Aunque la disminución de la fecundidad ha sido un tema muy debatido en Estados Unidos y en varios países europeos y asiáticos en los últimos años, la tendencia ha sido casi ubicua durante el último medio siglo. Prácticamente todos los países del mundo han experimentado un descenso significativo en la tasa de nacimientos.
En 2022, más de la mitad de los 193 países de las Naciones Unidas —un grupo que representa dos tercios de la población mundial— ya tenían una tasa total de fecundidad inferior al nivel de reemplazo de 2,2 hijos por mujer. Tras los descensos de esta tasa en países desarrollados como Estados Unidos hace décadas, muchas otras naciones se han unido recientemente al club, presentándonos una de las grandes sorpresas demográficas de la era moderna: una relación negativa entre los niveles de ingresos per cápita y la fecundidad.
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Los economistas han estudiado esta relación desde los años 60, ofreciendo diversas explicaciones: desde el argumento de que los hogares y países de bajos ingresos carecían de acceso a conocimientos y tecnologías anticonceptivas hasta la hipótesis de que el precio “completo” de los hijos podría aumentar con los ingresos a medida que los padres buscaban proporcionar la mejor atención sanitaria, educación y formación a sus hijos. Pero muchas de estas explicaciones resultaron erróneas o incompletas.
Por ejemplo, la tendencia continuó incluso con la difusión de las prácticas anticonceptivas modernas, lo que indica que algo más impulsaba a los hogares con mayores ingresos a tener menos hijos que los de menores ingresos. El acceso a anticonceptivos efectivos o al aborto legal no es suficiente para reducir la tasa de natalidad, como lo demuestra la sustancial disminución de la tasa de natalidad en Estados Unidos en el siglo XIX.
Para una reducción sostenida y sustancial de la tasa de natalidad, las personas en edad fértil también deben optar por tener menos hijos; y para aumentar la tasa de natalidad, las parejas deben desear tener más hijos y las mujeres deben tener la seguridad de que sus hijos recibirán cuidados.
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El factor decisivo
Como lo demuestra mi investigación The Downside of Fertility (2025), el principal factor del descenso de la fecundidad es la mayor autonomía de las mujeres, que deben afrontar la incertidumbre de no saber si podrán cosechar los frutos financieros y personales de su educación, ni si sus hijos contarán con recursos suficientes. El verdadero problema de la fecundidad podría residir en un desajuste entre lo que las mujeres necesitan para disfrutar de su autonomía y los compromisos creíbles que los hombres (y los gobiernos) pueden asumir.
Claudia Goldin, premio nobel de Economía 2023 Foto:EFE
Para una mujer que puede aspirar a la educación profesional y seguir una carrera, una consideración fundamental al tener un hijo es si el padre compartirá la carga del trabajo doméstico. Sin dichas garantías por parte de los padres (o de los gobiernos, en cuanto a prestaciones y transferencias para el cuidado infantil), ella puede retrasar o abstenerse de tener hijos para poder aumentar sus oportunidades laborales.
Cuanto más creíbles sean los hombres al demostrar que serán padres responsables y no “fracasos” en la materia, mayor será la tasa de natalidad ante una mayor autonomía femenina. Sin embargo, cuando los hombres no tienen las mismas prioridades que las mujeres, este desajuste puede provocar grandes reducciones en la fecundidad.
Cuanto más creíbles sean los hombres al demostrar que serán padres responsables y no “fracasos” en la materia, mayor será la tasa de natalidad ante una mayor autonomía femenina
Claudia GoldinNobel de Economía
Ya sea que miremos a Estados Unidos o a otros países que se desarrollaron rápidamente en algún momento después de la Segunda Guerra Mundial, el principal motor de la baja fecundidad es el aumento de la agencia de las mujeres, reforzado por la falta de cambio entre los hombres. Pero esto no significa que la historia sea la misma en todos los países.
En Estados Unidos, la tasa de natalidad se desplomó hace tiempo, debido a que las mujeres tienen mayor capacidad de casarse más tardíamente, obtener más educación y adquirir más experiencia laboral antes del matrimonio. Gracias a su mayor autonomía, las mujeres disponen de más opciones; y debido a que los ingresos relativos de los trabajadores con estudios universitarios aumentaron considerablemente, sus opciones se volvieron más valiosas.
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Mientras tanto, la proporción de hombres responsables con la paternidad puede que no haya aumentado, lo que implica que el coste de oportunidad de los hijos puede haber aumentado para las mujeres con mayor nivel educativo.
En otros casos, la historia se centra en la velocidad del crecimiento económico y los conflictos resultantes entre generaciones y géneros. Mi modelo muestra que cuanto más rápido es el crecimiento económico per cápita, mayor es la divergencia entre el deseo de los hombres de tener hijos en comparación con el de las mujeres. Por ello, los países que experimentaron estancamiento económico seguido de períodos de crecimiento económico en las décadas de 1950, 1960 y 1970 terminaron con disminuciones mayores en la fecundidad que los países con un crecimiento económico más estable tras la guerra.
La razón es que el rápido crecimiento da poco tiempo para que las tradiciones se adapten a la realidad económica. Los hombres tienden a estar más apegados a las tradiciones de sus padres y abuelos, mientras que las mujeres tienen mucho más por ganar al romper con estas. No es que los hombres sean inherentemente más tradicionales que las mujeres, sino que se benefician más de tradiciones patriarcales, mientras que las mujeres obtienen mayores ventajas en una situación de mayor igualdad de género.
En periodos de rápido desarrollo, especialmente cuando las poblaciones experimentan grandes migraciones de zonas rurales a urbanas, los hijos varones se benefician más al permanecer parcialmente anclados en el pasado, mientras que las hijas se benefician más al aprovechar al máximo el presente, cuando pueden mejorar su educación y sus oportunidades laborales.
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De hecho, las ventajas para los hijos varones se evidencian en la división del trabajo doméstico. En los países actualmente desarrollados que se modernizaron rápidamente, los hombres realizan considerablemente menos tareas domésticas y de cuidado en sus hogares que las mujeres, en comparación con los hombres en países con trayectorias de crecimiento más continuas.
Lo que se puede hacer
En conjunto, el descenso de la fecundidad en países y sociedades muy diferentes sugiere la existencia de un factor común. Esta tendencia ha ido de la mano del aumento de la capacidad de las mujeres para casarse con quien deseen y cuando lo deseen, para invertir en su educación y en su futuro, y para gozar de una libertad reproductiva segura y fiable. Al mismo tiempo, las desigualdades sociales y en las relaciones individuales, además de un compromiso tardío y las dificultades de firmar contratos vinculantes, han contribuido a tasas de natalidad inferiores a las óptimas.
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¿Qué hacer? En el caso de Estados Unidos, las declaraciones de funcionarios gubernamentales y líderes del sector privado, así como encuestas recientes, reflejan la creencia de que las normas sociales se han inclinado demasiado hacia la igualdad de género. Sin embargo, revertir esta situación podría aumentar el grado de desajuste y reducir aún más la tasa de natalidad.
En ausencia de cambios suficientes que garanticen el apoyo a las futuras madres, una mayor autonomía femenina se traducirá en menores tasas de natalidad. Afortunadamente, esto también significa que, con suficientes garantías de apoyo, una mayor autonomía femenina debería conducir a mayores tasas de natalidad, una mayor productividad femenina en el mercado laboral y familias más equitativas y felices.
CLAUDIA GOLDIN (*)
© Project Syndicate
Cambridge
(*) Ganadora del Premio Nobel de Economía en 2023, profesora de Economía en la Universidad de Harvard y codirectora del grupo Género en la Economía de la Oficina Nacional de Investigación Económica.
Más rápido de lo esperado
El número promedio de nacimientos por mujer ha disminuido de alrededor de cinco (4,8), en la década de 1970, a un poco más de dos (2,2) en 2024, y ha ocurrido a una tasa más rápida de la proyectada.
Según las Naciones Unidad, en su informe ‘World Fertility 2024’, las proyecciones actuales indican que la fecundidad mundial alcanzará el nivel de reemplazo de 2,1 nacimientos por mujer para 2050, pero hace una década se esperaba que la fecundidad mundial alcanzara esa tasa solo para 2073.
Según el informe, se proyecta que la disminución de la fecundidad continuará hasta finales del siglo, alcanzando 1,8 nacimientos por mujer para el año 2100.
















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