“¿Cómo es que a una niña le arranquen la lengua?”, fue una de las preguntas que detonó, en Socorro Venegas, la escritura de ‘Leche de silencio’ en el cual, la autora y editora mexicana no solo les rinde un homenaje a sus ancestras —madre, abuela y su tía sordomuda, todas del linaje materno— al reconstruir sus silencios e historias al margen de su lengua, el náhuatl, sino que de manera soslayada y casi poética, hace de sus páginas un acto de resistencia y denuncia pública de las políticas que perpetúan la segregación por lengua, piel y estrato socioeconómico.
Editado por Páginas de Espuma, ‘Leche de silencio’ es la obra más reciente de Venegas; entre sus libros están las novelas ‘La noche será negra y blanca’ (Editado en Colombia por Babel; en 2009, recibió el Premio Nacional de Novela Ópera Prima Carlos Fuentes y mención especial en el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz que otorga la FIL Guadalajara) y ‘Vestido de novia’ (2014); los libros de cuentos ‘La memoria donde ardía’ (Páginas de Espuma, 2019), ‘Todas las islas’ (2002, Premio Nacional de Cuento Benemérito de América), ‘La muerte más blanca’ (2000), ‘La risa de las azucenas’ (1997) y ‘Ceniza roja’ (Páginas de Espuma 2022).
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Asimismo, fue escritora residente en el Writers Room de Nueva York y becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y del Centro Mexicano de Escritores; escribe la columna Modo Avión en la revista electrónica de literatura Literal Magazine dirige proyectos editoriales en el Fondo de Cultura Económica y la Universidad Nacional Autónoma de México, como la colección de novela y memoria Vindictas, que recupera la obra de escritoras latinoamericanas marginalizadas por el canon del siglo XX; de ahí, el “lhíbrido” de denuncia social y duelo que traza su pluma, y del cual hablarán Socorro Venegas y Piedad Bonnett durante la 38 edición de la Feria del Libro.
‘Leche de silencio’ nace de una conversación, una entrevista con su madre. ¿Cuál esa charla permanente con su ella?
De alguna manera, esa conversación que es patente o que es imaginaria, está ocurriendo siempre con la madre; desde mis acciones, lo que pienso, lo que digo, ahí para mí siempre habrá una resonancia, un eco de ella misma, de su voz o de la ausencia de su voz también. Leche del silencio es un libro donde estoy hablando de la lengua como alimento materno: ¿Qué es lo que se traslada con una lengua? y ¿qué es lo que no te trasladan cuando no te la transmiten? Cuando no aprendes la lengua de tu madre, ¿qué conversaciones ya no ocurren? Y para mí, ahora que terminamos de escribir el libro, a través de nuestras conversaciones pudimos extraer larvas de mucho tiempo atrás, de nuestra historia común y que ahora estas larvas se han convertido en criaturas aladas (que son las palabras que se leen al abrir el libro). Entonces esas criaturas, esas palabras, van a encontrar a sus lectores, a sus lectoras quienes, a su vez, hallarán una conversación o una pregunta para pensar y formularle a su propia madre; y ello es lo que, precisamente este libro está, está suscitando: preguntarte por esa mujer que es la que más te pertenece y a la que también más perteneces. Todos esos vínculos tan hondos se ven reflejados y despertados por un libro como este. Me entusiasma mucho ser una especie de bisagra para que podamos abrir la puerta a las preguntas que no se le han hecho a la madre.
¿En qué momento de su vida surge este libro? ¿Hubo alguna necesidad personal o literaria que lo impulsó?
Las dos cosas estaban allí. Hace tiempo comencé a preguntarme: ¿por qué no hablo la lengua de mi madre? Y es una pregunta que se desdobla porque también he tenido que preguntarme ¿y cómo es que a una niña le arranquen la lengua? Y es que esa niña a veces es ella y ella a veces soy yo porque para mí también quedó negada la posibilidad de aprender el náhuatl. Estas son preguntas que se vuelven políticas, porque cuestionan a toda una sociedad racista y a unas políticas de Estado que imponían que México debía ser un país monolingüe. Por lo tanto, se prohibió hablar lenguas indígenas y se castigó su transmisión. Entonces, hay generaciones enteras que crecimos no solo sin conocer la lengua de nuestras madres, sino además sin saber siquiera que ellas tenían una lengua ancestral, que tuvieron que negarla y ocultarla para no exponerse al dolor de la discriminación.
Portada de ‘Leche de silencio’. Foto:Isabel Wagemann
Y esto es un primer dolor.
Sí, y ese dolor es poco hablado; no se manifiesta cuando uno lee ensayos sociológicos o estudios de lingüística, donde a veces solo se arrojan datos: desaparecieron tantas lenguas, pero no se dice qué implica eso para las personas. ¿Qué significa para una madre tener que esconder su lengua materna? ¿Qué significa sentir vergüenza por los propios orígenes en un país con una enorme riqueza cultural? Tendría que ocurrir lo contrario: deberíamos estar orgullosos de ese pasado indígena y dejar de confinar a las culturas originarias como si solo pudieran existir en los museos. Para mí era fundamental hacer esta búsqueda desde la literatura: explorar qué significa esa negación, ese dolor de tener que negar. Y también, como en la historia de mi madre, qué significa reconocer y aceptar su herencia cultural, sentirse orgullosa. Ese es un paso que ella dio prácticamente sola, una decisión de madurez: se transformó, dejó de ser esa niña o joven avergonzada e insegura con sus orígenes.
¿Qué mecanismos usó para alejarse de una posible idealización de su figura materna?
Mi acercamiento era profundamente personal, pero para escribir esta historia tuve que tomar cierta distancia. Incluso le planteé a mi madre que necesitaba llamarla Elia en el libro, no ‘mamá’, para poder mirarla mejor, comprenderla mejor y no romantizar su vida. No quería construir un monumento a la madre ni idealizar a mis personajes. Ese ha sido uno de los desafíos en la escritura de Leche de silencio: ¿cómo escribir sobre alguien tan cercano, a quien amas profundamente? ¿Cómo acercarte literariamente a una vida que crees conocer por completo? Para mí, generar distancia, dar unos pasos atrás, me permitió comprender mejor mi material. Fue un ejercicio doble: tomar distancia para entender lo más íntimo.
Sí, para ser un poco más objetiva y darle espacio a la ficción en este libro “mestizo”.
Exactamente. Desde niña, uno de mis mecanismos fue buscar consuelo en la ficción, en ese otro mundo que una misma hace posible gracias a la imaginación. Nunca me ha abandonado. Todo lo que sé de técnica narrativa, como escritora de cuentos y novelas, estuvo al servicio de esta historia. ¿Cómo construir estos personajes? ¿Cómo recuperarlos? ¿Cómo trabajar con mi propio ADN para generar a estas mujeres —mi madre, mi abuela, mi tía— y escribirlas con libertad? Porque contar una verdad también necesita libertad: la libertad de nombrarla, de mirarla directamente a los ojos, de ser absolutamente leal a esa historia que pide ser contada. En algunos momentos he dicho que Leche de silencio me escribió a mí. Nunca había sentido tanta dificultad al escribir como con este libro.
¿Por qué tanta dificultad?
Por lo conflictivo que puede resultarte enfrentarte a ti misma, de reconocerte en una sociedad racista, de ver cosas que no habías querido ver. Me di cuenta de cómo, por tener la piel oscura o por ciertos orígenes, eso que uno es se distorsiona desde afuera. Desde afuera siempre parece que vales menos, que tienes menos capacidades. Y eso está documentado: en México, las personas con piel más oscura tienen menos oportunidades. Hablar de esto es fundamental. Pero también es necesario mostrar qué significa ese dato en la vida real. Yo quise contarlo desde la dificultad de reconocerte en ese país, de entender que esa discriminación la sufrió mi madre desde pequeña, que ella es una sobreviviente en un contexto donde representa culturas originarias y, sin embargo, es vista como extranjera.
Y esto dialoga con una realidad muy contemporánea en América Latina.
Sí, es un problema de toda América Latina. En la historia de nuestros países no solo se ha intentado eliminar las lenguas indígenas, sino en algunos casos a los propios pueblos indígenas. Y cuando no se crean políticas efectivas para revitalizar esas lenguas, eso es lo que ocurre: desaparecen. Al desaparecer una lengua, desaparece un universo, una forma de ver el mundo. Es, de alguna manera, eliminar el alma de las personas. La ONU ha advertido que en cien años podría desaparecer el 90 por ciento de las lenguas indígenas del mundo. Eso debería parecernos una tragedia, porque todos perdemos cuando desaparece una lengua. Perdemos un patrimonio cultural al que no deberíamos renunciar.
Su obra va entre lo íntimo y lo social. ¿Cómo logró el equilibrio en ‘Leche de silencio’?
Al inicio quería escribir un ensayo, pero todo cambió con la voz de mi madre. Para escribir esta historia, le pedí que conversáramos. Incluso le propuse que escribiéramos el libro juntas. Entonces entendí que no podía quedarme en el ensayo: esto era el relato de una vida, algo autobiográfico, que también requería imaginar allí donde la memoria no alcanzaba. Es un libro que denuncia, que invita a reflexionar sobre lo que perdemos, pero que lo hace desde lo íntimo. Recuerdo que, en una entrevista, un técnico de sonido se acercó a decirme que su madre era griega y que, al escucharme, entendía una distancia que siempre había sentido con ella: no haber compartido su lengua. Eso me conmovió profundamente, porque también es mi verdad. Al no hablar con mi madre en su lengua, quedó entre nosotras una cierta distancia, una extrañeza.
¿Hubo alguna imagen o recuerdo que detonara la escritura del libro?
Más que una sola imagen, hay muchas. Mi madre es una gran narradora, y yo crecí escuchando sus historias. Este es un libro que se escribe toda la vida. Luego, al escribirlo, volví a ellas, las confronté, las verifiqué. Y entendí que la memoria también es una construcción: un mecanismo de supervivencia.
Hablemos de la estructura.
Siempre quise que el libro tuviera una voz literaria, no antropológica. Necesitaba una inmersión total. También me interesaba incluir otras voces, otros autores que han reflexionado sobre la lengua materna. Quería contrastar historias: quienes eligen escribir en otra lengua y quienes son obligados a abandonar la suya. No me preocupaba tanto el género; preferí pensar el libro como algo mestizo, una contranarrativa. Quería quitarle cauce al río y ver qué pasaba; contar de otra manera cómo se extingue una lengua, pero también cómo se resiste. Porque, contra todo, mi madre logró mantener viva su lengua, y en el libro aparece también la posibilidad de transmitirla: a mi hijo, a mí.
Socorro Venegas nació en San Luis Potosí, México, en 1972. Foto:Isabel Wagemann
La maternidad aparece como una experiencia compleja.
Sí, ‘Leche de silencio’ es un libro con muchas capas. Está el duelo, la maternidad vivida desde el dolor, desde la incomprensión. Me interesaba explorar esa complejidad, sin idealizarla. Son temas que ya había abordado en otros libros, donde elegí trabajar desde la ficción, aunque el punto de partida fueran experiencias vitales propias. Aquí, en cambio, quise quitar esas capas que la ficción puede otorgar a una historia: ir puliendo hasta dejar la piedra lisa —porque estamos hablando de ríos—, la piedra lisa de la historia de la maternidad de mi madre y también la mía. Para mí era fundamental no dejarla sola nunca. ¿Cómo fue ella madre?, ¿cómo fue para mí? Ella misma busca esos puentes, me pregunta; lo que ella hizo fue muy distinto de lo que hice yo, y creo que no lo compartimos para herirnos, sino que, por primera vez gracias a este libro, nos contamos nuestras historias, compartimos nuestras maternidades y entendemos lo distintas que fuimos, pero también los contextos sociales y culturales en los que cada una se convirtió en madre. Desde ese asombro —desde esa sorpresa genuina de descubrir nuestras diferencias— hay también un acto amoroso y de profundo respeto que yo no esperaba.
¿Hasta qué punto este libro cuestiona las narrativas tradicionales sobre la maternidad?
Algo que ya había hecho en La memoria donde ardía era, de alguna manera, ponerle dinamita al monumento a la madre, que en México es muy importante; yo pensaba: hay que bajarla de ahí, porque ninguna madre quiere ser de piedra ni estar en un altar. Creo que lo que más anhela una madre es no quedar aislada en ese lugar donde se le imponen funciones y expectativas. Por ejemplo, en el ámbito profesional, las mujeres que son madres suelen ser consideradas menos capaces, con menos oportunidades, bajo la idea de que priorizarán siempre a su familia. Se asume incluso que su capacidad intelectual disminuye. Hay muchos prejuicios y también mucha soledad en el tránsito hacia la maternidad. Para mí era fundamental mostrar todo eso, y en este libro con mayor razón, porque hablo en primera persona. No hay ficción en lo que cuento, ni en lo que mi madre comparte sobre su propia maternidad, ni en el dolor de perder un hijo.
Hablemos del duelo, de lo no dicho. La pérdida de una lengua es un primer duelo.
Exacto. Y es un duelo poco reconocido. Nadie admite haber impulsado políticas para eliminar lenguas originarias. La historia se cuenta de otra manera: como un avance hacia la modernidad, hacia un país ‘civilizado’, monolingüe. Pero en ese proceso se desprecia a las lenguas originarias y a quienes las hablan. Ser indígena se vuelve sinónimo de pobreza, de falta de oportunidades. En ese contexto, ¿cómo sentirse orgulloso de pertenecer a una cultura originaria? Es un duelo que debería ser colectivo, por lo que ya se ha perdido y por lo que aún puede perderse. Y en el libro ocurre algo que no esperaba: dialogan distintos duelos; el mío, el de mi madre por la pérdida de su hijo, el de haber perdido yo a mi hermano, profundamente amado; hubo momentos de choque, de dolor compartido, pero también necesarios. Compartir esas historias nos reconcilió con una vida que nos quitó tanto.
El libro sugiere que hay dolores que no pueden nombrarse.
Sí, como en el libro de Piedad Bonnett, Lo que no tiene nombre, que cito en Leche de silencio. Es un libro muy potente. Yo misma la invité a dialogar porque su obra es fundamental para pensar esto.
¿Cómo escribir lo indecible?
Solo pude hacerlo gracias a mi madre. Su mirada me sostuvo. Aquí no hay la protección de la ficción: nuestra red de protección fuimos nosotras mismas. Eso habla también de la importancia de ese vínculo, de esa capacidad de sostenerse desde el amor.
¿La literatura ha sido una forma de acompañar esos duelos?
Sí, sin duda. Pero no diría que escribo para sanar. La literatura que me interesa es la que confronta, la que duele, la que sacude. Y, al mismo tiempo, esa es la que nos da sentido para seguir viviendo y escribiendo.
Para este libro entrevistó a su madre.
Sí. Grabé nuestras conversaciones y luego trabajé con ese material. Pero hay una grabación que no he podido volver a escuchar: cuando me habla de la muerte de mi hermano. No es solo que no pueda; es que esa historia nunca debió ocurrir.
En ‘La noche será negra y blanca’ ya abordaba esa pérdida.
Sí, pero desde la ficción. Allí hay una sublimación. Creo que uno necesita cierta madurez emocional y literaria para poder contar una historia como la de Leche de silencio. Fue un libro que me enfrentó conmigo misma: ¿hasta dónde contar?, ¿hasta dónde preguntar? Quise dejar esas dudas visibles en el texto. La incertidumbre me parece un espacio más fértil para la literatura que la certeza.
¿Qué tipo de lector imaginaba?
No suelo pensar en un lector mientras escribo. Eso ocurre después. Y creo que este libro es para cualquiera que se pregunte por su madre, que tenga conversaciones pendientes con ella. Es decir, para casi todos.
Si tuviera que resumir el libro en una imagen, ¿cuál sería?
No podría resumirlo, pero sí invitar a mirar la portada como un umbral. Allí hay una declaración de intenciones: mostrar los rostros de quienes habitamos el libro. Todos miramos a la cámara, menos mi madre. Ese gesto —el rostro girado, los ojos cerrados— me conmueve profundamente. Es una invitación a que el lector busque su mirada a lo largo del libro.
¿Cómo fue la creación de la portada?
Yo la propuse. También propuse el glifo que aparece en el libro, cuyo significado explico desde la cultura náhuatl. Con un tipógrafo amigo lo convertimos en un signo que estructura los fragmentos del texto.
‘Leche de silencio’ en la Filbo 2026
Socorro Venegas y Piedad Bonnett conversarán el viernes primero de de mayo, a las 7 p. m., en el Gran Salón C de Corferias.
Pilar Bolívar Carreño- para EL TIEMPO
@lavidaentenis
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