el conflicto que reescribe las reglas del poder global entre trincheras y redes sociales

Stephany Echavarría

Editora Internacional

«mis padres se quedaron bajo la ocupación. Mi padre murió en 2024 y no pude volver para enterrarlo. Le envío mensajes de video a mi madre, me duele no poder estar allí”, relata Liubov Kuzmenko, un ucraniano de 65 años que tuvo que huir de su natal Siverskodonetsk y ahora vive en el refugio para desplazados de Dnipro, la cuarta ciudad más poblada del país, tras cuatro años de la invasión rusa iniciada el 24 de febrero de 2022.

Kuzmenko cuenta que su apartamento fue saqueado después de que las fuerzas rusas tomaron el control de la ciudad, pero lo que más le pesa es la separación de su familia.

EFE

Evacuación en la comunidad de Kushuhum, en la región de Zaporiyia, Ucrania.

Foto:EFE

Considerado el conflicto más mortífero de Europa desde la Segunda Guerra Mundial -este año llegará a los 2 millones de fallecidos-, la guerra en Ucrania ha dejado una huella devastadora y un cúmulo de interrogantes estratégicos con cerca de 10 millones de desplazados y el mayor reordenamiento de la seguridad europea desde el fin de la Guerra Fría.

Más allá de los números, Ucrania se ha convertido en un laboratorio estratégico. El Center for Strategic and International Studies (CSIS) describe una guerra de desgaste prolongada que ha obligado a ambas partes a adaptar doctrinas, logística y tecnología a una escala no vista en Europa en décadas. El carácter “grinding” —de desgaste constante— no solo remite a la magnitud de las pérdidas, sino a la transformación táctica en curso.

“En esta guerra, Rusia ha aceptado el coste de un gran número de bajas con la esperanza de desgastar eventualmente al ejército y a la sociedad de Ucrania”, advierten el CSIS.

Para el experto en seguridad internacional, Oscar Palma, si bien es prematuro afirmar que estamos ante un cambio definitivo del sistema internacional, la invasión rusa “expone las tensiones estructurales del orden mundial” y evidencia que las grandes potencias siguen determinando las reglas efectivas del juego.

“En este contexto, el multilateralismo no es más que una expresión de los juegos de poder de las potencias donde los más débiles básicamente tienen que seguirles el juego”, señala.

Drones y redes sociales 

Ataques de drones rusos contra el mercado central de Kramatorsk, Ucrania

Ataques de drones rusos contra el mercado central de Kramatorsk, Ucrania.

Foto:EFE

Pero el rasgo más innovador del conflicto no está solo en la diplomacia fallida. Está en el terreno. Ucrania ha sido el escenario de una masificación sin precedentes de drones comerciales y militares, utilizados tanto para reconocimiento como para ataques de precisión a bajo costo.

Riley McCabe, investigador asociado del CSIS en el programa de Guerra, amenazas irregulares y terrorismo, señala que esta combinación de tecnología accesible, inteligencia en tiempo real y artillería tradicional ha redefinido el equilibrio entre ofensiva y defensiva.

Pero, si bien Ucrania ha revolucionado el campo de batalla y establecido “nuevas normas para la guerra no convencional” con el uso innovador de la tecnología existente, este conflicto también ha llevado la guerra con drones “más allá de la contrainsurgencia” y ha expuesto tanto el potencial como las vulnerabilidades de los sistemas actuales.

Actores tanto en Rusia como en Ucrania han encontrado maneras de influir en la opinión pública mientras continúa la batalla por moldear la narrativa histórica de la guerra

Magdalena Karalis, experta en redes sociales de Georgetown

En ese sentido, la doctora Rinehart destacó cómo el mayor potencial de los drones es a la vez su principal debilidad.

“Los drones de fibra óptica no son una alternativa permanente debido a limitaciones como la sujeción física, que restringe la maniobrabilidad y el alcance operativo”, explica la experta, quien matiza que la mayor importancia de estos dispositivos reside “en el ritmo de la innovación, especialmente por parte de las fuerzas rusas, que están modificando rápidamente los drones y dejando obsoletos los modelos anteriores”.

AFP

Coches en llamas tras un ataque aéreo ruso en Kiev, Ucrania.

Foto:AFP

A ello se suma la dimensión híbrida. Como explica el profesor Palma, la guerra combina enfrentamientos convencionales —tanques, trincheras, artillería pesada— con tácticas irregulares, sabotaje, ciberataques y campañas de desinformación.

Magdalena Karalis, experta en redes sociales de Georgetown, destaca cómo las redes sociales se han convertido en un campo de batalla paralelo. Plataformas digitales funcionan como instrumentos para moldear percepciones, justificar acciones militares y sostener la moral interna, mientras se busca erosionar la cohesión del adversario.

“Actores tanto en Rusia como en Ucrania han encontrado maneras de influir en la opinión pública mientras continúa la batalla por moldear la narrativa histórica de la guerra”, explica Kalaris al destacar, por ejemplo, cómo civiles ucranianos que resisten la ocupación pueden informar a su ejército sobre los movimientos rusos a través de las redes sociales y aplicaciones diseñadas específicamente para ello, mientras Putin bloquea aplicaciones de mensajería instantánea para forzar a la ciudadanía a usar canales bajo control oficial, como la app Max.

“Las visiones o sesgos que se pueden crear sobre los actores en la guerra, determinar quién es el bueno y quién el enemigo o cómo convencer a diferentes audiencias nacionales y extranjeras de estar a favor o en contra, son innovaciones de la guerra psicológica y de la información a través del ciberespacio”, señala por su parte Palma.

El experto advierte que no solo los demás países están aprendiendo y tomando nota de las innovaciones en la guerra, sino que “organizaciones no estatales, llámense insurgencias, grupos terroristas, criminales, etc., también lo están comprendiendo”.

Límites del sistema internacional

Negociaciones entre Rusia y Ucrania en Ginebra.

Negociaciones entre Rusia y Ucrania en Ginebra.

Foto:X: @DenShtilierman

Con el regreso al poder de Donald Trump, el foco de atención sobre la guerra se ha mudado a las negociaciones, las llamadas entre líderes y los mensajes en redes sociales con los que el presidente de EE. UU. da pistas sobre las medidas que piensa tomar para que ambos bandos firmen un acuerdo de paz.

Pese a que Rusia ve actualmente caer los ingresos petroleros con los que paga la guerra por unas sanciones occidentales a las que ha contribuido Washington con su embargo a los gigantes del sector ruso Lukoil y Rosneft, Ucrania depende completamente de sus socios para subsistir, aunque el presidente Trump ha cerrado el grifo de la ayuda financiera a Kiev, cuya viabilidad como Estado y esfuerzo de guerra depende ahora enteramente del dinero europeo.

McCabe señala que la sostenibilidad del respaldo occidental a Kiev será crucial para el desenlace. “La discusión en Washington sobre eventuales negociaciones —y el costo político de prolongar la guerra— añade incertidumbre estratégica”, dice.

Asimismo, a la posición de liderazgo del mandatario ucraniano, Volodímir Zelenski, no ha contribuido el escándalo de sobornos en el sector energético que el pasado noviembre hizo caer a varios ministros y al hasta entonces todopoderoso Andrí Yermak, que tuvo que abandonar su cargo de jefe de gabinete del presidente.

En el terreno diplomático, los intentos de negociación han sido intermitentes y frágiles. No existe, hasta ahora, un alto el fuego duradero, por lo que la posibilidad de que el conflicto derive en una guerra congelada —similar a otros escenarios postsoviéticos— convive con el riesgo de escaladas puntuales que involucren a la Otán de forma indirecta.

Un 2026 devastador si no hay paz

EFE

Puntos de seguridad en Kiev, Ucrania, para ayudar a los residentes a afrontar los cortes de electricidad.

Foto:EFE

«Los números son una cosa, la historia detrás es otra mucho mayor», señaló esta semana el portavoz de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Christian Lindmeier al afirmar que, en las primeras seis semanas de 2026, nueve personas han muerto en ataques directos al sistema sanitario, una cifra que ya equivale a la mitad de todo 2025.

Y es que Rusia comenzó este año con una campaña de ataques a la energía ucraniana que ha dejado a millones de personas sin luz, agua y calefacción con temperaturas de hasta 20 grados bajo cero y debilita aún más la economía y la capacidad industrial de Ucrania.

De otro lado, el año pasado, el 72 % de la población experimentó dolencias en su salud mental, entre ellas, ansiedad y depresión. Además, el 84 % de los hogares declararon no tener acceso a las medicinas que necesitaban por los altos precios y la falta de farmacias.

Estamos frente a una generación que podría arrastrar secuelas psicológicas durante décadas

Jorge Castro Armijo, coordinador del centro de salud mental en Vinnytsia de Médicos Sin Fronteras

“Lastimosamente, aunque termine la guerra, muchas de estas afectaciones van a incrementar por el estrés crónico y prolongado que enfrentan las personas. Estamos frente a una generación que podría arrastrar secuelas psicológicas durante décadas”, comenta Jorge Castro Armijo, coordinador del centro de salud mental en Vinnytsia de Médicos Sin Fronteras (MSF).

Y es que nadie se salva a medida que avanza la guerra. Los equipos de MSF también se vieron obligados a adaptarse, abandonando siete hospitales y más de 40 lugares donde tenían clínicas móviles.

Además, los hospitales, las farmacias, las escuelas y las tiendas han sido destruidas o cerradas. Comunidades enteras se han vuelto inhabitables y las necesidades humanitarias se vuelven más complejas y prolongadas.

¿Laboratorio de guerras del futuro?

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Prisioneros de guerra ucranianos reuniéndose con sus familiares tras un intercambio de prisioneros.

Foto:EFE

¿Es entonces Ucrania el laboratorio de las guerras del futuro? La respuesta exige cautela. Como advierte Palma, la historia será la que determine si estamos ante una transformación estructural o una crisis aguda del orden existente. 

Sin embargo, hay señales contundentes: la centralidad de los drones y la inteligencia artificial, la integración de operaciones cibernéticas y psicológicas, la erosión práctica de normas internacionales cuando chocan con intereses vitales y la observación atenta de potencias y actores no estatales que estudian cada innovación táctica.

El multilateralismo no es más que una expresión de los juegos de poder de las potencias donde los más débiles básicamente tienen que seguirles el juego

Oscar Palma, experto en seguridad y académico Universidad del Rosario

En ese sentido, Ucrania funciona como un “gran teatro” de aprendizaje global. Ejércitos de Asia, Oriente Medio y América Latina analizan el desempeño de sistemas antiaéreos, la eficacia de la guerra electrónica y el impacto de las sanciones económicas. El conflicto también ofrece lecciones sobre resiliencia social, movilización nacional y la capacidad de una sociedad para sostener un esfuerzo bélico prolongado.

Cuatro años después, la guerra en Ucrania no solo redefine fronteras físicas en Europa, sino que también está redibujando fronteras conceptuales: las que separaban lo militar de lo digital, lo convencional de lo irregular, la diplomacia del espectáculo mediático. Si el orden internacional posterior a 1945 fue concebido para evitar guerras de conquista en el continente europeo, Ucrania ha demostrado que ese diseño enfrenta tensiones profundas.

Sea una transformación duradera o una crisis pasajera, el conflicto ya ha dejado una lección inequívoca: las guerras del siglo XXI no se libran únicamente en trincheras o despachos diplomáticos. Se combaten en el aire con drones baratos, en servidores informáticos y en pantallas de celular. Y el mundo entero parece estar tomando nota. 

Cuatro años después de la invasión rusa, no solo se redibujan fronteras en Europa: también se evidencian los límites del sistema multilateral creado tras la Segunda Guerra Mundial. Mientras el interés nacional se impone sobre las normas globales, el conflicto ha consolidado nuevas formas de combate.

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