‘La creciente’ nunca fue una canción más, ni los únicos que se desbordaron fueron los ríos de sus versos. Con ella, en 1976, se desbordó todo el vallenato. Marcó el nacimiento del Binomio de Oro, agrupación hoy legendaria a la que Valledupar le ha dedicado, con alegre unanimidad, el Festival de la Leyenda Vallenata este año.
El conjunto se formó por petición popular: A Israel Romero y a Rafael Orozco, el público les pedía “formalizar la unión”. Y ellos lo cumplieron, con la idea de lanzar un conjunto que rompiera con todo lo que venía antes. Y lo lograron. A partir de La creciente, el Binomio puso de cabeza todo: desde las letras del vallenato (dando comienzo a la época romántica del género), hasta la forma de presentarse en tarima.
Israel había nacido en Villanueva, una población que honra el mote de “cuna de acordeones”, porque los acordeoneros se daban en las calles como mangos en los árboles. Aunque su padre, Escolástico Romero –“el viejo Cola”, técnico de acordeones– no quería que sus hijos fueran músicos, casi todos los Romero Ospino salieron acordeoneros. “No tenía pa’ donde más coger”, contaba Israel. Pero él era el más aventajado, “un virtuoso desde pequeño”, cuenta el folclorista Juan Celedón.
Orozco había conseguido un éxito local, regional: Cariñito de mi vida, composición de Diomedes y con arreglos de Emilio Oviedo.
Con esos antecedentes, la unión tenía que llevar un nombre importante. El Binomio de Oro, significaba simplemente “Organización Romero Orozco”, pero se dejaba interpretar libremente como el grupo que le subió el estatus al vallenato, que le dio un valor… de oro.
El cantante Rafael Orozco e Israel Romero, integrantes del Binomio de Oro. Foto:Carlos Capella / Archivo EL TIEMPO
El primer impacto visible fue esa fama cuyas “aguas corrieron desenfrenadas”. Ese fervor cayó de golpe y de una manera que nunca antes ningún artista o conjunto vallenato la había enfrentado. Desde Cariñito de mi vida a Rafael Orozco había que ponerle escolta, pero con La creciente y éxitos siguientes (Qué será de mí, Dime pajarito, Chachachá, Sombra perdida), ese fervor que despertó la agrupación fue inmanejable.
Fueron los primeros en crear una verdadera empresa de música vallenata. “Arrancaron con una oficina de contratación y un mánager. Eso del mánager no existía en el vallenato –recalca el compositor Rosendo Romero–. Antes, las contrataciones en el vallenato se hacían de boca y los empresarios se fugaban y no había nada qué hacer. El Binomio de Oro generó estructuras contractuales que permitieran recibir anticipos y el cumplimiento del contrato antes de subir a la tarima. Fueron los primeros en viajar en buses climatizados que estaban recién llegados al país”.
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Irrumpieron en Bogotá de una forma que no conseguían sus predecesores. “Antes, el vallenato se oía en Bogotá, claro –cuenta Juan Celedón–, lo oíamos en Radio Juventud, de 8:30 a 9 p. m., Carlos Melo Salazar nos ponía la música de Poncho Zuleta y Jorge Oñate. Pero las muchachas del interior no les cogían el paso. Entonces, llega La creciente, y las muchachas empezaron a sentir que el vallenato se bailaba sabroso, que era bonito. Las canciones del Binomio eran más románticas y fueron un boom, un éxito nacional”.
Se dedicaron a romper barreras: los primeros vallenatos en un escenario del tamaño del Coliseo Cubierto El Campín (hoy transformado en el Movistar Arena) y, después, en el Madison Square Garden. La generación que creció en los 80 vio al Binomio cantar en El Show de Las Estrellas y en el Show de Jimmy (ahí, incluso, hacían breves parodias de sus propias canciones).
Fueron más allá de vestirse elegantes y ser puntuales en el escenario. “Ellos también incorporaron a la música vallenata el piano, la guitarra, la batería y los timbales –añade Rosendo–. Le dieron otra orquestación a la música vallenata. Eso los ayudó a ser competitivos y a alternar con El Gran Combo, Richie Ray y Bobby Cruz, Óscar De León, Los Melódicos y La Billo’s Caracas Boys. Rompieron esquemas de la tradición, pues las agrupaciones vallenatas antes terminaban una presentación en un pueblo y, después, se iban a parrandear con los gamonales del lugar. El Binomio no, era una empresa con responsabilidad”.
Israel Romero en el primero de varios homenajes que recibió en el Festival Vallenato. Foto:Cortesía Festival de la Leyenda Vallenata
A la par, consolidó un grupo de compositores de cabecera como Nando Marín, Fernando Dangond, Gustavo Gutiérrez, Beto Murgas, Rita Fernández. Iba conquistando plazas.
En medio de tanto compromiso musical, tenían tiempo para jugar fútbol. “Ninguno de los artistas podían subir borracho a la tarima –añade Rosendo Romero–. Horas antes de cada presentación jugaban un partido de fútbol, lo que hizo que se combinara la buena salud con el arte”.
Pero con los años 90 llegaron los golpes más duros: el cáncer que atacó a Israel Romero cuando estaba en lo alto de la gloria, que llevó a Rafael a buscar acordeoneros que lo acompañaban mientras el ‘Pollo Irra’ vencía a la enfermedad. Y el trágico asesinato del cantante en junio de 1992.
Durante la enfermedad de Israel, Julián Rojas fue uno de los llamados a hacer parte del Binomio. “Fue un año acompañando a Rafael Orozco –recuerda Rojas–. Con la trágica muerte de Rafael Orozco, asesinado en Barranquilla, el 11 de junio de 1992, el Binomio estuvo a punto de acabarse. Israel Romero se replegó, se quedó a vivir en Venezuela. Alguna vez comentó que fue una niña vendedora de dulces la que lo hizo volver: “Se quedó mirándome y me dijo: ¿Usted quiere ser famoso? Hágale creer a la gente que usted es el del Binomio de Oro”. Así supo que tenía que volver.
Fue cuando el Binomio se convirtió en La Universidad del Vallenato. Rafael Orozco tenía una versatilidad insuperable, cantaba desde las canciones más románticas, hasta las más folclóricas. Pero el “nuevo” Binomio echó mano de varias voces. Pasaron por sus filas Richard Salcedo y Gaby García, este último además contaba con un impresionante parecido físico al desaparecido ‘Rafa’. Y fueron llegando más voces. Jean Carlos Centeno tomó el protagonismo durante años. Se ganó su cupo en el conjunto gracias a una serenata que le dio al Pollo Irra en uno de sus pasos por su natal Villanueva. A su lado, como cantante principal de la prestigiosa agrupación, se hicieron profesionales voces como las de Jorge Celedón (con quien cantó a dúo canciones como Olvídala) y Junior Santiago (Niña bonita).
Pero los cantantes, contaba Israel, iban queriendo hacer su carrera en solitario. Y él, asumió su papel como el maestro que los “graduaba de la universidad” y les daba la bendición. Cuando Junior Santiago decidió tomar camino, Israel le hizo la audición a un joven Alejandro Palacio, de 19 años (en 2005), en Washington, lo oyó cantar un par de canciones y lo admitió sin más en el grupo.
Han sido cincuenta años de historia, el Binomio de Oro cuenta ahora con Israel David Romero como voz principal, que pese a ser hijo del ‘Pollo’, hizo la fila entre el grupo de voces que, según cuenta Orlando Acosta, eran como una familia. “Poco a poco, Israel iba dándonos más responsabilidades –recuerda Acosta–, a cada uno una canción y a medida que respondíamos, nos daba más canciones y hasta la oportunidad de componer”.
Homenaje al Binomio de Oro en el Festival de la Leyenda Vallenata 2026. Foto:Cortesía Festival de la Leyenda Vallenata
Por lo mismo, el Binomio ha recibido, con todo el derecho y con alegre unanimidad, el homenaje central del Festival de la Leyenda Vallenata este año. Comenzó con El Pollo Irra en el desfile de Willis Parranderos, que da comienzo a las fiestas de la Capital Mundial del Vallenato. El plato fuerte ha sido la llegada a la ciudad de todos los cantantes y acordeoneros que han sido parte de esta historia para un concierto único que no se repetirá jamás y continuará con la develación de las estatuas de Rafael Orozco y de Israel Romero en la ciudad, este sábado 2 de mayo.
“Estar en el Binomio fue un sueño hecho realidad –dice el cantante Orlando Acosta–. Y estar en este homenaje que le hizo el Festival de la Leyenda Vallenata este año es otro sueño que se hace realidad”.
LILIANA MARTINEZ POLO
Especial para EL TIEMPO
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