En Bogotá dice que le dio soroche. Llegó de noche, durmió apenas una hora y a las siete de la mañana ya estaba en pie para cumplir su agenda. “Lo malo no es el día largo, es que hemos dormido súper poco”, cuenta con esa sonrisa amplia y honesta que no se le borra ni con el cansancio.
Habla de la altura como quien habla de una travesura del cuerpo. También del aguardiente amarillo, de la arepa de choclo y de esa energía del público colombiano que –asegura– siempre termina por “ponerle las pilas” cuando se sube al escenario. Juan Gómez Canca, conocido artísticamente como El Kanka, tiene 43 años, es un cantautor español orgullosamente malagueño, y ese origen se le nota incluso cuando canta: en el acento que no disimula, en la cadencia luminosa con la que convierte cualquier conversación en relato.
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El 13 de febrero estuvo presentando La Calma, su séptimo álbum, un trabajo que defiende la serenidad como una forma de resistencia íntima en tiempos acelerados. En medio de una agenda frenética, admite que no está en calma en absoluto. Sin embargo, insiste en que buscarla es lo importante. Su gira internacional se extenderá hasta 2027 y en Colombia estará en concierto el 15 de noviembre en el Movistar Arena. Entre el soroche, el aguardiente y las confesiones sin maquillaje, El Kanka deja claro que su revolución es pequeña y humana: escribir canciones que acompañen la vida cotidiana.
El Kanka en concierto en 2024. Foto:Juan Diego Castillo-Ramirez
Viene con poco sueño y habla de calma. ¿Cómo se concilia eso?
No, en absoluto estoy en calma (risas). He dicho en otra entrevista que estoy viviendo una especie de bipolaridad: estoy hablando de la calma y llevo un trajín importante. Pero la búsqueda de la calma siempre está ahí. Aunque no la tenga de forma constante, la búsqueda es lo importante. No dar por hecho que tenemos que estar sin parar y que la información tiene que venir sin descanso entre una cosa y otra. Creo que tenemos que buscar huecos, respirar.
¿Cómo nace este álbum? Ha dicho que no concibe el disco como un proceso lineal.
A mí me cuesta hablar de los discos porque yo hago canciones. Mi proceso creativo empieza y termina con cada canción. Cada canción es un mundo, podría ser un disco en sí misma. Cuando toca sacar un álbum, digo: “Bueno, voy a ver cuántas canciones tengo, voy a ver cómo se llevan entre ellas” y elijo normalmente las mejores. Suelen tener puntos en común porque corresponden a una etapa mía, a los dos o tres últimos años, a cosas en las que he estado pensando o a una manera de escribir. Pero para mí, cada canción es un concepto propio.
Mi proceso creativo empieza y termina con cada canción. Cada canción es un mundo, podría ser un disco en sí misma
¿Hace cuánto empezó a componer las canciones que hoy forman parte de La Calma?
Puede ser que la más antigua tenga cinco o seis años. Entre el cuarto y el quinto disco pasaron cinco años y tenía muchísimas canciones. No entraron todas. Este disco tiene 10 canciones, que ya es largo, y algunas se quedaron fuera. Pero hubo canciones que no me quise quitar de encima porque me siguen gustando, me sigue gustando cantarlas y me siguen pareciendo que tienen sentido. La última que compuse fue La Calma, hace como año y medio. El disco está grabado desde enero del año pasado y lo he tenido guardado un año. Eso no me había pasado nunca. Ya estaba casi saliéndose solo del cajón.
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¿Cómo ha sentido la recepción del público?
Uno siempre quiere que el disco guste y quizá se queda más con los comentarios buenos (risas). Pero en general creo que ha emocionado. Hay gente que me ha escrito para decirme que La Calma les ha llegado en un momento en el que la necesitaban. Esos son los comentarios que más me gustan. No es solo que el disco sea divertido o se deje escuchar, sino que pase a formar parte de la vida de alguien. Eso es súper bonito para un autor.
El Kanka se presentará en el Movistar Arena el 15 de noviembre. Foto:Juan David Cuevas. EL TIEMPO
¿Qué le quita la calma hoy?
Hay muchas cosas en este mundo extrañísimo que estamos construyendo. Las redes sociales me quitan bastante calma; intento no mirarlas mucho. La polarización y la crispación que se están dando ahora mismo me preocupan bastante, sobre todo pensando en el futuro que le vamos a dejar a la gente más joven. Eso no solo me quita la calma, sino que me inquieta de verdad.
Las redes sociales me quitan bastante calma; intento no mirarlas mucho
En el disco hay canciones como Ansiedad y también una reivindicación constante a frenar. ¿Siente que vivimos en una época que nos empuja justo hacia lo contrario de lo que propone?
Totalmente. Vivimos en una época en la que parece que, si no estás produciendo algo todo el tiempo, si no estás opinando, si no estás subiendo contenido, te estás quedando fuera. Hay una presión constante por estar visibles, por estar activos, por estar disponibles. Y eso genera mucha ansiedad. Yo mismo la siento. No es que esté por encima de eso. Pero sí creo que hay algo casi contracultural en decir: “voy a parar un momento, voy a escucharme, voy a aburrirme incluso”. El aburrimiento está muy demonizado y es súper fértil. De ahí salen ideas, canciones, reflexiones. Creo que la calma no es ausencia de movimiento, sino elegir desde dónde te mueves. Lo que me preocupa es el movimiento vacío, el hacer por hacer, el consumir por consumir. Eso sí que me parece que nos está pasando factura como sociedad. En Ansiedad hablo un poco de eso, pero sin ponerme en un púlpito. Es más una confesión que una crítica. Yo también me siento atrapado a veces por esa inercia. Y quizá el disco entero es una manera de recordarme a mí mismo que no pasa nada por ir más despacio, que no pasa nada por no llegar a todo. Que la vida no es una competición constante.
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También está Le pasa solo al resto, en la que propone otra mirada sobre la muerte. ¿Cómo se relaciona con ella?
Yo le tengo mucho miedo a la muerte. Estoy en contra (risas). No me quiero morir nunca. Pero me gustó jugar con la perspectiva de que ya estoy en el “otro barrio” y desde allí os cuento cómo me siento. Es una especie de broma acerca de la muerte. Siendo que le tengo miedo, me gustaba reírme un poco para que vea que no le tengo tanto.
Y en He dicho que no aparece la idea de poner límites, de decir no. ¿Ha aprendido a hacerlo mejor con los años?
Sí, pero me ha costado muchísimo. Yo he sido una persona bastante complaciente. Me ha gustado caer bien, evitar conflictos, decir que sí para no incomodar. Y eso, al final, te pasa factura. He dicho que no nace un poco de ahí, de entender que poner límites no es ser egoísta, es cuidarte. Y que cuando tú te cuidas, también cuidas mejor a los demás. Con el tiempo, te das cuenta de que, si aceptas todo, te desdibujas. Y yo quiero reconocerme en lo que hago. Quiero que las decisiones que tomo tengan que ver con lo que soy, no solo con lo que se espera de mí. También creo que eso tiene que ver con la edad. Ya no tengo 20 años. Ahora pienso más en el largo plazo, en cómo quiero estar dentro de diez o quince años. Y para eso, necesitas cierta coherencia. No puedes estar permanentemente traicionándote. El disco habla mucho de eso: de ordenar la casa por dentro, no solo por fuera. De hacer una ‘limpieza general’, pero también emocional. Al final, todo está conectado: la calma, el miedo a la muerte, el amor que se construye, los límites. Tiene que ver con vivir de una manera un poco más consciente. No perfecta, porque no lo soy en absoluto. Pero sí un poco más atenta.
Cuando tú te cuidas, también cuidas mejor a los demás. Con el tiempo, te das cuenta de que, si aceptas todo, te desdibujas. Y yo quiero reconocerme en lo que hago
Ha dicho que La Calma también es un deseo de un mundo mejor. ¿Cómo lo imagina?
Tenemos que ser conscientes de que somos todos muy parecidos y de que hacemos lo mejor que podemos. Yo creo en la compasión y en el entendimiento del otro. También me preocupa el planeta. No sé qué le vamos a dejar a la gente que viene. Cuidar el sitio donde vivimos y cuidarnos entre nosotros no creo que sea tan difícil.
¿Qué sientes cada vez que viene a Colombia?
La primera vez que vine no entendía nada. Pensaba: “¿cómo puede ser que en un país tan lejano haya 200 o 300 personas cantando mis canciones con esa pasión?” No he hecho carrera aquí ni nada, y, sin embargo, me siento muy querido. Sé que, pese al jet lag, al soroche y al cansancio, me subo al escenario y el público me pone las pilas. Me ha pasado todas las veces.
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En Colombia estamos en plena contienda electoral y el discurso está muy polarizado. ¿Qué le diría a un país que necesita serenidad para tomar decisiones importantes?
No es menor cosa elegir un mandatario. Pero ¿acaso no somos todos personitas haciendo lo mejor que podemos? Yo creo que todos queremos lo mejor para la sociedad. Una persona que piensa distinto no tiene que ser mi enemigo. Ojalá los políticos fueran gente intentando servir a los ciudadanos con la máxima verdad posible. Y ojalá las personas nos escucháramos más entre nosotros.
Ángela María Páez Rodríguez
EL TIEMPO
















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