No fue una idea.
No fue un pensamiento articulado.
Fue una sensación física, inmediata, imposible de ignorar.
Al amanecer en la nueva casa —la casa de mi papá— supe que mi vida estaba quebrada. No “triste”. No “difícil”. Quebrada. Como algo que ya no se puede volver a armar del mismo modo. El dolor estaba en la piel, en el estómago, en la garganta. Un dolor en carne viva. Respirar requería esfuerzo. Pensar, todavía más.
Yo tenía dieciocho años y, aunque había crecido rodeada de adultos, de oportunidades, de decisiones grandes, de palabras que parecían explicarlo todo, nada me había preparado para eso: despertar en un mundo donde mi mamá ya no estaba.
El día anterior la habíamos enterrado.
El entierro fue un domingo, en uno de los cementerios del norte de Bogotá, después de una ceremonia multitudinaria en la Catedral Primada de Colombia. Recuerdo ese día como si lo hubiera vivido en una pesadilla lenta, espesa, irreal. Todo estaba lleno de gente. Periodistas. Cámaras. Micrófonos. Familia entera. Expresidentes vivos. El presidente en ejercicio. Una multitud alrededor de un dolor que, para mí, era íntimo, desgarrador, imposible de compartir.
Recuerdo a mi papá, a mi abuela Nydia. Me acuerdo de mi hermano Miguel, con apenas cuatro años y medio, cogiéndonos de la mano. Me acuerdo de llorar desconsolada. Llorar sin control. Llorar hasta sentir que el cuerpo se vaciaba. Me prestaron unas gafas negras y me las puse como si fueran un escudo. Estaba vestida de negro, con una camisa blanca, y tenía la sensación permanente de que todo era mentira. De que en cualquier momento alguien iba a decir que había sido un error, que esto no estaba pasando, que mi mamá iba a aparecer.
No apareció.
Durante el entierro sentí que yo no estaba del todo ahí. Lloraba, pero al mismo tiempo me observaba desde afuera. Como si mi cuerpo estuviera cumpliendo una función automática mientras mi mente se negaba a aceptar la realidad. El dolor era tan grande que parecía imposible de alojar en un solo lugar del cuerpo. Estaba en todas partes.
Esa noche dormí en la casa de mi papá. Una casa que siempre había sido un refugio intermitente, de visita. Y, a partir de ese momento, iba a serlo todo, mi hogar.
Al amanecer entendí algo sin palabras: mi vida, tal como la conocía, se había roto.
Carolina Hoyos preside la Fundación Solidaridad por Colombia. Foto: Mauricio Moreno EL TIEMPO Foto:MAURICIO MORENO
No era solo la muerte de mi mamá. Era la pérdida del mundo completo que existía alrededor de ella. Era la ruptura de la rutina. De la casa. De los olores. De los gestos pequeños. De la seguridad infantil —aunque ya no fuera una niña— de saber que había alguien que me sostenía de una manera irreemplazable, pues era mi mamá
Mientras yo apenas lograba sostenerme de pie, mi papá tenía una certeza absoluta. No una intuición. Una convicción profunda. “No puede quedarse quieta”, dijo. Nunca fue una orden explícita. Nunca fue una imposición violenta. Fue algo más complejo y amoroso: una decisión tomada por él cuando yo no estaba en condiciones de tomar ninguna. Él entendía algo que yo todavía no podía formular: quedarse inmóvil, en ese punto, no era descanso. Era hundimiento. Era permitir que el dolor tomara el control total del cuerpo y de la mente. Él sabía —porque la vida ya se lo había enseñado— que hay momentos en los que el movimiento no es huida.
Es supervivencia.
Por eso, el domingo enterramos a mi mamá y el lunes me mandó al colegio. Dicho así suena brutal. Y durante mucho tiempo pensé que lo había sido. Recuerdo ese lunes con una nitidez particular. Bogotá estaba gris. Fría. De esos días en los que la ciudad parece acompañar el duelo. Yo iba al colegio sin haber terminado de desempacar las cosas de mi mamá. Sin haber entendido cómo era posible que el mundo siguiera funcionando cuando el mío se había detenido. Me parecía cruel. Injusto. Desproporcionado. Sentía que nadie tenía derecho a exigirme normalidad cuando todo dentro de mí estaba devastado.
Y, sin embargo, fui. No porque entendiera. No porque estuviera lista. Fui porque alguien me sostuvo cuando yo no podía sostenerme sola. Con los años comprendí que ese gesto —aparentemente duro— fue uno de los actos de amor más profundos que he recibido. No fue negación del dolor. Fue una forma de impedir que el dolor me tragara entera.
Mi papá siempre me dijo algo que solo mucho tiempo después logré entender en toda su profundidad: “De lo que tú crees que no eres capaz, yo sí estoy seguro de que sí”. Él confió en mí antes de que yo pudiera confiar en mí misma. Y esa confianza ajena fue el primer hilo que me sostuvo. Ese amanecer no llegó después de una sola pérdida. Llegó después de muchas, todas al mismo tiempo, acumuladas, sin espacio para procesar una antes de que llegara la siguiente.
Había perdido a mi mamá, asesinada por la violencia
Había perdido a mi hermano Miguel: cada uno tenía un papá distinto y, de un día para otro, dejamos de vivir juntos. Yo con dieciocho años. Él con cinco. Una despedida que nunca imaginé, que nunca quise, que nunca pensé que sería definitiva
Había perdido la vida cotidiana que conocía.
Había perdido rutinas, horarios, objetos, rituales pequeños que daban estabilidad.
Había perdido la adolescencia tal como la imaginaba.
Había perdido incluso la ilusión de que el mundo era, en esencia, un lugar seguro.
No fue una transición.
Fue un arrancón.
Llegar a la casa de mi papá fue una bendición inmensa —y, al mismo tiempo, la consecuencia directa de la guerra—. Gracias a Dios tenía a mi papá. Tenía amor. Tenía estructura. Tenía presencia y su infinita generosidad. Pero aun así estaba cayendo. Porque no era solo duelo. Era desorden. Un desorden profundo, silencioso, íntimo. El mundo que yo conocía había dejado de existir de un día para otro, y nadie te enseña cómo pararte cuando el piso desaparece. Había momentos en los que no entendía dónde estaba. Miraba alrededor y todo parecía una pesadilla. Otras paredes. Otros sonidos. Otra lógica. No había tiempo para adaptarse. La vida seguía, aunque yo no supiera cómo seguir con ella.
Mi avance no fue inmediato.
No fue heroico.
No fue inspirador.
Fue torpe.
Irregular.
Desordenado
Hubo días en los que levantarme de la cama era una hazaña, pero me levanté siempre. Otros en los que simplemente respirar parecía suficiente. Días en los que cumplir una tarea mínima —bañarme, salir de la casa, sentarme en un salón de clase— requería una energía desproporcionada.
No había claridad.
No había propósito.
No había aprendizaje consciente.
Había supervivencia. Y, sin embargo, incluso en ese caos, algo empezó a ocurrir sin que yo lo notara. Cada pequeño movimiento —ir al colegio, cumplir un horario, sentarme frente a un cuaderno— no resolvía el dolor, pero lo contenía. Le ponía límites. Evitaba que se expandiera sin control. Ponerle límites al dolor no significa negarlo ni minimizarlo. Significa impedir que lo ocupe todo. En ese momento yo no tenía palabras para explicarlo, pero intuía que si dejaba que el dolor se expandiera sin contención, terminaría devorando cada espacio de mi vida. Los límites no curaban la herida, pero evitaban que se infectara.
Con el tiempo entendí que no solo el dolor necesita límites. Todos los sentimientos los necesitan. La tristeza sin contención se vuelve abismo. La rabia sin cauce se vuelve destrucción. Incluso la felicidad, cuando se desborda sin conciencia, puede convertirse en negación. Parte de esos límites llegaron a través de la disciplina y de la cotidianidad. Cumplir un horario. Ir a estudiar. Repetir gestos pequeños cuando todo por dentro era caótico. No porque esas acciones resolvieran el dolor, sino porque le daban marco.
Pero hubo algo aún más profundo que empezó a operar sin que yo lo supiera: la mente. Poco a poco comprendí que no era solo lo que me había pasado lo que determinaba mi sufrimiento, sino la manera en que mi mente lo habitaba. Ahí comenzó a revelarse algo que hoy tengo claro: todo es mentecéntrico. La mente es la que permite poner límites internos cuando el mundo externo se desmorona. La que ayuda a decidir qué pensamiento se queda y cuál no. Sin saberlo, estaba aprendiendo a construir el primer esqueleto interno de mi vida adulta.
Mucho tiempo después entendí que ahí comenzó a formarse algo que entonces no supe nombrar: una estructura mínima. Un mapa todavía borroso, pero mapa al fin. Nadie me explicó que el dolor también enseña a orientarse. Nadie me dijo que perderlo todo podía, con el tiempo, convertirse en aprendizaje. En ese momento no había teoría. Había consuelo. No había sentido. Solo había una sensación persistente de que algo —una fuerza que no sabía nombrar— me estaba sosteniendo.
Era aire prestado.
Como en el buceo, cuando el oxígeno se acaba y el cuerpo entra en pánico. El buzo sabe que no puede subir de golpe. Necesita aire. Aire justo. Aire suficiente para no morir en el intento. Entonces aparece el compañero y le presta su regulador alterno. Así fue conmigo. Mi papá. Piedad, su esposa. Mis hermanos Mauricio y Andrés. Presencias amorosas. No me sacaron del fondo de inmediato. Me dieron el aire necesario para subir poco a poco. Ese gesto —dar aire— fue más importante que cualquier discurso. Porque cuando alguien está en shock, no necesita respuestas. Necesita oxígeno. Ese día no pensé en resiliencia. Pensé en pasar el día. Pensé en no quedarme inmóvil. Con los años entendí que ese gesto mínimo —seguir caminando sin entender— fue el primer acto de lo que más adelante llamaría felicidad imperfecta. No la alegría. No la calma. La decisión profunda de seguir viviendo cuando nada parecía tener forma.
















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