación más directa con lo que llega a la mesa.
Treinta años de servicio y un mismo hilo: comensales de todas las edades y todos los gustos han ido creciendo con la casa;
cada una de esas generaciones
ha hecho suya esta mesa.
















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