Piedad Bonnett es una persona excepcional, a quien le pasan cosas excepcionales. Gracias a su talento y a un trabajo incansable se ha convertido en una de las escritoras más importantes de habla hispana en la actualidad, de lo que dan fe varios reconocimientos internacionales, entre los que sobresale el Premio Reina Sofía que recibió hace unos años.
Pero en su caso el talento literario no venía solo: desde niña dibujó con juicio y destreza, y cuando llegó a la adolescencia enfrentó un dilema entre estudiar Bellas Artes y letras. Aunque hizo bien al escoger el segundo camino, en un momento de su vida decidió volver a dibujar los objetos que conformaban su cotidianidad, logrando extraerles su esencia y de paso ser un poco más feliz.
Hace poco su editora encontró uno de los cuadernos donde estaban esos dibujos, y le propuso que sacaran un libro con una recopilación de ellos, acompañados de breves poemas en los que Piedad sintetiza el alma de esos objetos. Así nació La voz de las cosas un libro maravilloso en el que los dibujos y las palabras son poesía, y que está presentando por estos días en la Feria del Libro de Bogotá.
Pero la excepcionalidad de Piedad también trae cosas tristes, como la muerte de su hijo Daniel, quien se suicidó antes de cumplir los treinta años tras padecer una dolencia mental. Piedad hizo su propio proceso, reflexionó sobre la vida y la muerte, y escribió Lo que no tiene nombre, un libro a la vez magnifico y desgarrador con el que encaró una experiencia tan incomprensible como esa.
Así son las vidas excepcionales como las de Piedad: algunas veces traen cosas maravillosas, otras veces traen cosas tristes, y en ocasiones incluso llegan a convertir las cosas más deseables de la vida, como la comida, en algo asqueroso.
Piedad Bonnett nos cuenta a continuación cómo empezó a sufrir hace poco una enfermedad extrañísima, que hace que casi todo lo que come le sepa mal, y cómo hace para vivir de manera medianamente normal mientras confía en llegar a ser una de aquellas pocas personas que logra regresar de ese limbo denominado parosmia.
¿Qué ha pasado en los últimos meses en su vida?
Han pasado cosas importantes. Murió mi mamá y ha habido muchos cambios. Pero hay uno que me atormenta especialmente: tengo una enfermedad pos-Ccovid que se llama parosmia. Consiste en una distorsión de la percepción del olfato y el gusto. No puedo comer cerca del 80 por ciento de los alimentos porque me saben horrible. Eso cambió completamente mi vida.
¿Hace cuánto arrancó la parosmia?
Empezó en agosto de 2024. Lo recuerdo porque me dio Covid, después de haberme cuidado locamente durante la pandemia. Estaba haciéndome terapias respiratorias cuando me llegó la extraordinaria noticia del Premio Reina Sofía. Por eso tengo clarísimo cuándo fue. Después, cuando averigüé que esto podía ser una secuela del Covid, empecé a llevar un diario con las fechas exactas.
Piedad Bonnett ganó el XXXIII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. EFE/ Blanca Millez.. Foto:Blanca Millez
¿Cuál fue la primera evidencia de que algo le estaba pasando?
Le tengo mucho miedo a los premios. Con frecuencia, la vida le recuerda a uno que es dulce y agria al mismo tiempo. Mi hijo Daniel se mató dos días después de que gané el Premio Casa de América de Poesía Americana. La parosmia apareció una mañana, por los días en que me anunciaron el Reina Sofia, leyendo el periódico en la cama con mi marido, cuando empecé a sentir un olor tan horrible que pensé que se había quemado algo o que había un animal muerto en la casa. Pasaron varios días, hasta que en la casa de una amiga volví a oler lo mismo, y poco después, al probar un huevo, me supo tan horrible que tuve que escupirlo. Entonces llegué a una conclusión: “la del problema soy yo”.
Cuando apareció el mal sabor, ¿relacionó de inmediato lo que pasaba con el olfato y lo que pasaba con el gusto?
Ya había buscado en internet lo del olfato y lo había relacionado con el Covid, pero cuando apareció el gusto tuve una sensación de pánico. Esa noche llamé a mi hija y lloré, yo que no soy llorona. También le escribí a mi neumólogo, y ahí empezó mi pesquisa en serio.
¿Cómo fue ese proceso de averiguar qué le pasaba y, al mismo tiempo, sufrirlo?
El día que escupí el huevo asqueroso todo se desató. Descubrí que no podía tomar café, ni sopa, ni comer casi nada cocinado de ciertas maneras. La dieta se restringió al máximo.
Usted habla de un 80 por ciento de alimentos que no tolera. ¿Hay un denominador común?
El 20 por ciento que tolero son alimentos muy simples, pero no todos. El arroz no me sabe bien, pero la miga de pan sí. La corteza del pan no me sabe bien, porque está tostada y no resisto nada que haya pasado por el horno. Tampoco puedo comer nada con preservativos ni procesado industrialmente. Puedo comer algunos quesos blancos y mi alimento por excelencia ha terminado siendo el sushi: pescado crudo, que no sabe a casi nada, y arroz con vinagre. Entre las cosas que no tolero hay sabores a podrido, a llanta quemada, a basura, a cítricos putrefactos, y otros como a viejo.
¿Cuánto tiempo pasó hasta llegar a un médico que le diera una orientación?
El hallazgo fue mío. Me metí a internet y puse “olor fantasma”. Apareció que existía algo así, pero también hablaban de alucinaciones, y pensé que podía tener una cuestión mental. Después llegué al nombre parosmia. Busqué entonces el libro de Oliver Sacks, ‘Alucinaciones’. Él murió antes del Covid, pero hablaba de experiencias extrañísimas, entre ellas una mujer que no resistía el olor ni el sabor del café. Cuando supe que era una enfermedad acudí al neumólogo, al otorrino, al neurólogo, y nadie sabía nada. Mi neumólogo me dijo que eso se me iba a quitar en ocho días, y ya llevo año y medio y nada…
¿Cómo supo que se trataba de un problema neuronal?
Mi neumólogo me ayudó. Empezamos a investigar hasta que llegamos a la idea de una desconfiguración neuronal. Tras la afección del Covid el cerebro quedó en estado de alerta y manda señales equivocadas: “esto está podrido” o “hay un incendio”
Tras año y medio de soportar la dolencia, ¿cómo vive cotidianamente esa realidad?
De una forma durísima. Yo siempre amé la comida y todo lo que me gustaba ya no lo puedo comer. Eso tiene efectos nutricionales. Al principio pensé que se me iba a pasar rápido, pero cuando vi que llevaba dos meses comiendo de una manera aterradora, me hicieron exámenes y estaba desbalanceada. Entonces pensé: “me puedo morir de esto”. He intentado compensar, pero incluso abrir el cajón de los remedios me trae una oleada terrible de olor.
Más allá de lo médico, ¿cómo se siente un cambio tan drástico, cuando desaparece uno de los grandes placeres de la vida?
El primer mes fue de alerta. Tuve un viaje muy largo y no podía comer casi nada. Cuando regresé entré en una especie de depresión. Fueron tres o cuatro meses muy malos. Cuando supe que esto podía durar dos años o más, y que el 65 por ciento de la gente se cura y el resto no, entré en desesperanza. Fui donde el psicólogo que me había ayudado con unos ataques de pánico y me sugirió que aprovechara esta experiencia para cultivar mi curiosidad. Esa frase cuajó en una idea: voy a escribir un libro. Para muchos escritores, escribir sobre la enfermedad salva.
Usted habla de una estadística: 65 por ciento de quienes sufren parosmia se recuperan y 35 por ciento no. ¿Cuál es su panorama hoy?
Voy de la esperanza a la desesperanza. A veces me he acostado casi sin comer, y eso afecta mi ánimo. Pero no pierdo la ilusión. Conozco solamente a cuatro personas que han pasado por esto. Una no podía salir de la casa porque el mundo la agredía con olores y sabores, pero se le pasó al año y medio. También conocí a Natalia, una mujer joven que tuvo parosmia y lloramos al llegar a la conclusión de que nadie nos entendía. Claro que ella ya está dejando atrás la enfermedad y para mí es una luz de esperanza.
Esa sensación de que nadie entiende y de que la vida pierde uno de sus grandes placeres, ¿qué produce?
Primero me pregunté por qué a mí. Escribiendo el libro descubrí algo muy doloroso e iluminador. Daniel tenía una enfermedad que consistía también en una distorsión de la percepción, aunque en una escala mucho mayor: la esquizofrenia. Cuando escribí “distorsión de la percepción, pero en los olores”, pensé: aquí hay algo genético. El Covid detonó algo circunstancial, pero quizá había una vulnerabilidad de fondo.
¿Ha logrado asumirlo?
He optado por la comparación. He leído, por ejemplo, el libro de Hanif Kureishi, A pedazos, sobre el accidente que lo dejó tetrapléjico. Lo leo con su humor, su dolor profundo y su amor por la vida. También he aprendido que la gente no entiende lo que no ha experimentado. Me dicen que me hipnotice, que estoy sugestionada, que tal vez es psicológico. Alguien me dijo incluso que parecía un castigo, porque sabe que me gusta la comida. Hay un juicio moral alrededor de la comida: si a usted le gusta demasiado, algo malo le pasa y es culpa suya.
En este momento lleva año y medio de un proceso que podría durar más tiempo. ¿Cómo va el ánimo día a día?
No es una progresión lineal. Tengo estímulos maravillosos: esta entrevista, la escritura, el cariño de mis lectores, mis amigos y mi familia. También he aprendido ciencia y he leído sobre los estoicos, la aceptación y el deseo. Ha sido un viaje de reflexión.
Si ese libro que está escribiendo tuviera un epílogo sobre la Piedad de antes y la de después, ¿qué quedaría de esta experiencia?
Quedaría la conciencia de que nadie está exento de nada. Ya lo había aprendido con Daniel, pero esto lo vuelve a recordar. También queda la conciencia de que hay sufrimientos infinitamente peores que el mío. Esta es una pequeña vicisitud diaria que tengo que enfrentar. No la puedo enfrentar con amargura ni con rabia, porque ¿contra quién? Si no me destruí con diez años de enfermedad de Daniel y con su suicidio, ¿cómo me voy a dejar destruir por una parosmia?
*Esta entrevista ha sido editada por cuestiones de extensión y claridad. Puede ver la entrevista completa en la página web de El Tiempo o en nuestras redes sociales.
















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