‘El hombre de mi vida’ suena a frase de sobremesa, a confidencia entre amigas, a ese tono irónico y melodramático con el que se habla del amor romántico.
Piedad Bonnett toma esa expresión cliché y la voltea: su libro más reciente, ‘Los hombres de mi vida’, no es un catálogo de antiguas pasiones, sino una exploración de la masculinidad.
En sus poemas hay hombres que cocinan y beben los domingos, parejas encontradas en relaciones que se agrietan y gestos mínimos, donde lo que parece doméstico se vuelve simbólico: la cocina es un campo de tensiones; el amor, un territorio donde también habita la violencia.
Bonnett es una de las voces más sólidas de la literatura colombiana, ganadora del XXXIII Premio Iberoamericano de Poesía Reina Sofía y autora de libros como ‘La mujer incierta’ o ‘Lo que no tiene nombre’ que han convertido la experiencia íntima en reflexión pública.
En este poemario vuelve a hacerlo, pero desde una ironía más afilada, convirtiendo una frase romántica en una indagación sobre el poder y la vulnerabilidad.
Piedad Bonnett recibe el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. EFE/ Zipi Foto:EFE
En qué momento sintió que esas figuras como el padre, el hijo o la pareja podían convertirse en el eje de un libro completo?
En el libro hay unos tres poemas que son muy concretamente sobre mi papá y Daniel, mi hijo. Pero el resto nace de una idea: hablar de lo masculino.
Digamos que hay una ficción de la pareja, pero no es que yo esté hablando de mis propias cosas, sino que hablo de temas de la masculinidad que me interesan, como la relación de pareja y la violencia que hay en esas relaciones.
Todo, menos los últimos poemas, que son sobre la pandemia, está atravesado por la línea de lo masculino, el amor, el desamor, el maltrato, el tedio. Así fue como nació el libro.
En general, la poesía se nutre mucho de la experiencia personal. Y si tú lees la obra completa de cualquier poeta, también la mía, vas a encontrar muchas cosas recurrentes que tienen que ver con mi propia biografía, por ejemplo, vas a ver sobre la infancia, vas a ver el amor…
Hay cosas que pueden ser verdaderas, hay cosas que pueden ser simplemente construidas a partir de la memoria o de la idea del amor.
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El libro abre con ‘Domingos’. ¿Qué le interesa de los momentos cotidianos para hablar de tensiones afectivas más profundas?
Siempre me ha interesado mucho la vida de lo cotidiano y lo doméstico, porque a través de esos ámbitos se puede hablar de cosas infinitamente más universales y grandes, como por ejemplo la violencia masculina.
En uno de esos poemas de ‘Domingos’ lo que hay no es solo la imagen de una cena: es una fiereza en la persona que desgarra una presa de pollo, mientras la mujer que está al frente está intimidada por esa agresividad e, incluso, reprimida.
Por eso no quiere ni siquiera comer. El avasallamiento de la manera de comer del otro es una cosa puramente simbólica. La poesía actúa así, de manera simbólica.
La infancia y la familia han atravesado tu obra durante mucho tiempo. ¿Este poemario constituye una continuación de esa conversación desde un lugar distinto?
Yo creo que hay coletazos de cosas que no te abandonan ya nunca, como lo de mi hijo, Daniel. Son cosas que se metieron en tu vida, la quebraron y esa memoria de ese de ese dolor permanece ahí.
Aquí, sin embargo, quise escribir sobre algo distinto.
Lo que pasa es que por el camino escribí muchas obras en prosa, entonces, la poesía fue saliendo muy lento, tanto que yo pensaba que este libro iba a ser más grueso, iba a trabajar desde los hombres de la guerra…
Pero se me fue agotando, hasta que dije, «esto ya tiene cuerpo y no voy a intentar agrandarlo de manera ficticia”, entonces quedó constituido de una manera distinta a como lo había concebido.
En su trayectoria ha explorado distintos géneros, como la novela y el ensayo. ¿Qué encontró en la poesía para hablar de estos hombres que tal vez no habría podido decir en otro género?
La poesía tiene la virtud de que de que trabaja mucho más simbólicamente todo, entonces, te permite eludir lo puramente biográfica. La poesía tiene la cualidad de lo misterioso y lo metafórico.
Si miras los primeros poemas del libro, son poemas sobre sobre el encerramiento en una en una relación sentimental quebrada o agresiva: ahí hay un montón de metáforas.
El lenguaje nunca va a ser descriptivo. Hay poesía que es así, pero esa no es la que a mí me interesa.
Escribí, por ejemplo, la imagen de un padre cocinando y bebiendo, que es como el padre de un domingo, mientras el hijo está aterrorizado con la violencia de la escena. Pero lo hice, por ejemplo, en términos casi medievales, usando palabras como “el faisán”.
Lo saco de lo puramente realista y descriptivo porque eso no me interesa, pongo esas palabras como un elemento simbólico del hombre a través de los tiempos.
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Ha dicho en otras ocasiones que la poesía pone nombre a lo no entendemos del todo. ¿Aquí trataba de comprender algo que aún permanecía abierto?
Más que comprender algo, diría yo, tú partes de una intuición de algo y mientras lo desarrollas, vas comprendiendo cosas.
Pero es una comprensión que más que racional, más que conceptual, es una cuestión intuitiva: la poesía lo lleva a uno a un lugar de esclarecimiento, pero, sobre todo, yo espero que al lector lo lleve a tener revelaciones. Que encuentre en lo cotidiano esas acciones que el libro nos ayuda a comprender mejor.
Los hombres de que aparecen en el libro son figuras que ayudan a construir una identidad. ¿Escribir sobre ellos es una forma de ayudar al lector a entenderse a sí mismo?
La escritura por naturaleza y la literatura producen ese efecto: que tú vas confrontando con tus propias emociones lo que ves en las palabras. Eso es natural.
Pero no es necesariamente la intención mía decir “mira a ver si te han maltratado así” o “mira a ver si has amado así”, no. Es natural porque se llama el proceso de identificación: tú estás leyendo poemas de amor y dices «sí, me acuerdo cuando yo amaba así».
Por eso es que la poesía produce esa fascinación en la gente a la que le gusta, porque se reconoce. Puede ser que tú nunca hayas tenido un maltratador al frente, pero sí te estremece la idea del maltratador. Es una cuestión de empatía.
La escritura por naturaleza y la literatura producen ese efecto: que tú vas confrontando con tus propias emociones lo que ves en las palabras.
En su poesía el remate del poema suele ser revelador. ¿La última línea es, para usted, la prueba de que el poema encontró su forma?
Hay poetas que no les interesa que eso sea así. Pero a mí sí me interesa. Yo voy hacia el final todo el tiempo. Voy buscando el final, aunque yo no lo sepa aún. El final se me revela con un verso que ya sé que funciona como cierre.
A mí me ha gustado mucho siempre la poesía que en el último verso te abre a un universo más amplio. Que viene en un sentido y de pronto da un golpe, como uno de esos cuentos de Cortázar: que, de pronto, al final algo se te revela.
Así es como me gusta que obre el poema en general, pero no sé si siempre lo hago así. Estaba leyendo el material para un libro que me que me están haciendo, revisando pruebas en mis textos, y no siempre es así.
A veces el final se desliza y no es tan contundente. Hay poemas que reclaman el final contundente y hay poemas que no.
Te voy a decir el único poema que yo me sé de memoria. Se llama ‘Oración’:
Para mis días pido,
Sueños de los naufragios,
no agua para la sed, sino la sed,
no sueños
sino ganas de soñar.
Para las noches,
toda la oscuridad que sea necesaria
para ahogar mi propia oscuridad
Yo creo que ese final añade algo más y más dramático comparado a lo que se viene diciendo. Lo que hay ahí es una revelación del estado afectivo, es decir, hay un alma atormentada, algo que está ahí pidiendo oscuridad para la angustia que me habita.
Los hombres de mi vida, de Piedad Bonnnett. Foto:Andrea Moreno / EL TIEMPO
Cuando lee nuevas maneras de escribir poesía, ¿siente que siguen naciendo del mismo impulso que cuando empezó o que el proceso creativo ha cambiado con los años?
La poesía siempre va cambiando, siempre. Y va cambiando también en el tiempo de uno, es decir, no es lo mismo la poesía que yo escribí a los 20 años que la que escribo ahora porque mi voz ha evolucionado de acuerdo con lo que la vida ha hecho en mí y, sobre todo, en muchas lecturas de muchas lecturas.
Yo voy aprendiendo de otros poetas y hay otros poetas que me van influyendo. Lo mío es un diálogo entre mi propia voz y la voz de otros.
Eso va haciendo que uno evolucione, pero no manera dramática al punto que un libro no se parezca al otro, siempre hay una voz que articula todo, que es la misma voz. La poesía es la que va cambiando sus maneras.
Hay otra cosa y es que cada libro te exige un lenguaje diferente.
Entonces, si miras mi libro ‘Todos los amantes son guerreros’ te vas a dar cuenta que intenté el verso muy largo. Pero eso no significa que en todos los poemas diga: «voy a hacerlos así».
Estaba leyendo poetas que escriben muy amplio, como Olga Orozco, y me provocó hacer el libro así. Voy buscando, porque la poesía siempre es una búsqueda, la escritura siempre es una búsqueda.
Si tuviera que resumir lo que este libro le permitió descubrir sobre su propia vida, ¿cuál diría que fue ese hallazgo?
Muy difícil contestar eso. Yo diría que lo que está sintetizado de alguna manera es el mundo de los afectos y de los desafectos; es decir, desde ahí es que yo estoy escribiendo el libro, no solo desde mi propio yo, sino también hablando por muchas mujeres.
Para mí hay poemas muy entrañables como el poema al padre, el poema a mi hijo, Daniel. Yo definitivamente hablo mucho el mundo de los afectos.
Sobre todo, en este libro. Por eso se llama ‘los hombres de mi vida’, que es la forma graciosa en que las mujeres decimos: “uy, no, es que ese fue el hombre de mi vida”.
Lo quería decir así, con un poquito de humor, porque no es de verdad que hayan sido “los hombres de mi vida”, no, sino que estoy haciendo una ironía de cómo usamos esa frase en el amor romántico. Al final todo pasa y lo que recordamos es la forma en que amamos.
















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