El columnista más destacado de España, Manuel Vicent, ha convertido el articulismo en un género literario de alto vuelo desde la contratapa del diario El País, donde reina desde hace muchos años.
Testigo calificado del siglo XX, y en particular de los últimos 60 años de España, Vicent nació en 1936 en La Vilavella, un pueblito de Castellón (noreste del país), poco antes de que estallara la Guerra Civil. Cuando tenía apenas dos o tres meses, sus padres se instalaron en una casa junto a una playa, y él, arrullado por una niñera jovencita, sintió por primera vez la brisa que venía del Mediterráneo. Fue cuando el mar se le adhirió a la piel para siempre.
El 10 de marzo, cumple 90 años lleno de vida y en plena actividad, nutrido como siempre por la savia de su “memoria fermentada”. Además de sus columnas dominicales, ahora mismo se encuentra tecleando su próximo libro, una novela corta que la Editorial Alfaguara publicará en el primer trimestre de 2027. No puede revelar el tema todavía.
Analógico militante, sin WhatsApp y alérgico a las redes –“son el Anticristo”, dice–, Vicent mira y cuenta la vida como nadie desde esas 300 palabras sin punto y aparte a la derecha de la contraportada. Son las 300 palabras más leídas y compartidas del diario, y una gran mayoría de lectores de papel confiesa que comienza a leerlo por allí.
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Vicent ingresó a El País en 1981 y Juan Luis Cebrián, primer director y cabeza de la línea fundadora, le encomendó las crónicas parlamentarias. “Tú cuenta lo que ves”, le dijo, y esta premisa marcó el rumbo de su trayectoria. Así contó el mundo y la España de la transición, la Europa que crecía tras la caída del Muro de Berlín y se probaba el traje de la Unión Europea. Siempre con las mismas herramientas: el modo Vicent de mirar, un lapicero y una libreta, aunque su gran amigo Juan Cruz Ruiz, otro notable escritor y columnista español, asegura que jamás toma notas. Tampoco se documentaba antes de salir al ruedo para no desaprovechar el impacto de la primera impresión.
Un cálculo a vuelo de pájaro diría que lleva escritas alrededor de 4.000 columnas, muchas de las cuales están reunidas en libros como Lecturas con daiquiri, A favor del placer y Radical libre. Autor de quince novelas y ocho libros de memorias y artículos, dos veces Premio Alfaguara (Pascua y Naranjas y Son de mar), Premio Nadal (La balada de Caín) y muchos más. Su último libro de memorias, Una historia particular, es una obra cautivante, cálida y sensorial, donde transcurre su historia y la historia de España a través de recuerdos y detalles. Los aromas de la infancia, sus primeros libros, el perfume salobre del mar, la música, los carros, los perros…
¿Qué mira cuando mira?
Yo ya veo la vida como una columna. No tiene punto aparte, porque si no, se quiebra, se cae. Lo más complicado de una columna es convencerte de que eso que vas a escribir vale la pena escribirlo. Y llega un momento en que tienes que creerlo. Para todo en esta vida hay que ser profesional. Como decía Bogart, los individuos se diferencian entre profesionales y no profesionales. Poetas profesionales, no poetas de domingo o de lunes, o cuando estás inspirado. No, no. Profesional. Que cuando llegue la musa te encuentre sentado.
¿Cómo elige los temas?
Para mí, la columna perfecta es la que sintetiza todo lo que ha pasado en la semana, todo eso que ha quedado suspendido en el aire, narrarlo como algo cotidiano, incluso anodino, y en el último párrafo de la columna, dar un giro como quien vuelve un espejo. Y de pronto, todo eso que te parecía normal y cotidiano adquiere otra dimensión. Para mí, el éxito de una columna es que el lector se quede con la sensación de que ha pensado. Sin más profundidades, que yo no soy nada profundo. Soy profundamente superficial.
Sus escritos no lo parecen. Diría que tienen un trasfondo ético, espiritual.
Cuando han hecho trabajos sobre mi obra, no lo entiendo. Dicen cosas que a mí nunca se me han ocurrido ni las he pensado a la hora de escribir.
Usted dice que escribe y ya, pero en algo debe poner el acento.
En tener un eje. En la vida hay que tener un eje y todo lo que te pase tiene que ser alrededor de ese eje. No comprendo a esas personas que dan esos golpes de timón en su vida. ¿Cómo, si antes eras revolucionario, ahora eres antirrevolucionario?
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¿Cuál es su eje?
Mi eje es ser un demócrata y una persona honesta. No me planteo más ideologías.
Quiero volver a la dimensión espiritual de sus columnas… Usted escribe del cielo, del paraíso, habla con serenidad de la muerte…
También podemos decir dimensiones sensoriales o sensitivas, porque el espíritu es la confluencia de los sentidos. Los que tienen un desarrollo espiritual muy elevado tratan de unir varios sentidos corporales en un vértice. Si estás escuchando música y, a la vez, viendo un buen paisaje o viendo un cuadro de Monet, y tienes la capacidad de unir la sensación acústica de Bach con la pintura que estás viendo, y confluyen, es otra cosa… Ahora, si eres un místico que puede hacer converger en un vértice los cinco sentidos, eso es el éxtasis. Esos son los místicos. Pero tampoco se puede ir por la vida así… Hay que comer, vivir, pagar los impuestos. Aquello es para algunos momentos de la vida.
Su columna del 4 de enero invitaba a agradecer las cosas de todos los días, esas que no cuestan nada.
Y claro, lo mejor del mundo y de la vida es barato, si no, gratis. Ver la vida desde el lado placentero es un ejercicio ejemplar. La forma más moderna del proselitismo contra la violencia y la muerte. Despertarme y ver el sol ya es una alegría. Un día más.
Ver la vida desde el lado placentero es un ejercicio ejemplar. La forma más moderna del proselitismo contra la violencia y la muerte.
Manuel VicentColumnista español
Los que lo conocen dicen que tiene una especie de intuición para la felicidad, una mirada de esperanza.
Creo que eso viene de fábrica. Yo tengo sentido del humor. Valoro mucho la amistad, más que el amor. El amor es muy posesivo. La amistad es azul, maravillosa, siempre tiene un fondo de ayudas mutuas, como pasa en el mar. Un barco va en ayuda de otro que está en problemas. En la nevada, los camioneros se ayudan entre sí, no se entorpecen. Esa ayuda frente a la adversidad, esa solidaridad… y eso está en la amistad, pero también en el corazón de todo ser humano. Es el instinto de conservación. Yo he cultivado eso. Podría vivir en cualquier parte del mundo donde tuviera amigos y una tertulia para hablar.
Cuando habla y cuando escribe, usa la palabra ‘azul’ como adjetivo. ¿Por qué?
La palabra azul engloba lo bueno y lo malo de la vida, la fraternidad, la amistad, el mar, la libertad. Todo esto es azul. Y, por otra parte, la pena también es azul.
Hay mucha sensorialidad y sensualidad en su prosa.
Me gusta más que me digan sensual que lírico y místico. Lírico es como decir fino estilista, un insulto. No me gusta. Sensual, sí. A mí me gustan las palabras… no que sean bonitas, pero que sean sensuales. Que las palabras se cabalguen unas a otras, que sean rítmicas. Las palabras tienen un ritmo interior. En principio toda la prosa fue poética, y la poética fue cántico, y el cántico, baile y grito. El lenguaje es la forma del pensamiento. No puedes pensar sin imaginar las palabras… Bueno, son cosas de la vida.
Usted recorrió el mundo como cronista, ¿qué viaje le faltó hacer?
Eso de viajar ya lo he cerrado. Ya no me quiero subir a un avión. A lo sumo, un viaje corto en tren de ida y vuelta. Creo que lo que tenía que ver ya lo vi. Lo que tenía que saber ya lo sé. Me agobian las estaciones, los aeropuertos… Esos lugares no son para ir a ningún sitio, sino para huir de algún sitio.
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¿A qué le huyen?
¿La gente? ¡De sí misma! Si no se aguanta…
Mantiene muchas tertulias…
Sí, soy muy de eso. A eso hemos venido, a estar en una tertulia. Si tengo a alguien, un amigo, con quien hablar, tengo el día solucionado. Antes, por las tardes, caminaba. Y ahora, cuando vuelva la primavera, me verá caminando otra vez. La vejez no es más que ir retrocediendo hasta caer en la fosa. Vas retrocediendo y caes de espaldas en un acantilado.
Pero se le ve muy bien…
Lo peor de la vejez es que es demasiado larga. El postre en una sobremesa siempre es dulce… La vejez es un postre y tiene que ser dulce. Pero es demasiado larga, se lleva un tercio de la vida. Antes, la vejez era a los 65 años o 70.
Lo peor de la vejez es que es demasiado larga. El postre en una sobremesa siempre es dulce… La vejez es un postre y tiene que ser dulce. Pero es demasiado larga, se lleva un tercio de la vida
Manuel VicentColumnista español
¿Cómo era usted a los 70?
¡A los 70 yo saltaba charcos! Si hubiera muerte a los 70, yo feliz. Ahora mismo estoy entre las ganas de morir y el miedo a morir. Es una ecuación…
¿De verdad tiene ganas?
Si me dieran a elegir el cómo…
¿Cómo le gustaría?
Suave, en medio de la familia, sin dolor, y luego dormir. Bueno, pero estas barajas ya las conocemos todos. Así que, ¿para qué hablar de la muerte?
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A veces sirve para disfrutar más de lo que hay.
El tiempo es lo que te pasa. Si no te pasa nada, pasa muy rápido. Para que se alargue o se dilate, tienen que pasarte cosas. Ahora resbala… porque no te pasa nada. Entonces hay que procurar que te pasen cosas… cosas agradables.
¿Hay algo del otro lado?
El silencio. La oscuridad y el silencio. Como decía Samuel Beckett, la vida es un caos entre dos silencios. Ahora estamos bailando, pero venimos de un silencio y vamos hacia otro silencio. Yo no quiero que haya nada más, porque va a ser peor.
Ana D’Onofrio
Para La Nación (Argentina) – Madrid
















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