Los críticos del ataque a Irán por parte de Estados Unidos e Israel señalan que el presidente estadounidense, Donald Trump, no tiene ningún plan para el futuro. Y no se equivocan: cuando Trump se jacta de poder resolver guerras en un solo día, simplemente expone los límites de su capacidad de atención. Pero el verdadero problema no es la brevedad del horizonte temporal de Trump, sino la estrechez de su percepción de las amenazas.
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Si bien la campaña de bombardeos de Trump no refleja ninguna estrategia en el sentido tradicional, se basa en una clara suposición operativa: el régimen iraní representa una amenaza para la seguridad estadounidense, y su destrucción elimina la amenaza. Es la misma creencia básica que impulsó las anteriores guerras estadounidenses, desde Irak hasta Libia. La premisa era errónea entonces, y probablemente será catastróficamente errónea ahora.
Estados Unidos posee una capacidad extraordinaria para destruir el poder estatal centralizado desde el aire, pero carece de una capacidad comparable para gestionar lo que sigue. Pero como los vacíos de poder no pueden ser atacados con munición de precisión ni cartografiados mediante imágenes satelitales, el pensamiento estratégico estadounidense subestima sistemáticamente el peligro que representan.
Esto refleja un sesgo cognitivo recurrente en Estados Unidos: las amenazas que no podemos abordar militarmente reciben menos peso que aquellas que sí podemos. Pero los riesgos más graves y duraderos suelen surgir tras el colapso del control centralizado, cuando los arsenales se dispersan, las cadenas de custodia se fracturan y la rendición de cuentas desaparece.
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La guerra de Irak debería haberlo dejado claro. En 2003, Estados Unidos destruyó el Estado iraquí bajo la premisa de que el régimen de Saddam Hussein representaba un peligro directo y grave para la seguridad estadounidense. Lo que siguió a la caída del régimen no fue seguridad, sino caos. Cientos de depósitos de armas fueron saqueados en cuestión de días. Los mercados negros se inundaron de armas ligeras, lanzacohetes portátiles (RPG) y munición de mortero, que acabaron en manos de actores mucho menos predecibles y visibles que el régimen de Saddam. Esto incluyó al Estado Islámico (EI), que surgió de los escombros de las instituciones iraquíes disueltas. Cuando el EI invadió Mosul en 2014, tomó de bases militares iraquíes grandes arsenales que había suministrado Estados Unidos.
Libia debería haber reforzado esa lección. Después de que la Otán ayudó a derrocar a Muamar el Gadafi en 2011, las instituciones estatales colapsaron rápidamente y entre 3.000 y 12.000 misiles tierra-aire portátiles, capaces de derribar aviones civiles, desaparecieron, para luego reaparecer en los mercados de armas del Sahel, el Sinaí, Gaza y otros lugares.
Estos episodios confirman lo que todo estudio sistemático sobre la decapitación de liderazgos en regímenes débilmente institucionalizados ha encontrado: las consecuencias son fragmentación, no estabilización. Lo mismo ocurrirá en Irán. Pero lo que se dispersará tras la caída del régimen podría ser mucho más peligroso que los lanzacohetes o los misiles tierra-aire.
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Antes de los ataques entre Estados Unidos e Israel del pasado junio, la República Islámica poseía unos 441 kilos de uranio enriquecido al 60 % de pureza, un paso técnico corto respecto al grado armamentístico. Eso es suficiente, según estimaciones de expertos, para aproximadamente diez artefactos nucleares.
Cráter tras los ataques contra la planta de enriquecimiento nuclear de Natanz, en junio de 2025 Foto:AFP
El Organismo Internacional de Energía Atómica, cuyos inspectores han tenido prohibido el acceso a instalaciones nucleares de Irán desde los ataques, ha declarado que no puede dar cuenta del tamaño actual ni del paradero de las reservas iraníes de uranio enriquecido. Algunos analistas creen que quedaron sepultadas bajo las instalaciones derrumbadas; otros consideran que el uranio fue reubicado a lugares no revelados antes de los bombardeos. Ambas evaluaciones se basan en pruebas fragmentarias: imágenes satelitales, inteligencia y declaraciones del Gobierno iraní, todas ellas vulnerables a la manipulación. Sin embargo, ponen en duda la afirmación de la administración Trump sobre la “aniquilación total” de las instalaciones nucleares iraníes.
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La ironía estratégica que subyace a la lógica de destrucción del régimen reside en que las instalaciones dañadas, el material nuclear disperso y el personal de custodia desmoralizado o ausente son precisamente las condiciones más propicias para su desviación. En otras palabras, lejos de eliminar el riesgo de proliferación, los ataques estadounidenses e israelíes lo han agravado.
Incluso si la probabilidad de desviación sigue siendo baja, debe manejarse con la máxima seriedad. Este es el principio fundamental de la seguridad nuclear: el material fisible que no se encuentra bajo control estatal seguro debe evaluarse con base en el peor de los casos.
Lógica clave, en peligro
Cuando las redes terroristas obtuvieron acceso a los misiles tierra-aire, fue una catástrofe. Si logran obtener material nuclear utilizable para armas de este tipo, la lógica misma de la disuasión nuclear se rompería.
En términos de disuasión, incluso un Estado hostil tiene una capital, un liderazgo y una población que desea preservar. Si se eliminan, la arquitectura que ha impedido el uso de armas nucleares desde 1945 comienza a derrumbarse. No se pueden negociar salvaguardas en el vacío. No se puede firmar un acuerdo con un territorio fragmentado. No se puede verificar el cumplimiento por parte de un Estado que ya no existe.
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El Estado que actualmente mantiene la custodia del material nuclear iraní —por imperfecto u hostil que sea— es la única entidad con la que se podría lograr una restricción aplicable. Destruirlo haría que la resolución de la amenaza nuclear, aunque más urgente, fuera prácticamente imposible.
El precedente soviético es ilustrativo. Cuando la URSS se disolvió en 1991, la degradación de los sistemas de seguridad dejó vulnerables los materiales nucleares. Siguiendo el ejemplo de George Soros, quien creó una fundación para apoyar a los científicos soviéticos con el fin de prevenir la fuga de cerebros y mitigar el riesgo de proliferación nuclear, Estados Unidos comenzó a invertir fuertemente en programas cooperativos de reducción de amenazas.
La situación de Irán es, en ciertos aspectos, más precaria, ya que su infraestructura nuclear ha combinado durante mucho tiempo elementos declarados y clandestinos. Y el material físico no es la única preocupación. Irán ha formado a un grupo considerable de científicos nucleares a lo largo de las décadas. En un escenario de colapso estatal, estos especialistas se convierten en agentes libres, disponibles para cualquiera dispuesto a pagar.
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Mientras tanto, el material nuclear de menor calidad podría reutilizarse en dispositivos de dispersión radiológica (‘bombas sucias’) capaces de contaminar zonas urbanas. En ausencia de custodia institucional, cada sitio de enriquecimiento, centro de investigación y reactor implica riesgos específicos.
Eliminar a un adversario visible no neutraliza la amenaza subyacente; simplemente transforma esa amenaza en algo esquivo, opaco, descentralizado, irresponsable e imposible de negociar o monitorizar.
Stephen Holmes, profesor de Derecho de la Universidad de Nueva York y becario de la American Academy en Berlín – © Project Syndicate – Berlín















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