Estados Unidos enfrenta un inusual y revelador rechazo de sus aliados en su intento por escalar la presión contra Irán, reflejo tanto de la crisis en Medio Oriente como del momento más tenso en décadas de sus relaciones con socios clave. Entre la presión de Washington, el temor a otra guerra imprevisible y el impacto económico, varios países optaron por tomar distancia, justo cuando el estrecho de Ormuz -por donde pasa cerca de una quinta parte del petróleo mundial- vuelve a ser el epicentro de la tensión global.
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Y es que tras el inicio de la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán el mes pasado, Teherán respondió golpeando el tráfico marítimo en ese angosto corredor del Golfo Pérsico.
Aunque niega haberlo cerrado por completo, la realidad es que el flujo de buques se redujo drásticamente en medio de ataques, minas y amenazas, lo que ha disparado los precios del crudo (que se han incrementado un 25 por ciento desde el inicio de la guerra), encarecido el transporte global y encendido alarmas sobre un posible choque económico de gran escala.
Las consecuencias ya son visibles. Varias navieras suspendieron rutas, las aseguradoras incrementaron sus primas a niveles prohibitivos y el precio del barril escala con rapidez, algo que presiona la inflación en Europa y Asia, mucho más dependientes de ese flujo energético que Estados Unidos.
El presidente Donald Trump (der.) y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu (centro). Foto: AFP
Economistas ven en el bloqueo parcial del estrecho uno de los mayores riesgos inmediatos para la economía mundial, comparable a los choques petroleros de otras décadas.
Una estrategia ambigua de Trump: presiona, pero dice no necesitar ayuda
En ese contexto, el presidente Donald Trump lanzó un llamado a aliados y socios comerciales para que contribuyan a “asegurar” y reabrir la vía marítima.
“Es apenas apropiado que quienes se benefician del estrecho ayuden a garantizar que nada malo ocurra allí”, dijo en entrevista con el Financial Times.
Incluso fue más lejos al advertir que la Otán tendría un “muy mal futuro” si sus miembros no salían al rescate. En privado y en público, funcionarios estadounidenses insisten en que Europa, Japón, Corea del Sur e incluso China deberían aportar buques, en particular dragaminas, para escoltar el tráfico.
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Para el caso de China, la presión es aún más explícita. Trump señaló que espera conocer la disposición de Pekín a colaborar antes de la cumbre que tiene prevista con el presidente Xi Jinping a finales de mes, y advirtió que, de no haber una respuesta clara, podría posponer su visita.
“Resulta lógico que aquellos que se benefician del estrecho contribuyan a garantizar que no ocurra ninguna desgracia en la zona”, dijo. “Creo que China también debería ayudar”, añadió.
Pero la reacción, lejos de un “cierre de filas”, ha sido fría, cuando no abiertamente negativa.
Desde Berlín, el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, resumió el sentir de muchos. “Esta no es nuestra guerra; nosotros no la empezamos”, dijo el funcionario, en abierta oposición a Trump.
España fue aún más categórica. “El objetivo debe ser que la guerra termine, y que termine ya”, afirmó su ministra de Defensa, Margarita Robles, al descartar cualquier participación militar.
Italia, pese a la cercanía política de la primera ministra Giorgia Meloni con Trump, también se desmarcó e insistió en que prefiere una salida diplomática a la crisis. En la misma línea, la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, rechazó este lunes que existan planes para un despliegue militar.
El primer ministro británico, Keir Starmer (d.) y el presidente francés, Emmanuel Macron (c.). Foto:AFP
En Reino Unido, el primer ministro Keir Starmer habló de la necesidad de reabrir el estrecho, pero dejó claro que no se dejaría arrastrar a “una guerra más amplia”, mientras que Australia, por su parte, dijo no tener planes de enviar buques.
Y dentro de la Unión Europea, propuestas como ampliar la misión naval existente en el Mar Rojo o replicar esquemas como el acuerdo de exportación de granos en Ucrania han encontrado poco respaldo.
“Por ahora no hay apetito para eso”, reconoció la jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas.
En ese contexto, este martes Francia se sumó de forma explícita al grupo de países que optaron por tomar distancia.
Sin embargo, el propio Trump matizó su mensaje en las últimas horas. Tras la negativa de varios aliados a participar en la operación, el presidente afirmó que Estados Unidos “no necesita la ayuda de nadie”, insistiendo en la capacidad de su país para actuar de manera unilateral.
En paralelo, decidió aplazar una visita prevista a China, en un momento en que Washington también busca que Pekín asuma un papel en la estabilidad del estrecho.
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¿Por qué tanta resistencia, incluso entre aliados históricos de Washington?
Una de las razones centrales es el origen mismo del conflicto. A diferencia de Afganistán en 2001, cuando Estados Unidos fue atacado y recibió respaldo inmediato tras activarse el artículo 5 de la Organización del Atlántico Norte, la ofensiva contra Irán es vista en Europa como una guerra de elección, no de necesidad.
Fue una decisión tomada de manera unilateral por Washington y Tel Aviv, sin amplias consultas ni consenso previo.
En otras palabras, muchos sienten que ahora se les pide ayudar a resolver una crisis que no buscaron y cuyos objetivos estratégicos ni siquiera están del todo claros.
“Europa necesita entender cuáles son los objetivos”, planteó el canciller estonio Margus Tsahkna, reflejando una inquietud que es extendida.
A eso se suma el deterioro del clima político transatlántico. Desde su regreso al poder, Trump impone aranceles a socios europeos, cuestiona abiertamente la utilidad de la Otán, amenaza con tomar territorios como Groenlandia y ataca verbalmente a gobiernos aliados.
El secretario general de la Otán, Mark Rutte, habla con el presidente Donald Trump. Foto: AFP
Esa acumulación de tensiones erosiona la confianza, un elemento clave en cualquier operación militar conjunta.
“Es un poco descarado”, dijo el expresidente de Estonia Toomas Hendrik Ilves, al referirse a que ahora Washington pida ayuda a países que insulta o presiona.
“Después de amenazar a Dinamarca y burlarse del sacrificio de tropas en Afganistán, decir ‘vengan a ayudarnos’ es políticamente inviable”, dijo el expresidente.
También pesa la interpretación jurídica y política del papel de la Otán. Varios gobiernos subrayan que la alianza es, por definición, defensiva. Su cláusula central (el artículo 5) se activa cuando uno de sus miembros es atacado, no cuando decide participar en operaciones ofensivas o preventivas.
La guerra contra Irán, en ese sentido, no encaja en ese marco. “La respuesta europea debe ser poner fin al problema, no unirse a la guerra”, planteó Sven Biscop, del Instituto Egmont en Bélgica, insistiendo en que no se debe “ceder a las amenazas sobre la Otán”.
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Entre el fantasma de Irak y el riesgo de una escalada que golpee más a Europa
El recuerdo de la guerra en Irak de 2003 sigue siendo otro factor determinante.
Para muchos gobiernos y en la opinión pública europea, aquella intervención, justificada en su momento por la supuesta existencia de armas de destrucción masiva que nunca aparecieron, dejó una profunda desconfianza hacia las guerras lideradas por Estados Unidos.
El costo en vidas, recursos y estabilidad regional alimenta hoy una cautela que se traduce en resistencia política interna a cualquier nuevo despliegue militar.
A esto se suma un cálculo más práctico: el riesgo de escalada. Enviar buques para escoltar el tráfico en el estrecho implicaría operar en una zona donde Irán amenaza con atacar a las embarcaciones de países que considere hostiles.
El tráfico de barcos comerciales en el borde del estrecho de Ormuz se redujo. Foto: AFP
Eso eleva la probabilidad de incidentes directos y, eventualmente, de una ampliación del conflicto. Para muchos gobiernos europeos, el costo potencial supera los beneficios, especialmente en una guerra cuyos objetivos no controlan.
Sin embargo, la posición europea está lejos de ser cómoda o definitiva.
Por un lado, los líderes saben que Trump permanecerá en el poder al menos tres años más y que la relación con Washington sigue siendo crucial, especialmente en temas como la guerra en Ucrania.
Europa depende en gran medida del respaldo militar y político estadounidense frente a Rusia.
Existe la percepción de que una negativa frontal podría acarrear costos posteriores, ya sea dentro de la Otán, en materia de seguridad o en el ámbito comercial, donde la Casa Blanca ha demostrado disposición a recurrir a los aranceles como herramienta de presión.
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El propio Trump ha dejado entrever que este es, en parte, un test de lealtad.
Por otro lado, el impacto económico del cierre de Ormuz también golpea directamente a Europa y a Asia. El alza de los precios de la energía se traduce en inflación, presión sobre las industrias intensivas en energía y malestar político interno.
Gobiernos que ya enfrentan economías débiles o electorados sensibles al costo de vida saben que una crisis prolongada en el Golfo puede tener consecuencias domésticas significativas. No hacer nada, en ese sentido, también tiene un precio.
De ahí que algunos gobiernos exploren alternativas intermedias. Entre ellas, soluciones diplomáticas, esquemas multilaterales más amplios que incluyan a países del Golfo o iniciativas como reforzar misiones navales ya existentes sin vincularlas directamente a la operación estadounidense.
Pese a bajas clave, Irán resiste la ofensiva de EE. UU. e Israel. Foto: AFP
También se barajan mecanismos de escolta limitados o acuerdos puntuales para garantizar ciertos flujos críticos, aunque ninguno ofrece una solución integral ni inmediata.
El pulso en torno al estrecho de Ormuz, en ese sentido, no solo refleja una crisis geopolítica en Medio Oriente. También expone el momento más frágil en décadas de la relación entre Estados Unidos y sus aliados tradicionales, atrapados entre la presión de Washington, el escepticismo interno, el temor a verse arrastrados a otra guerra de consecuencias imprevisibles y la realidad de que, incluso si se resisten, no pueden aislarse por completo de sus efectos.
SERGIO GÓMEZ MASERI – Corresponsal del EL TIEMPO – Washington















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