El sábado, a las 7:10 de la mañana, a pocas cuadras del CAI Santander, en el barrio Autopista Sur, lo que debía ser un trayecto rutinario con rumbo al trabajo terminó convertido en una escena de violencia que por poco le cuesta la vida a un ciudadano.
Andrés Madrigal Morales había salido de su casa a las 6:10 a.m., como todos los días, rumbo al aeropuerto El Dorado, donde trabaja desde hace siete años. Iba en su bicicleta cuando se encontró con una camioneta Chevrolet Captiva Sport negra, de placas MWO 533, que circulaba en contravía por una vía de doble sentido. Alcanzó a reclamarle al conductor por la maniobra, un cruce de palabras que, según su familia, desató todo lo que vino después.
De acuerdo con el testimonio de su hermano, Miguel Morales, entrevistado por la sección Bogotá de EL TIEMPO, el conductor no siguió su camino. Continuó en contravía, se atravesó entre los carros y luego echó reversa para devolverse.
En ese movimiento intentó embestir a otros dos ciclistas, que lograron subirse al andén para evitar el impacto. Andrés siguió avanzando por la vía, pero el vehículo lo empezó a perseguir. “El tipo se llenó de ira y empezó a perseguirlo”, relata Miguel, quien reconstruye la escena a partir de lo ocurrido y de los videos que, asegura, tienen en su poder.
El tipo se llenó de ira y empezó a perseguirlo
Miguel MoralesHermano de la víctima.
Así quedó la pierna de la víctima. Foto:Archivo particular
En medio de esa persecución, el carro se apagó, volvió a encender y retomó la contravía. Más adelante, en una curva cerrada, el conductor intentó cerrarlo. Andrés alcanzó a girar, pero la camioneta impactó la parte trasera y continuó su trayectoria. El conductor volvió a direccionar el vehículo hacia la derecha, contra el borde entre la vía y el andén, y finalmente lo alcanzó.
Lo atropelló y le pasó por encima con las dos ruedas del costado derecho de una camioneta que, según su familia, pesa cerca de una tonelada. El impacto dejó daños visibles en el bumper delantero y a Andrés inconsciente sobre el asfalto.
Miguel llegó poco después, lo recogió y lo trasladó a la clínica Medicentro, donde ingresó de urgencia. El diagnóstico médico es complejo y describe la magnitud del impacto: fractura total de la pierna derecha, fractura de cadera, fractura de pelvis, luxación en el brazo derecho, fractura de tabique, además de múltiples golpes e inflamaciones.
A esto se suman complicaciones internas que han afectado el funcionamiento de su cuerpo. “No ha podido orinar de manera normal, tuvieron que ponerle una sonda permanente para que el cerebro vuelva a transmitir esa función”, explica su hermano, quien también relata que Andrés no ha podido hacer del cuerpo desde el accidente.
Así quedó la bicicleta de la víctima. Foto:Archivo particular
El drama médico
El proceso médico apenas comienza. Ya fue sometido a una primera cirugía para estabilizar la pierna, pero tiene al menos cuatro procedimientos adicionales pendientes que no han podido realizarse debido al estado de las heridas.
Hoy permanece postrado en una cama, mientras su familia intenta asimilar lo ocurrido y acompañar una recuperación que, por ahora, es incierta. “La vida le cambió en el transcurso de la casa al trabajo, le cambió drásticamente”, dice Miguel.
Para la familia, hay un punto que marca la diferencia entre un accidente y un delito. Tras el atropello, el conductor no se detuvo a auxiliarlo. No llamó a una ambulancia, ni a la policía, ni a los bomberos. Se fue del lugar. “Eso es intento de homicidio y omisión de socorro”, insiste Miguel, quien asegura que más tarde, en el CAI Santander, el hombre identificado como Juan Carlos Forero Delgado, comerciante, le reconoció lo ocurrido. “Sí, yo atropellé a su hermano, me llené de ira y lo atropellé, le pasé por encima y me di a la fuga”, recuerda que le dijo.
Sí, yo atropellé a su hermano, me llené de ira y lo atropellé, le pasé por encima y me di a la fuga
Carlos Forero Delgado.Agresor.
También cuestiona la versión inicial que, según relata, habría entregado el conductor, en la que señalaba que un ciclista lo iba a atacar y que le habían roto los vidrios del vehículo. Cuando las autoridades realizaron el levantamiento, asegura, el panorámico delantero, el trasero, las ventanas, los espejos y las farolas estaban intactos. “Tenemos video, no sé de dónde salió esa versión”, afirma. El caso ya fue puesto en conocimiento de la Fiscalía, que inició el proceso correspondiente, y hubo levantamiento del vehículo por parte de las autoridades, pero el señalado agresor continúa en libertad.
Mientras tanto, el impacto del hecho se extiende más allá de la cama de hospital. Andrés no solo es el paciente que enfrenta cirugías y una recuperación incierta; es también uno de los dos hijos que sostienen a sus padres, dos adultos mayores de 70 años, hipertensos, que dependen económicamente de él y de su hermano. También es padre de una adolescente de 15 años. “Se afectó una familia de cuatro personas”, resume Miguel, quien ahora debe dividirse entre el cuidado de sus padres y la atención permanente en la clínica.
Sus padres no han podido verlo desde el accidente. Por su edad, no pueden ingresar a la clínica debido al riesgo de contagio. “Ellos están muy delicados con todo esto, no han podido venir”, cuenta. La carga emocional se suma a la incertidumbre económica y al desgaste de enfrentar un proceso judicial.
Miguel insiste en que no se trata de un hecho aislado, sino de una realidad que se repite en la ciudad. Habla de pacientes que llegan a clínicas sin quien responda por ellos, de casos en los que el responsable se da a la fuga y de familias que quedan solas frente a los gastos y las decisiones médicas.
También cuestiona las dificultades para acceder a pruebas. “Las cámaras están por todas partes, pero cuando uno va a pedir un video, le dicen que están en mantenimiento o que no está el encargado”, afirma, y señala que esas evidencias son clave para establecer responsabilidades.
Para él, la discusión también pasa por la forma en que se otorgan las licencias de conducción en una ciudad congestionada. “Si una persona no es tolerante, no debería tener pase. Deberían hacer evaluaciones psicológicas más estrictas”, dice.
Hoy, mientras Andrés permanece en una cama, con varias cirugías pendientes y sin poder moverse, su familia espera que el caso avance y que haya una respuesta de las autoridades. Piden que el comandante de Tránsito y Transporte de Bogotá, la Secretaría de Movilidad y la Fiscalía se apersonen del proceso y que se dicte una medida de aseguramiento contra el conductor. “Esto no es un simple atropello, es un intento de homicidio”, insiste Miguel.
En medio de esa espera, está la esperanza de que Andrés pueda volver a caminar, que recupere su vida, que ese trayecto de una hora que terminó en tragedia no defina todo lo que viene. “Yo le pido a Dios que pueda volver a la vida que tenía antes de salir de la casa”, dice su hermano. Desde ese sábado, a las 7:10 de la mañana, todo cambió.
CAROL MALAVER
SUBEDITORA BOGOTÁ
Escríbanos a carmal@eltiempo.com
















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