Samuel Páez León es el símbolo de resistencia más recordado de la vereda Alto Grande, del municipio de La Palma (Cundinamarca), por la tenacidad con la que defendió su tierra y la vida de sus hijos, ante la guerrilla de las Farc. Se negó a pagar las vacunas que el grupo criminal exigía en su carrera expansionista por tomarse el centro del país y llegar a Bogotá; tampoco entregó a alguno de sus hijos en reclutamiento, ni puso sus fincas a disposición de los milicianos, aunque tuviera un arma apuntándole de frente.
Ello le costó a Páez León una cacería criminal en la que resultó asesinado él y tres de sus hijos, y una maldición para un grupo de solicitantes de tierra que tuvo que desplazarse hasta cinco veces de la región. Hoy, después de cuatro décadas, los sobrevivientes de la familia pueden cantar una victoria a su manera, dado que, por orden judicial, les fueron restituidos los predios abandonados. Y regresaron con la firme convicción de cuidar lo que su padre se negó a perder por tantos años.
Familia Páez Mahecha. Foto:Unidad de Restitución
EL TIEMPO conoció que la Unidad de Restitución de Tierras (URT) realizó, con la compañía de un juez y de Naciones Unidas, la entrega material de las fincas La Calera, Cañuelaes 1, Cañuelales 2 y Alto Grande. Todas fueron abandonadas forzosamente por la familia Páez Mahecha, una y otra vez por cuenta de la potente y persistente presencia de la antigua guerrilla de las Farc.
La familia hizo maletas y decidió retornar, luego de que el Juzgado Civil del Circuito Especializado en Restitución de Tierras de Cundinamarca fallara a su favor y, por medio de una sentencia, ordenara el regreso pleno de la familia. No pidieron una indemnización. Ni predios similares en otra región del país. Los Páez Mahecha le pidieron a la justicia que los reubicaran en las fincas donde crecieron, resistieron y, ahora, prometen seguir labrando.
María Eugenia Páez Mahecha, desplazada quien durante los últimos años vivió en Bogotá, acudió a la entrega con botas exploradoras, una maleta, pelo recogido en cola de caballo y atravesando una mixtura de emociones. “Este es el día más grandioso. El día que estoy recuperando nuestra tierra y a toda mi familia. Yo sé que ellos ya se fueron, mi papá y mis hermanos, pero aquí seguimos. Desde aquí puedo volver a ver el sueño de mi papá. Una familia grande, sus hijos reunidos. Los nietos y los bisnietos corriendo. Me vuelvo a encontrar con ese corredor donde mi papá nos crio. Me acuerdo de las últimas palabras que me dijo: ‘si un día yo no estoy, no dejen perder las tierras’. Y aquí estamos de nuevo”, le dijo a EL TIEMPO.
María Eugenia Páez Mahecha. Foto:Unidad de Restitución
Para 1983, los Páez Mahecha habían hecho de sus tierras, debidamente adquiridas, un centro de producción agrícola para el beneficio de todos los ciudadanos de La Palma, y sus alrededores. Pobladores quienes en la plaza de mercado comerciaban los frutos del café, cacao, arracacha, yuca, maíz, plátano, aguacates, entre otros alimentos que producían los terrenos fértiles de las cuatro fincas.
El señor Samuel Páez, además, es recordado por gestionar ante la alcaldía varias de las vías que hoy conectan la vereda Alto Grande con la cabecera municipal. Vías que quedaron marcadas en la historia del conflicto armado, porque la violencia que empezó a vivirse en los ochenta obligó a que esos caminos fueran recorridos, entre otras cosas, para huir de la zona.
El primer golpe para los Páez Mahecha llegó, justamente en 1983, cuando el padre de familia se negó a pagar una extorsión exigida por las Farc. En represalia, asesinaron a una de sus hijas. “Ese domingo veníamos del pueblo. Y mi papá traía a mi hermanita en una pierna y a mí en la otra. Ahí fue cuando salieron en medio del camino y le dispararon a él. Mi papá quedó herido, pero ahí cayó mi hermanita. Se fue para siempre. Y solo tenía cuatro años”, recordó María Eugenia Páez. Tras esa primera arremetida armada, la familia tuvo que desplazarse a Bogotá. Pensando que la situación había mejorado, un año después regresaron a la Palma.
En 1985, sin embargo, de nuevo milicianos de la guerrilla asesinaron a otro de los hijos de la familia, esta vez a Marcos Páez Gutiérrez, por la reiterada negativa al pago de vacunas y la negación rotunda a entregar los menores de edad a las filas de la guerrilla. Ello motivó el segundo desplazamiento.
Las Farc, entonces, tenían un objetivo claro: empezar a tomarse la región con miras a una incursión a Bogotá. Para ello, la organización criminal desplegó sus frentes móviles Policarpa Salavarrieta, Manuela Beltrán y Abelardo Romero, siendo el más peligroso el Simón Bolívar. En total, en Cundinamarca llegaron a tener 48 frentes para la época. Al tiempo, surgieron las autodefensas de El Águila, quienes se plantaron La Palma con miras a resistir con fuego cruzado la arremetida fariana.
Guerrilleros de la antigua guerrilla de las Farc en formación. Foto:Eliana Aponte. Archivo EL TIEMPO
Siendo 1989, la familia Páez Mahecha hizo otro intento por retornar a La Palma. Sin embargo, el 25 de octubre del año siguiente se documentó otra tragedia: el asesinato a sangre fría del padre de familia Samuel Páez León, quien se encontraba trabajando en la plaza de mercado. Junto a él cayó otro de sus hijos, Leopoldo Páez Gutiérrez, así como una ciudadana de nombre Aidé Isaza y hasta el director de la cárcel del municipio, Alirio Medina, quien a su vez era carnicero. Una verdadera masacre, ante la cual los sobrevivientes respondieron resistiendo en sus fincas, esperando, desde luego, siempre lo peor.
Para 1994, los Páez Mahecha se desplazaron por tercera vez. “La familia recibió una carta escrita en rojo, a través de la cual informaban que asesinarían a todos los miembros del grupo familiar, razón por la cual decidieron abandonar los predios y desplazarse hacia el municipio de Pacho (Cundinamarca)”, se lee en la sentencia. Aun así, luego de tres meses y en un acto que a estas alturas fue más que heroico, la familia no se dio por vencida y regresó, echando raíces con relativo éxito por unos siete años.
No obstante, lo que encontraron para 2002 fue, incluso, la peor época de la violencia en esa zona del centro del país. Según el Sistema de Población Desplazada (SIPOD), era tal el fenómeno de conflicto armado que la población, de alrededor de 21.000 habitantes, se redujo a la mitad por cuenta del desplazamiento forzado. “Los Palmeros abandonaron sus fincas y la mayoría de las veredas quedaron totalmente desocupadas”, agrega la sentencia. Con ello se consumó otro desplazamiento familiar.
Iglesia principal de La Palma (Cundinamarca). Foto:eL dorado radio
Aunque parezca mentira, nunca se dieron por vencidos. Para 2006, los Páez Mahecha regresaron, pero esta vez a la zona urbana de La Palma. Durante tres años resistieron en familia hasta que, en uno de los episodios más crueles padecidos, para 2009, tuvieron que enfrentarse a una imagen inolvidable: el perro de la familia, el cual se había quedado en las fincas, había sido destripado y colgado en un árbol. Fue otro mensaje de que allí nunca habría paz. “Finalmente, para el 2009, como consecuencia de lo narrado, la reclamante de tierras decidió desplazarse de manera definitiva, inicialmente, hacia el municipio de Pacho, en compañía de dos de sus hijos y dos nietos; luego, se dirigió a la ciudad de Bogotá, donde reside actualmente”, concluye la sentencia de restitución.
La beneficiaria junto a la directora de región central de restitución de tierras, Martha Arévalo. Foto:Unidad de Restitución
Ante tal historia de violencia y de resistencia, el juez de restitución falló a favor de la familia y ordenó la restitución. El togado evidenció las nulas condiciones de seguridad que enfrentaron por décadas, que los obligó a ir y volver continuamente, en un eterno retorno que no tuvo solución sino hasta este 2026. El juez le ordenó a la Unidad para las Víctimas reconocerlos como tal e integrarlos a sus ofertas institucionales. Asimismo, el Ministerio de Salud tendrá que ofrecerles un acceso especial a servicios de asistencia médica. El caso resultó tan sorprendente para el juez, que envió copias del proceso al Centro Nacional de Memoria Histórica para que registre este sórdido episodio de la violencia.
El acompañamiento fue liderado por Naciones Unidas. Foto:Unidad de Restitución
María Eugenia Páez, por su parte, no le queda sino mirar el horizonte de sus tierras y reflexionar sobre lo que fue y lo que viene. “Recuerdo en mis años de juventud que todo era muy bonito. Era lo mejor que había. Estas veredas, y no porque sean las tierras que mis papás dejaron, son, para mí, las más lindas. Y lo que usted siembre aquí pega. Si a uno no le nacen las cosas es por flojera. Gracias a Dios y la Santísima Virgen, después de tantos años, tenemos una ganancia. Incompletamente, claro, porque ya no tengo al ser que más quiero. Pero sé que mi mamá está en el cielo, viendo que volvimos. Hoy ganamos con mucho esfuerzo. El lugar donde me críe, donde aprendí a sembrar una mata. Siguen habiendo porrazos, pero cada porrazo nos hace más fuertes”, concluyó.
Jhoan Sebastian Cote Lozano
jhocot@eltiempo.com
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