“Cuando entendí y consentí mi sexualidad, me sentí traicionado por mis propias creencias, al saber que la Iglesia católica señalaba la homosexualidad como pecado. No comprendía por qué se asociaba lo sexual con lo dogmático. Pensé: si yo nací así, entonces Dios hizo de mí un ser erróneo. Ahí empecé a dar mi batalla”.
El testimonio es de David Felipe Escobar, joven artista plástico bogotano, educado en Nueva York, hijo de una trabajadora social fervientemente católica y de un médico ateo de la Universidad Nacional, ligado a la sentencia marxista de ‘la religión como opio del pueblo’, en los 80.
La gran paradoja es que la Iglesia católica ha condenado la homosexualidad desde mucho antes de la Santa Inquisición, pero, sin generalizar, ha resguardado bajo las sotanas su propia homosexualidad, y a lo largo de la historia ha tolerado y silenciado perversiones criminales como la pedofilia.
Pese a sus dudas y contraposiciones con el catolicismo, David Felipe Escobar retomó su fe cristiana luego de sesudas conversaciones con teólogos —algunos no binarios—, pero más significativo aún, por el arte como fuente y estímulo de creación: de lo tangible, a las complejidades metafísicas de lo sobrenatural. También estudió a los místicos de la cábala y la Torá y practica yoga; de hecho, parece un monje budista, o si se quiere, un “ángel rebelde”.
Como diseñador de modas, Escobar, en Nueva York, tuvo la fortuna de ser asistente de Camilla Nickerson, directora de estilo de Vogue. Trabajó un tiempo con ella, hasta que reparó en que, por encima de lo bien que le estaba yendo, el glamur definitivamente no era lo suyo, y se decidió por las artes.
“Terminé estudiando Cine e Historia del Arte. Para mí la imagen es la gran protagonista de mi discurso creativo, y me he concentrado en su exploración y construcción”, suscribe David Felipe, también autor de una novela y un poemario, ambos escritos en inglés.
Por estos días, Escobar, de 33 años, ha dividido opiniones por su exposición performática ‘Entonces llamó a un arcángel’, recién inaugurada en la Iglesia Museo de Santa Clara de Bogotá, donde el artista irrumpe por primera vez con una estética queer, plasmada en una serie de arcángeles reales, desnudos, de cuerpos y rostros apolíneos, algunos dotados de voluptuosos senos, otros con cuernos, como sátiros de la mitología griega, pintados al óleo en tonos pastel sobre sedas de gran formato.
Arcángeles andróginos y cuerpos intervenidos hacen parte de la propuesta de David Felipe Escobar. Foto:Ricardo Rondón
Una síntesis de Ana María Torres, curadora de la muestra, explica que Escobar establece un diálogo entre el patrimonio cultural del museo y la obra de un artista contemporáneo interesado en pensar el cuerpo, la espiritualidad y la disidencia.
Los arcángeles, representados como seres andróginos, habitan zonas de indeterminación que hoy permiten establecer relaciones con identidades no binarias y disidentes.
Así, la exposición no impone una lectura sobre el pasado, sino que rebela tensiones y posibilidades que ya estaban inscritas en las imágenes y en la historia del lugar, y sugiere una espiritualidad abierta, capaz de acoger cuerpos e identidades históricamente excluidos.
De ayer a hoy
Si la propuesta artística de Escobar se hubiera producido hace 60 años en el claustro de Santa Clara, habría desencadenado la ira y condena de la jerarquía católica, como sucedió en su tiempo con la obra irreverente de la pintora antioqueña Débora Arango. A propósito, una parte de sus óleos acaba de ser expuesta, en este mismo recinto, antes de la muestra de Escobar.
Recordar que, en 1564, tras el Concilio de Trento, el papa Pío IV ordenó al artista Danielle Davolterra cubrir con velos a las más de 300 figuras desnudas del Juicio final, en la capilla Sixtina, obra cimera del arte renacentista, con la rúbrica de Miguel Ángel.
Buonarroti, llamado el Divino, que fue genio pero no santo, se vengó de Biagio da Cesena, maestro de ceremonias de la Sixtina, quien calificó la obra de obscena y pecaminosa. El Divino, con humor corrosivo, lo pintó como Minos, juez del averno, con orejas de burro y una serpiente mordiéndole los genitales.
La exposición se llama ‘Entonces llamó a un Arcángel’. Foto:Ricardo Rondón
‘Entonces llamó a un arcángel’, explica David Felipe Escobar, está inspirado en el Romance 8 del poema de San Juan de la Cruz, sobre el Verbo hecho carne como metáfora teológica de la creación, y de la tradición religiosa de las potestades lumínicas del catolicismo.
El artista, desde una línea conceptual, con un parteaguas entre lo barroco y lo real, fue construyendo una performance de acercamiento entre lo masculino y lo femenino de los arcángeles, con una mirada poética y política, y un equilibrio de género, a su imagen y semejanza.
El recorrido de la puesta en escena se inicia con tres de los siete arcángeles canónicos: san Miguel, el protector; san Rafael, el sanador, y san Gabriel, el mensajero, que él pidió bajar del presbiterio del templo —conocido como coro masculino—, para trasladarlos a la parte baja del coro femenino con el fin de que el público privilegie su cercanía.
En otro espacio, la tríada de arcángeles está plasmada en sedas, al óleo, con la interpretación de Escobar: Gabriel, con alas y senos, el sexo descubierto, y una rama de olivo en la mano derecha. Miguel no lleva alas pero sí cuernos, y porta una cruz; mientras un alado Rafael, en el agua, con un báculo y un pez, exhibe sus posaderas. Cada puesta en escena está decorada con espigas de trigo, símbolo de la abundancia. En la mitad de la nave, el artista levantó con las mismas sedas de sus pinturas, un escenario al que nombró ‘Una nueva Iglesia, “como recinto sagrado del amor”. Este espacio liminal contiene un rumor alegórico a la epístola de Juan en el capítulo 4 del Nuevo Testamento, sobre el discernimiento espiritual, que conduce a la escena del presbiterio. Allí se vislumbran tres arcángeles apócrifos: una representación de Escobar inspirada en la colección de la Iglesia Museo de Santa Clara, con la mirada incidental de género que le imprime el artista: Uriel, con una llama, en su misión de llevar las almas del purgatorio al cielo; Jehudiel, de piel rosada y con bastón estrella, representa esfuerzo y sabiduría, y el ángel custodio, o ángel de la guarda, con cuernos y mariposas, acompañado de un excitado suplicante arrodillado a sus pies.
Corto angelical
La exposición tiene por apéndice el cortometraje Incendio, escrito, dirigido y filmado por Escobar, inspirado en escritos de Santa Teresa de Ávila y de San Juan de La Cruz, que nació en una residencia que el artista cursó en Buenos Aires.
En el corto, Escobar ofrece, con la interpretación de dos danzantes, una resignificación lírica del despertar sexual, la pasión, el deseo, la culpa; un combate entre el cuerpo y el alma; la cruz en llamas como elemento purificador, y una fuente de leche como nutriente universal de la vida.
Los arcángeles de Escobar, para su concepción, fueron elegidos, previo casting, de un grupo de jóvenes citadinos “de distintas masculinidades, chicos cisgénero, no binarios, transgénero: bartenders, bailarines, artistas de performance, modelos de cuerpos estéticos y formas muy bien elaboradas, pero con una impronta sensible y espiritual”.
Al final del recorrido le pregunto al artista por sus mayores influencias en el arte religioso: “Tiziano me mueve muchísimo por su nitidez y el uso del color. Es de un barroquismo tirando a rococó. Y Caravaggio, por la rudeza de sus formas anatómicas, y por sus representaciones”.
—Para rematar, David Felipe, ¿cuál viene a ser su gran pecado?
—Peco por hedonista de todo tipo, a veces con desmesura…
—La lujuria, ¿por ejemplo?
—Déjalo de ese tamaño.
RICARDO RONDÓN
Especial para EL TIEMPO
@BogotáET
















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