Supongamos que alguien restringe tus libertades y empieza a decirte lo que tienes que hacer, atándote tus manos a la espalda y causándote dolor. Por horrible que parezca, te encanta. En el ámbito privado, este fenómeno lleva el nombre de Leopold von Sacher-Masoch, un noble austriaco del siglo XIX cuyas novelas eróticas mostraban una inclinación por el dolor. En el ámbito público se produce un fenómeno similar: los líderes autoritarios y populistas erosionan las libertades civiles, debilitan los controles y equilibrios democráticos e intimidan a la prensa y al poder judicial. Sin embargo, en lugar de salir a la calle a protestar contra esto, muchos votantes parecen estar de acuerdo.
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Ningún país ejemplifica mejor este impulso masoquista que la India. Bajo el mandato del primer ministro Narendra Modi, Maya Tudor, de la Universidad de Oxford, escribió que “las instituciones democráticas claves (de ese país) se han mantenido formalmente en pie, mientras que las normas y prácticas que sustentan la democracia se han deteriorado sustancialmente”. En 2021, la organización defensora de la democracia Freedom House cambió su calificación de la India de ‘libre’ a ‘parcialmente libre’, y el proyecto Varieties of Democracy (V-Dem) de la Universidad de Gotemburgo la calificó de ‘autocracia electoral’. Sin embargo, Modi sigue siendo uno de los líderes electos más populares del mundo, con un índice de aprobación del 67 por ciento, según una encuesta reciente de Morning Consult.
Las instituciones democráticas claves la India se han mantenido formalmente en pie, mientras que las normas y prácticas que sustentan la democracia se han deteriorado sustancialmente
Maya TudorUniversidad de Oxford
México, bajo su anterior presidente, Andrés Manuel López Obrador (Amlo), es otro ejemplo. Amlo acosó a la oposición, nombró a compinches en organismos que antes eran independientes y diseñó una reforma que acabó con la independencia del poder judicial mexicano. Según V-Dem, México sufrió una “caída antidemocrática” bajo su administración. No obstante, Amlo dejó el cargo con un índice de aprobación de casi el 80 por ciento, y su sucesora, Claudia Sheinbaum, elegida por él mismo, ganó en 2024 por una amplia mayoría.
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Estos no son, ni de lejos, los únicos ejemplos. El Salvador, Polonia, Hungría, Turquía, Israel, Malasia, Filipinas y Perú han tenido líderes que han jugado con las reglas de la democracia y su popularidad se ha mantenido. El expresidente de Brasil Jair Bolsonaro, ahora encarcelado, envió a sus seguidores a asaltar el Parlamento en 2023 después de perder las elecciones en las que buscaba su reelección. Pese a ese hecho, sigue siendo muy querido en algunos sectores, tanto que las encuestas sugieren que su hijo Flávio podría derrotar al presidente Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones de octubre. Es como si los pavos estuvieran celebrando la llegada de la Navidad.
Pese a la ruptura democrática durante su gobierno, Modi goza de gran popularidad. Foto:EFE.
¿Por qué ocurre esto? Con la proximidad de las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, esta pregunta se ha vuelto aún más urgente. Muchos demócratas sostienen que, dado que el presidente Donald Trump ha sido tan descaradamente autoritario, los votantes acudirán en masa a las urnas para votar en su contra. Pero la historia reciente sugiere que este optimismo puede ser infundado.
Las razones detrás
Una explicación para la reacción contra la democracia liberal es que, en muchos países, la política se ha vuelto excesivamente liberal e insuficientemente democrática. Esto suena paradójico, así que permítanme explicarlo.
Una definición simple de democracia es el gobierno de la mayoría. La democracia liberal añade derechos individuales y controles y contrapesos para garantizar que el gobierno de la mayoría no se convierta en una tiranía. Y los tribunales independientes, las agencias gubernamentales autónomas y los reguladores especializados que componen el aparato democrático pueden frustrar la voluntad de la mayoría.
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Por ejemplo, las masas pueden querer dinero barato, pero un banco central independiente puede negarse a recortar los tipos de interés. La mayoría puede querer restringir el culto de una minoría que profesa una religión diferente, pero es probable que un tribunal considere inconstitucional una ley de este tipo. Cuando esto ocurre con demasiada frecuencia, según la teoría, la mayoría se enfada y está dispuesta a tomar atajos para garantizar que su voluntad se convierta en política.
Esta explicación es ingeniosa, pero demasiado abstracta. Los votantes no se levantan por la mañana pensando que deben luchar contra las intromisiones en las preferencias de la mayoría. Pero algunos sí se levantan pensando que los altos funcionarios, los jueces y los miembros de los bancos centrales son de una élite arrogante y fácil de odiar. Si añadimos una pizca de populismo a la historia, esta se vuelve mucho más plausible. La tensión entre los ciudadanos y los burócratas intelectuales es más aguda cuando estos últimos también son extranjeros, como ocurre en la Unión Europea.
La democracia, en términos simples, se define como el gobierno de la mayoría. Foto:iStock
Un artículo escrito por cuatro académicos israelíes sostiene que el apoyo al retroceso democrático puede reducirse a políticas personalistas y a lo que los politólogos denominan ‘polarización afectiva’: ‘Si mi querido líder está luchando contra las élites obstruccionistas que detesto, ¿a quién le importa si rompe algunas reglas e ignora algunas sutilezas democráticas en el camino?’.
Esta conclusión podría parecer una muy mala noticia, pero no lo es, porque sugiere que lo que estamos viviendo no es una reacción contra la democracia en sí misma. Las instituciones democráticas son más que un conjunto de reglas abstractas. Están dirigidas por personas, son esas personas contra quienes se enfurecen los votantes. La buena noticia es que podemos abordar este problema reemplazando a las personas en cuestión por funcionarios menos arrogantes y distantes, y al tiempo se mantienen las reglas básicas de la vida democrática.
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Quizás la democracia no esté sufriendo por sus fracasos (como su supuesta incapacidad para cumplir sus promesas), sino por sus éxitos. Cuando la democracia era la causa de los insurgentes —como en la Europa del Este bajo el comunismo, en Sudáfrica bajo el apartheid o en América Latina bajo las dictaduras de los años setenta y ochenta— era fácil amarla. Pero cuando se convirtió en el sistema del establishment, poblado por burócratas con trajes oscuros que hablan una jerga incomprensible, se hizo fácil odiarla.
Por lo tanto, el cliché de que la cura para los males de la democracia es más democracia es, parcialmente, erróneo. Pide una política democrática más plebeya y tendrás el grito de guerra adecuado.
(*) Exministro de Hacienda de Chile y decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics.
















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