Desde hace tiempo el mes de abril en Washington se caracteriza por varias particularidades. La más conocida es el florecimiento de los cerezos que circundan varios de los monumentos más emblemáticos de la ciudad, un espectáculo que ocurre cuando termina el invierno y las temperaturas empiezan a subir.
Sin embargo, por cuenta del calentamiento global el acontecimiento sucede ahora más temprano. Por ejemplo, este año el fenómeno natural que engalana a la capital estadounidense tuvo lugar a finales de marzo.
Aunque mucho menos vistoso, otro hecho destacado son las reuniones de primavera del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial, que convocan a los banqueros centrales y ministros de hacienda que los 191 países que componen dichas instituciones. La cita llegó a ser descrita como una cumbre de las finanzas globales en la que, además de examinar el estado de la economía, también se desarrollaban contactos y se cerraban negocios.
Pero ese tampoco fue el caso, al menos en 2026. Quienes llevan tiempo asistiendo al encuentro —que comenzó esta semana y formalmente culmina hoy— hablan de un público mucho menos numeroso que en el pasado. El libreto ha sido el mismo de siempre y los escenarios atraen gente, incluyendo a funcionarios de alto nivel, pero el contraste con lo que era usual salta a la vista.
Dos factores explican la que podría describirse como una relativa apatía. Muchos prefieren mantener distancia del lugar desde donde opera la administración de Donald Trump, como pasa con sus aliados de siempre, ahora maltratados. Europeos y canadienses, por ejemplo, enviaron delegaciones más pequeñas que cuando los sentimientos fraternales eran la norma a ambos lados del Atlántico.
Lo otro es que hay una guerra en marcha en el Medio Oriente, que no solo hace más accidentado viajar desde distintas latitudes por razones de seguridad, sino que se traduce en afectaciones a la hora de tomar un vuelo. Por ejemplo, en Asia cientos de frecuencias han sido canceladas porque los inventarios de combustible de aviación han disminuido, sin que todavía sea claro cómo se van a reponer.
Las posibilidades
Además, no siempre es atractivo desplazarse miles de kilómetros para escuchar malas noticias. Porque el mensaje central proveniente de los expertos es que la crisis que comenzó con el bombardeo a Irán a finales de febrero ya deja afectaciones serias, que podrán ser más o menos graves en la medida en que las rutas de suministro de hidrocarburos hoy cerradas se puedan reabrir y comience la reparación de las instalaciones dañadas.
Pero nada de eso está asegurado, así haya negociaciones en marcha y promesas de que se ve luz al final del túnel. Por ello el Fondo Monetario presentó tres escenarios que muestran cómo las cosas pueden ir desde lo malo hasta lo peor.
El caso base —o de referencia— es el de un conflicto de corta duración que elevaría los precios de los insumos energéticos durante unos meses, los cuales comenzarían a bajar a continuación. De ser así, el crecimiento económico mundial que antes de las hostilidades parecía encaminado a ser del 3,4 por ciento anual se ubicaría en 3,1 por ciento.
No obstante, si las partes en disputa no se ponen de acuerdo pronto y el petróleo sigue bordeando los 100 dólares el barril en el segundo semestre, las secuelas serían más profundas. Una gasolina más cara no solo hará más difícil la economía familiar de miles de millones, sino que elevará los costos de transporte y ocasionará un rebrote inflacionario significativo.
Y el peor escenario apunta a que el próximo año el abastecimiento de gas, crudo y derivados no se habrá normalizado. Los esfuerzos de las autoridades para poner los precios en cintura incluirán tasas de interés más altas que a su vez influirán negativamente sobre el consumo y la inversión. Bajo dicha lectura, el producto interno bruto global apenas aumentaría en dos por ciento y la carestía volverá a ser un dolor de cabeza.
Tales previsiones hicieron que en Washington se dijera una y otra vez que la amenaza actual es la más grave para la economía mundial desde el surgimiento de la pandemia. Es verdad que en febrero de 2022 la invasión de Rusia a Ucrania trajo muchos problemas, porque afectó el despacho de mercancías por el mar Negro y tanto el valor de los combustibles como el de algunos alimentos se dispararon, pero esa emergencia se pudo desactivar así las hostilidades militares persistan.
Según explicó el martes el economista Pierre-Olivier Gourinchas, del FMI, la situación actual se asemeja a la descrita en los libros de texto. Hay un choque de oferta repentino que ocasiona una reacción en cadena, primero a través de un salto en las cotizaciones de bienes esenciales; después, un trastorno en el abastecimiento; acto seguido, un alza en la inflación, y al final, una disminución del poder de compra de los ciudadanos.
Dichos efectos corren el riesgo de amplificarse en la medida en que empresas y trabajadores tratan de recuperar sus pérdidas, lo cual eventualmente se traduce en una espiral de alzas, sobre todo en aquellos lugares en donde las expectativas respecto a la efectividad de la política monetaria son bajas. Puesto de otra manera, si existe la percepción de que no hay voluntad para ponerles un tatequieto a los reajustes, cada cual se defiende como puede.
Una repercusión adicional se extendería a los mercados financieros. La impresión de que subirán los intereses y el apetito por el crédito será menor llevaría a que la valoración de diversos activos se altere. Ante la incertidumbre, los inversionistas buscarían refugios más seguros, lo que se expresaría en fugas de capitales y un potencial fortalecimiento del dólar mediante una tasa de cambio más elevada, con lo cual sufriría la demanda agregada.
Giraría así un círculo vicioso que no tiene nada de deseable en un planeta altamente endeudado. Según el Fondo, las acreencias de los países, que el año pasado llegaron al equivalente del 95 por ciento del PIB global, llegarán al 100 por ciento en 2029.
Mientras las advertencias y las nubes de tormenta se acumulan en el horizonte, el ambiente para la cooperación internacional es el menos propicio en décadas. La política de la Casa Blanca, de antagonizar con sus aliados y querer aplicar la ley del más fuerte, lleva a que el espacio para el multilateralismo se haya reducido.
Todavía quedan instrumentos en las entidades multilaterales, pero alguien describió la coyuntura como la de un buzo que se ve obligado a atravesar una zona marina complicada con poco oxígeno en el tanque. Puede ser que logre salir al otro lado, pero pasará trabajos y no podrá retornar al punto de partida.
Historias opuestas
Hecha la advertencia general, es importante subrayar que hay grupos de países distintos y que unos pocos podrían beneficiarse con la debacle actual. Sobre el papel, los productores de hidrocarburos saldrán ganando porque recibirán mucho más por lo que vendan.
Tan solo en lo que corresponde al petróleo el consumo mundial es de unos 104 millones de barriles al día. Cuando se comparan las perspectivas de hace unos meses, que hablaban de un crudo en cercanía de los 60 dólares el barril, y se hace una simple regla de tres frente a las cotizaciones más recientes, el ingreso extraordinario conjunto superaría los 1.200 millones de dólares mensuales para los que cuentan con recursos en el subsuelo.
Pero las cuentas son mucho más complicadas, pues los valores negociados dependen de la geografía, de la calidad del crudo que se transe o del transporte. Lo mismo pasa con el gas natural o los derivados.
Para no entrar en casos puntuales, lo importante es que, fuera de las naciones que han sido objeto de ataques armados en el Medio Oriente y cuya capacidad exportadora acabó viéndose restringida, Asia apunta a ser la zona más golpeada de todas. Aparte de que está obligada a asumir una factura mucho más onerosa, hay lugares que enfrentan escasez, para no hablar de otros coletazos. Por ejemplo, las remesas que filipinos o paquistaníes, que trabajan en el área de los Emiratos Árabes, envían a sus lugares de origen han caído porque muchos se han quedado sin trabajo.
En menor grado, entre los perdedores aparece Europa que importa buena parte de sus necesidades. África se reparte entre aquellos que le venden al resto del mundo, los que vivirán una bonanza y los que deben hacer sacrificios. A su vez, Estados Unidos y Canadá acabarán ganando, aunque al ciudadano del común le dolerá más el bolsillo y a lo mejor reducirá su consumo de otros bienes y servicios.
Respecto a América Latina, el balance es parecido. Como escribió Nigel Chalk, del FMI: “Dada la diversidad de las economías de la región, los efectos de este cambiante entorno mundial variarán considerablemente de un país a otro”. Así, Argentina, Brasil, Ecuador, Trinidad y Tobago o Venezuela deberían recibir más por sus exportaciones.
Colombia también se encuentra dentro de ese grupo. Aparte de que su producción es ligeramente inferior a los 750.000 barriles diarios, de los cuales cerca de una tercera parte se despacha al exterior, las finanzas de Ecopetrol deberían verse fortalecidas gracias a la operación que tiene en la cuenca pérmica, en territorio estadounidense. Esa lectura explica, parcialmente, el comportamiento de la tasa de cambio que la semana pasada alcanzó a ubicarse por debajo de los 3.600 pesos por dólar.
Menos evidente es que la cuenta del gas, que hay que traer de otros lugares, tenderá a aumentar, al menos hasta el resto de la década. Desarrollar los yacimientos identificados en aguas profundas del Caribe y hablar del polémico fracking —como ya lo hacen los mexicanos— suena como un imperativo.
Hacer las cuentas de la lechera es, en todo caso, cuestionable para quienes cuentan con muchos hidrocarburos. La volatilidad de los precios es más la norma que la excepción en las actuales circunstancias.
El motivo es que las más diversas alternativas son factibles. Si bien el viernes el optimismo volvió con fuerza tras la noticia de que se había alcanzado un acuerdo que permitiría mantener abierto el paso por el estrecho de Ormuz, la experiencia de los días previos sugiere que es mejor mantener la cautela.
Incluso en el mejor de los escenarios, creer que la emergencia se superó y todo volverá a ser como antes sería un error. Fuera de que habrá que esperar meses antes de que se recuperen los niveles de producción previos a las primeras explosiones, quizás la principal lección que deja este choque sea que garantizar la seguridad energética requiere ser una prioridad, para quienes tienen cómo hacerlo.
Desde el punto de vista geoestratégico, lo previsible es desarrollar otras fuentes de suministro para depender menos de lo que pase en el golfo Pérsico. Ello podría traducirse en inversiones en otras geografías como la latinoamericana, en donde los hallazgos recientes y las reservas de crudo venezolanas se vuelven todavía más atractivas.Sobra decir que Colombia merece estar en ese mapa. Así Gustavo Petro sueñe con que el uso de combustibles fósiles desaparecerá pronto, salvando así a la humanidad de la extinción, la realidad indica otra cosa.
A lo largo de las décadas que vienen, el petróleo y el gas seguirán siendo claves en cualquier estrategia de desarrollo, sin desconocer que su peso en la matriz energética tenderá a disminuir con el tiempo. Pero hasta que no llegue el día en que existan otras opciones competitivas y confiables, habrá que preservar la soberanía en esta materia.De lo contrario, pasaremos del grupo de ganadores potenciales que identifica hoy el Fondo Monetario Internacional al de los perdedores. Todo por cuenta de ignorar que los hidrocarburos más costosos, en este mundo sujeto a tantos altibajos, son los que no se tienen.
RICARDO ÁVILA PINTO
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
















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