Una advertencia inicial: en esta serie rara vez aparecen políticos activos, pero hay excepciones inevitables. Daniel Briceño es una de ellas. No por el partido político en el que milita o por su manera de pensar, sino porque, en muy poco tiempo, pasó de ser un abogado joven que hacía denuncias desde redes sociales a convertirse en el congresista más votado del país con menos de 40 años. Y detrás de esa irrupción política hay una historia personal marcada por una ausencia, por una figura de abuelo decisiva, por una adolescencia desordenada, por una formación cristiana que lo marcó profundamente y por una convicción que hoy repite como bandera: a veces hay que saltar al vacío…
Daniel, cuando hablas de tu infancia, sueles volver a un episodio que, de alguna manera, marca toda tu historia. ¿Cuál es?
Yo nací el 2 de junio de 1991, pero me registraron hasta 1994. Eso pasó porque, como en muchísimas familias de este país, mi papá nunca apareció. Mi mamá guardó durante años la esperanza de que apareciera y por eso no me registraban. El apellido de él es Pacheco; yo debería ser Daniel Felipe Pacheco Briceño, pero soy Briceño Montes, porque tengo los dos apellidos de mi mamá. En 1994, mi abuelo fue el que dijo: “Ya no se puede esperar más”. Y ahí me registraron con los apellidos de mi mamá. Ese hecho marca mucho mi historia porque, desde ese momento, la figura paterna en mi vida fue él.
Si le preguntáramos a tu mamá cuál fue el momento más difícil de criarte, ¿qué crees que respondería?
Ja, ja. Yo creo que diría que fue la adolescencia, sobre todo entre sexto y octavo. Ahí tuve una crisis fuerte. Me echaron de tres colegios públicos. Ya en octavo me iban a sacar a mitad de año. Me escapaba del colegio, no iba a clases, me iba muy mal académicamente y no tenía un rumbo claro. Yo creo que ese fue el momento en que más problemas les causé a mi mamá y a mis abuelos.
Hablemos, si me permites, de la ausencia de tu papá. ¿En qué momento se vuelve una pregunta para ti?
La verdad, no fue una pregunta que naciera de mí con angustia o con dolor. No fue que un día me levantara diciendo “quiero saber dónde está mi papá”. Más bien vino por comentarios de la familia. Yo recuerdo que a veces él llamaba borracho a la casa y le decían que no apareciera más. Pero a mí nunca me hizo falta, y eso suena duro decirlo, pero es así. Lo que uno no conoce, no lo extraña. Yo nunca lo tuve y la figura de mi abuelo suplió completamente ese lugar. No lo conozco, no he tenido contacto con él y no me interesa. Puede aparecer, incluso creo que va a aparecer, pero no hay nada que hablar. Cualquier arrepentimiento a estas alturas sería sospechoso. Y además hay una cosa: uno no puede venir a reconstruir una historia cuando la historia ya la levantó otra gente. A mí me criaron mi mamá y mis abuelos. Ahí está mi historia real.
¿Cuándo aparece la política en tu vida?
Muy temprano. En mi casa siempre hubo cercanía con la política. Mi abuelo es pastor y a la iglesia iba Emel Rojas, con quien después trabajé. Yo crecí viéndolo en la casa, viéndolo hablar de elecciones, de candidaturas, de lo difícil que era llegar a cargos políticos, de cómo había que insistir una y otra vez. Mi abuelo, además, era muy apasionado por la política. Yo crecí viéndolo hablar de liberalismo, de conservatismo y luego del uribismo, como le pasó a mucha gente a comienzos de los 2000. Entonces, la política para mí nunca fue un mundo extraño. Siempre estuvo rondando la casa, las conversaciones, el comedor.
Pero una cosa es verla de cerca y otra sentir que eso puede ser para uno. ¿Cuándo te pasa eso?
En décimo y once. Yo estudiaba en la Alianza Educativa, un colegio en concesión donde había un énfasis fuerte en temas políticos. Ahí empecé a entender que no solo me interesaba mirar la política, sino pensarla, discutirla, imaginarme en ese mundo. Me empezó a gustar el debate, la idea de lo público, la discusión sobre el Estado, sobre cómo se toman decisiones. Y eso se fue volviendo una vocación.
¿Cómo logras llegar a la universidad?
No había plata para pagarla. Pero ahí aparece una historia completamente insólita, muy colombiana además. Mi abuelo tenía pensión. Un día se le perdió la cédula. Una habitante de calle la recogió, la guardó y esa persona apareció muerta con la cédula en el bolsillo. Entonces, en el Estado registraron a mi abuelo como muerto. Le suspendieron la pensión, no podía sacar créditos, no podía hacer nada. Duró siete años tratando de demostrar que estaba vivo. Siete años diciéndole al Estado: “Yo estoy aquí, no estoy muerto”. Y justo cuando iba a entrar a la universidad, llegó la indemnización de todo ese tiempo. Ahí, mi abuelo me preguntó qué quería estudiar. Yo realmente quería estudiar Ciencia Política en los Andes, pero una prima me convenció de estudiar Derecho en el Externado y terminé yéndome por ahí.
















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