Una de las preguntas que podemos hacernos frente al estreno de la nueva serie de antologías de Ryan Murphy en Disney+, Love Story: John Kennedy Jr. & Carolyn Bessette, es cuánto de ese mundo allí representado resulta una fantasía. Y la pregunta no se refiere a que Murphy haya elegido ofrecer una versión edulcorada del romance y matrimonio del ‘príncipe sin corona’ de EE. UU. y la ejecutiva de relaciones públicas de Calvin Klein, sino a cuánto de aquel concepto de celebridad, de aquella combinación entre el espectáculo y la política, y de ese retrato de la urbanidad, del sentido institucional de las personas públicas y del peso de un legado trágico sobre el apellido Kennedy, queda anacrónico en un mundo como el nuestro.
Y evidentemente algo de eso definió el punto de partida de la primera temporada de la serie –inspirada en la biografía de Elizabeth Beller, Once Upon a Time: The Captivating Life of Carolyn Bessette-Kennedy–, sobre todo porque altera gran parte del universo conocido de Ryan Murphy.
Love Story se terminará de emitir el 26 de marzo en Disney+. Foto:FX
Murphy (Glee, American Horror Story, Pose) es un creador que se ha distinguido por el kitsch y la hipérbole en la estética de sus ficciones, por narrativas novelescas y arrebatadas, por un concepto de hibridación constante de géneros y por interpretaciones de corte melodramático. Nada de eso ocurre en Love Story. Murphy –a través de su showrunner, Connor Hines–, ha elegido un abordaje sobrio, sin destellos de histrionismo en la puesta en escena, interpretaciones discretas y un registro contenido.
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Pudiendo filmar la vida de los Kennedy como un circo sobre la fama y la tragedia, los escándalos y las maldiciones, decidió explorar la relación Kennedy-Bessette en el contrapunto entre la exposición pública y la intimidad, examinar el peso del legado y la herencia en clave introspectiva, y sobre todo pensar a esas personas que vivieron y murieron bajo el escrutinio mediático como seres de carne y hueso, honorables a veces, a menudo falibles.
El revés
El trágico día de la muerte de John F. Kennedy Jr. (interpretado por Paul Anthony Kelly) y su esposa, Carolyn Bessette (Sarah Pidgeon), es el inicio de la historia. Una llegada tarde, una pelea por un viaje apresurado, las presiones familiares, y el avión que se pierde en el horizonte. Todos sabemos lo que vino después.
En esa trampa de la circularidad contemporánea en la que siempre se empieza por el final para enganchar al espectador y volver para atrás, el primer episodio nos muestra a John y Carolyn en las vísperas de su encuentro. Ella, trabajando para Calvin Klein (Alessandro Nivola), lidiando con la envidia de su jefa, un romance casual con un modelo, demostrando su valía y audacia ante el célebre modisto. Él, en el naufragio de sus expectativas académicas y laborales, sus amores conflictivos con Daryl Hannah, su gusto por el deporte, la bicicleta y la vida citadina en Manhattan.
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El punto de encuentro es un evento de caridad, el flechazo, el beso de despedida y la promesa de continuidad. Todo se asemeja a una telenovela fina y algo formal, casi como una versión de streaming de las óperas de la televisión de los 90, década que ofrece el entorno perfecto para la relación. Y allí hay otra idea clave en la serie: el retrato de una época en la que mucho de lo que conocemos hoy estaba en ciernes, desde la espectacularización de la política hasta la preocupación por la corrección política en presencia de los paparazis y sus clics.
El expresidente John F. Kennedy, junto a su esposa ‘Jackie’ y su hija Caroline. Foto:Archivo EL TIEMPO
En esa dinámica de seducción entre los futuros amantes, la serie se preocupa por definir a sus protagonistas. John John (apodo de JFK Jr.) es el chico con infancia trágica y sometido al constante escrutinio de la mirada pública, que no parece encontrar su destino. Su contrapunto es su hermana Caroline (Grace Gummer), casada y estable, también atrapada en ese rol de chica responsable y formal, ambos llamados siempre a la mesa familiar en la que Jackie Kennedy-Onassis (Naomi Watts) dirige la función.
En todas y cada una de las escenas de conversación o discusión familiar, la serie privilegia su abordaje humano. Los Kennedy resultan hoy, incluso más que en la época en la que estuvieron en el centro del morbo de lectores y espectadores del mundo, un vestigio de un mundo perdido. Esa mística que el apellido ostentaba en los 90 encarnaba una forma de pensar el siglo XX, vinculada a la conciencia de sentirse referentes de eso que delineamos como el entramado público de una sociedad.
“A la edad de 33 años mi padre era padre, era un autor publicado con éxito, un congresista y un héroe de guerra. ¿Qué he logrado yo hasta el momento?”, reflexiona John John ante su madre. Esa sola idea de sentir la presión de un referente paterno de la envergadura de JFK, con sus luces y sus sombras, ofrece un revés humano.
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El ‘look’ de los 90
La serie de antología originalmente se iba a llamar American Love Story –como un juego de palabras con la exitosa American Horror Story–, pero finalmente Murphy decidió un término que abriera las puertas a lo global: Love Story, a secas. Y obviamente la dimensión irónica del título proponía incluir en la “historia de amor” los matices de una relación que comenzó con malentendidos y presiones externas debido a las relaciones de los protagonistas con exparejas –Daryl Hannah y el modelo Michael Bergin–, por el impacto de la enfermedad recién diagnosticada de Kannedy-Onassis y por el horizonte de la tragedia aérea.
Hay algo del cuento de Cenicienta, con John John como el príncipe heredero reacio a los mandatos de su reinado, y Carolyn como la plebeya con pasado de empleada de una tienda de Calvin Klein en Boston y convertida en un adalid de la compañía en pleno Manhattan. Entre ambos estaban las ataduras familiares, la presión de los medios, pero también la tenacidad de ella en su independencia y la indecisión de él respecto al rumbo a tomar para su futuro.
John Kennedy Jr. aparece en compañía de su esposa Caroline Bessete. Foto:Archivo / AFP
De entrada, la producción decidió elegir actores desconocidos para interpretar a JFK Jr. y Carolyn: la elección de Sara Pidgeon fue casi inmediata; la del modelo y actor canadiense Paul Anthony Kelly, más difícil.
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Finalmente, la prueba de cámara convenció a Murphy y a Brad Simpson (productor ejecutivo), y cuando filtraron las primeras fotografías de prueba a la prensa, un nuevo revuelo pareció malograr el triunfo. Las críticas fueron feroces sobre el vestuario de Pidgeon, asegurando que parecía fast fashion en términos peyorativos. Hay que recordar que Carolyn Bessette se convirtió de inmediato en un ícono de la moda de los 90, en parte por su formación en Calvin Klein, pero sobre todo por su estilo muy personal, que llevó con el tiempo a la primera línea a marcas como Yohji Yamamoto y Miu Miu.
Según detalla una reciente entrevista en Vanity Fair, el problema no eran solo las zapatillas. Pidgeon llevaba el bolso Birkin equivocado: el número 35, y no el característico de Bessette, el número 40. Brad Johns, excolorista de Bessette, señaló que el cabello de Pidgeon era “demasiado ceniciento y monótono”, sin esos mechones cremosos que se convirtieron en el sello distintivo de Bessette. Finalmente, Pidgeon se tiñó el pelo de un rubio más intenso y el estilo de la serie se decantó por el minimalismo de Calvin Klein, de allí la sobriedad en los decorados, la discreta iluminación, la elección conceptual de un tono alejado de las estridencias del ‘universo Ryan Murphy’.
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Love Story apuesta por una mirada desde el interior de la vida de los personajes, explorando el costado humano –aun revelando sus bemoles para quienes no hayan estado atentos a la exposición mediática de aquellos días–, y con la conciencia de que representan una parte sustancial de la cultura popular de Estados Unidos.
Paula Vásquez Prieto
Para La Nación (Argentina)
















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