Cuando hace unas pocas semanas el Fondo Monetario Internacional dio a conocer sus proyecciones más recientes sobre el comportamiento de la economía mundial, habló de que el crecimiento global en 2026 apuntaba a ser muy parecido al del año pasado. No obstante, el organismo subrayó que sus cálculos respecto a una relativa estabilidad se encontraban condicionados por varios riesgos, comenzando por los que tienen que ver con la seguridad y la geopolítica.
Vista aérea de ataques contra una base aérea junto al Aeropuerto Internacional de Bushehr, Irán. Foto:AFP
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Tras los intensos bombardeos de los últimos días en contra de Irán y la respuesta de Teherán –que incluye ataques contra más de una docena de países al alcance de drones y misiles– cualquier previsión se encuentra ahora en veremos. Las señales que apuntan hacia una confrontación prolongada llevan a pensar que, a diferencia de otras ocasiones, es más alta la probabilidad de secuelas en los cinco continentes.
Algo así usualmente no ocurre en el caso de conflictos circunscritos a una sola geografía. Abundan los ejemplos de choques armados que en el pasado han dejado como saldo enormes pérdidas en vidas e infraestructura, aunque sin afectar de manera significativa la producción o el comercio en otras latitudes.
Una de las pocas excepciones fue la invasión rusa a Ucrania, que acaba de cumplir cuatro años de duración. Aparte de las sanciones adoptadas por Occidente para castigar al régimen de Vladimir Putin, durante meses el transporte de cereales y otros bienes primarios por el mar Negro se vio seriamente restringido, lo que acabó elevando los precios de la comida y llevando la inflación a su punto más alto en cuatro décadas.
Algunos ven ciertas similitudes con la emergencia actual, si bien los protagonistas esta vez son distintos. Además, en el Medio Oriente entra en juego un tema clave: la energía. La trepada en el valor de los hidrocarburos puede traducirse rápidamente en dos males muy temidos: recesión y carestía.
Todo depende de que las alteraciones acaben siendo lo suficientemente prolongadas como para ocasionar trastornos de fondo. Si bien Benjamín Netanyahu y Donald Trump han asegurado que doblegar al régimen de los ayatolás tomará el tiempo que sea necesario, nadie sabe a ciencia cierta qué significa eso o si la estrategia iraní de involucrar y golpear a tantas naciones como sea posible lleva a que la situación se torne mucho más caótica.
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Hasta la fecha, es evidente que los mercados indican que las preocupaciones vienen in crescendo. El viernes pasado, el barril de petróleo superó los 90 dólares en el caso de la variedad Brent, casi un 50 % más que al comenzar el año, mientras que el gas natural que compra Europa se disparó en cerca de un 70 %.
Petrolero de Estados Unidos atacado al norte del golfo Pérsico. Foto:@MarioNawfal/X
La explicación recae en el cierre virtual del estrecho de Ormuz, la franja marítima de 34 kilómetros de anchura que une el golfo Pérsico con el de Omán y por la cual pasa una quinta parte del combustible que consume el planeta. Debido a los ataques efectuados, el salto en el costo de las primas de seguros para los buques tanqueros y el ánimo de evitar pérdidas irreparables, el tráfico en el área se redujo un 90 %, según la firma Kpler.
Debido a esa circunstancia, las exportaciones de productores clave como Irak, Kuwait o Arabia Saudí se han visto reducidas. Hay depósitos para almacenar lo que no se logra cargar en los puertos o no se consigue enviar a través de los oleoductos disponibles, pero dicha capacidad se puede agotar con rapidez.
En un caso extremo, habría que suspender operaciones y cerrar válvulas, lo cual prolongaría la espera hasta lograr recuperar los volúmenes normales. Cubrir un faltante, que puede ascender a varios millones de barriles al día, no será fácil y llevaría a que se consuman los inventarios acumulados en distintos lugares.
Tampoco apunta a ser menor el daño sufrido por refinerías y plantas de licuefacción. Si hace unos meses se pensaba que las cotizaciones del gas natural tenderían a la baja por cuenta de proyectos de gran envergadura como los de Catar, ahora eso no parece nada claro. Por la misma causa, el suministro de refinados, como gasolina de aviación se ha interrumpido, incrementando costos y dando lugar a dolores de cabeza logísticos.
El efecto dominó de la guerra en Irán
Tras el golpe inicial, ahora llega el turno de las especulaciones. A finales de la semana pasada, Saad al-Kaabi, ministro catarí de energía, sacudió a los mercados al afirmar que el petróleo se elevará hasta los 150 dólares el barril en cuestión de días. Varios analistas apuestan por un barril cercano a los 200 dólares, en caso de que una reapertura de las vías interrumpidas tarde meses.
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Semejante perspectiva tiene como fundamento una demanda global que se mantiene en unos 105 millones de barriles diarios, sin que exista la posibilidad de que se pueda suplir de manera inmediata un faltante considerable. Sobre el papel, el golpe más duro se sentirá en Asia, que está lejos de ser autosuficiente, pero desde ya los consumidores en todo el planeta han visto su bolsillo afectado.
El valor de la gasolina y el diésel ha subido en el surtidor, al igual que el del kilovatio, sobre todo en aquellos sitios en donde la generación a gas pesa en la matriz eléctrica. Si no viene un alivio pronto, comenzarán a caer las fichas del dominó. Los mayores costos del transporte y la industria se extenderán a otras actividades, en una espiral difícil de contener.
Descargas de misiles desde Irán vistas en Israel el 7 de marzo. Foto:AFP
De ser ese el caso, los bancos centrales se verán obligados a intervenir, haciendo uso de la medicina de siempre: intereses más altos. Así se esfumarían las esperanzas de dinero barato, algo que encarecería los préstamos contratados a tasas variables.
Bajo dicho escenario, no solo el crecimiento mundial se podría ver disminuido hasta en medio punto porcentual, sino que el descontento con los gobernantes llegaría a las urnas. Si bien la emergencia tendría lugar cuando lo peor del invierno en el hemisferio norte ha quedado atrás, los ciudadanos sentirán el pinchazo en el bolsillo y culparán a quien esté en el poder.
Así podría ocurrir en Estados Unidos, que tiene elecciones legislativas programadas para la primera semana de noviembre. Desde antes de que cayeran las bombas en Irán, los observadores se inclinaban por una derrota del Partido Republicano que respalda a Donald Trump, quien se arriesga a perder no solo la estrecha mayoría que tiene en la Cámara de Representantes, sino también el control del Senado.
Tales cálculos hacen pensar que, más allá del tono bravucón de la Casa Blanca, la presión interna de los políticos y la opinión estadounidense harán insostenible la ofensiva al cabo de un tiempo. Cumplido el objetivo militar de destruir las fábricas que producen drones y misiles, junto con las rampas de lanzamiento de proyectiles, las baterías antiaéreas y la marina iraní, Washington y Tel Aviv pueden cantar victoria, así el poder en Teherán siga en manos de quienes lo han ejercido desde hace casi medio siglo.
Por tal motivo, todavía hay quienes creen que el pico en las cotizaciones de los hidrocarburos será de corta duración. Habrá daños que reparar y garantías de seguridad que se harán exigibles –como la de escoltar navíos– pero no es descabellado pensar que el flujo de crudo se restablecerá más pronto que tarde. Serían tantos los coletazos negativos del otro escenario que es mejor pensar que algo de sensatez acabará haciendo presencia.
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Sin embargo, aun en ese caso, las repercusiones no serán menores. Ciudades como Dubái, Abu Dabi o Doha, que se habían proyectado como remansos de paz y estabilidad en un área llena de tensiones, tardarán años en volver a recuperar la imagen que tenían.
Para solo citar un caso, el sector aéreo buscará alternativas diferentes a la hora de conectar a Oriente con Occidente, tras la cancelación de centenares de vuelos que dejaron a decenas de miles de viajeros sin poder cumplir con sus planes de viaje. Y aquellos esfuerzos de diversificación, como las millonarias granjas de servidores para el desarrollo de la inteligencia artificial, se verán aplazados, entre otras porque habrá que aumentar el presupuesto destinado a defensa.
Ataques a la refinería de petróleo de Teherán, Irán, el 7 de marzo de 2026. Foto:AFP
Perspectivas en Colombia
Sobra decir que nadie saldrá indemne de una realidad que pocos anticipaban. Ello incluye a Colombia, que se encuentra a unos 12.000 kilómetros de distancia del territorio iraní, pero que también está obligada a monitorear la situación y enfrentar las repercusiones económicas que esta traiga.
Como siempre pasa, resulta obligatorio hacer sumas y restas. Para comenzar, el petróleo sigue siendo el principal renglón de las exportaciones nacionales, con una participación del 25 por ciento en 2025.
Si bien la producción interna viene en descenso y se ubica por debajo de los 750.000 barriles diarios, todavía hay excedentes que se colocan en el mercado mundial. Cada dólar adicional en las cotizaciones internacionales se traduce, sobre el papel, en ingresos brutos extra que a la fecha equivalen a unos 84.000 millones de pesos mensuales, según cálculos de Acipet.
Además, hay que considerar el efecto sobre las regalías o el recaudo de impuestos. Para Ecopetrol, cuyas finanzas también se nutren del crudo que extrae en la zona del Permian en Estados Unidos, una perspectiva de mayores ventas constituye un alivio tras los mediocres resultados del último trimestre del año pasado. Con el paso de los meses, eso se traduciría en más utilidades y dividendos que les darían una mano a las maltrechas finanzas públicas.
Claro que es mejor no hacer las cuentas de la lechera, entre otras, porque es obligatorio mirar el otro lado de la moneda. Tal como van las cosas, la cuenta por pagar en lo que atañe a las importaciones de gas natural seguirá subiendo, impactando a los usuarios en la industria, el transporte y los hogares.
No menos importante es el manejo de los precios de los combustibles. Tanto al comenzar febrero como marzo, la administración Petro dispuso una rebaja de 500 pesos por galón, pues estábamos por encima del nivel de referencia global, con lo cual el valor pagado por los conductores pasó de algo más de 16.000 a 15.057 pesos en promedio, en las 13 ciudades más grandes.
Consultado al respecto, el ministro de Minas respondió que “las resoluciones están en firme y de cara a abril todavía es muy prematuro para saber qué va a ocurrir”. Recordó igualmente que la política “no se define sobre variaciones puntuales de corto plazo, sino sobre tendencias observadas en los mercados”.
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Sin embargo, vale la pena entender lo que está en juego. Para Julio César Vera, presidente de la Fundación XUA Energy y gerente general de Valjer Energy, “a finales del mes pasado la gasolina corriente se encontraba 2.500 pesos por encima del precio internacional y el diésel –que viene desfasado– estaba 3.600 pesos por debajo, pero con el cierre del viernes volvimos a ubicarnos 409 pesos abajo en el caso de la gasolina y 7.465 pesos en el del diésel”. Añade que, si los parámetros de tasa de cambio y cotizaciones se mantuvieran constantes, en lo que queda del mes habría un desbalance en el Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles (Fepc) de 74.000 millones de pesos en la gasolina y de 1,18 billones para el diésel.
En lo que queda del mes habría un desbalance de 74.000 millones de pesos en la gasolina en Colombia. Foto:iStock
Más inquietante todavía sería el escenario si los pronósticos respecto a un petróleo a 150 dólares por barril acaban concretándose. Para estar en equilibrio, el experto señala que la gasolina debería subir en 5.850 pesos por galón y el diésel en 13.300 pesos. De lo contrario, el saldo en rojo del Fepc superaría los tres billones de pesos mensuales.
Aunque esos valores son hipotéticos y corresponden a una mirada estática, hay que escuchar el campanazo de alerta. Un manejo ortodoxo implicaría ajustarse pronto a la nueva realidad, pero hay otros elementos en juego.
Por ejemplo, la temporada electoral puede llevar a la tentación de aplazar un reajuste con el fin de no antagonizar a los votantes. Esas consideraciones influyeron hace cuatro años, con lo cual se registró un déficit notable, el mismo que ha sido uno de los caballitos de batalla de Gustavo Petro a la hora de explicar por qué la plata no le alcanzó para completar su obra de gobierno.
Ahora, por capricho del destino, aparece una crisis que plantea dilemas similares y urgentes. Actuar en uno u otro sentido tendrá consecuencias, así miremos desde la lejanía eventos graves en los que Colombia no tiene arte ni parte, pero cuyas repercusiones son inescapables tanto para nosotros como para cualquier habitante de este planeta.
Ricardo ávila Pinto – Analista de EL TIEMPO
















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