Lo primero que vi en el celular el domingo 22 de febrero, después de que mataron a Rubén Nemesio Oseguera Cervantes el ‘Mencho’, fundador del cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), fueron unas imágenes de pánico en el Aeropuerto Internacional de Guadalajara. Fue más rápido mi convencimiento de que tales imágenes eran verdaderas, que la alerta de que podrían ser fake news y/o producto de la inteligencia artificial –como se confirmó más tarde–.
En mí, esas imágenes se mezclaron con un recuerdo de mayo de 1993, una escena que tuvo lugar en ese mismo aeropuerto de Guadalajara. Me refiero al asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, cuando su Gran Marquis blanco fue baleado, tras ser confundido con el carro de Joaquín ‘el Chapo’ Guzmán, líder del cartel de Sinaloa a quien miembros del cartel de Tijuana esperaban para matarlo.
Aunque la Iglesia católica sigue poniendo en duda esa versión sobre el asesinato del cardenal, ese crimen evidenció una guerra entre carteles de la droga de México que persiste, salvo que con nuevos nombres de líderes y estructuras, tantos que a veces hay que apuntarlos como si de un árbol genealógico se tratara.
Luego me pasó que, a partir de los hechos de este domingo 22 de febrero, donde acabó muerto el líder de uno de los mayores carteles de tráfico de drogas en el mundo –con negocios en más de 60 países–, empecé a recordar lo vivido en Colombia, a finales de los años 80 e inicios de los 90, en particular en Medellín y en Bogotá, donde comencé a hacer periodismo.
Fue un tiempo en el que sobrevivimos en medio de la guerra de Pablo Escobar contra el Estado colombiano, y otros carteles; un tiempo del que a menudo nos fugábamos, un tiempo que miramos de lejos asustados preguntándonos cómo pasó todo lo que pasó tan cerca, y cómo pudimos seguir con la vida. De vez en cuando vuelven a nosotros preguntas como: “¿Dónde estabas el día de la bomba del edificio Mónaco?”; “¿Te acuerdas cuando la puerta de la casa casi se vino abajo por la bomba de la Canalización?”; “¿Por qué salías si había toque de queda?”. Todas y todos en Medellín tenemos una historia, un día, una noche, un ser que perdimos o que perdió a alguien más en esa guerra. Un trauma que casi no se nombra y eso vino a mí al pensar en la gente de Guadalajara, de todo Jalisco, de muchas zonas de México
Vivimos paradojas: el día de la muerte de Pablo Escobar –2 de diciembre de 1993– yo estaba en Guadalajara, enviada por EL TIEMPO para la cobertura de la Feria Internacional del Libro, donde Colombia era el país invitado de honor. Y allí en Guadalajara todos querían saber qué había pasado allá en Medellín; igual, esta semana, todos en Colombia –y en otras partes del mundo–, querían saber qué estaba pasando aquí en México. Hoy me sigue pareciendo pronto para tener respuestas sobre lo que pasó ese día, tal vez porque no acaba de pasar.
Así como recordaba y establecía paralelos, me di cuenta de que intentaba comprender los hechos pero que había escasez de respuestas. Me encontré con el absurdo de muchos canales de información y redes sociales, pero con una secuencia de datos mínima, repetida, sin detalles ni historias ni crónicas y sin imágenes de cómo fue el enfrentamiento.
A falta de información –aunque con algunos espacios de análisis–, nos aturdían audios, videos e imágenes que no sabíamos si eran o no falsas, y que propagaron la noción de que México estaba encendido. Negaba que lo estuviera, pero en parte lo estaba: la cifra del Gobierno apunta a que en 104 de los 2.462 municipios de 18 de los 31 estados de México hubo más de 250 bloqueos y que fueron quemados más de 200 vehículos; que fueron atacadas más de 50 sedes del Banco Bienestar y otras oficinas del Sistema de Administración Tributaria, ambos del Estado mexicano, y que hubo 200 incidentes en tiendas y gasolineras Oxxo, del corporativo Femsa. Aunque con diferentes proporciones, esto último se parece más a lo que hacía Pablo Escobar: emprender ataques directos contra dependencias del Estado.
Varios locales comerciales fueron quemados. Alfredo ESTRELLA / AFP) Foto:AFP
El domingo no sabíamos qué seguía pasando más allá del enfrentamiento que acabó en la muerte de él y otros miembros de su grupo. Pero tampoco lo sabían las familias de los lugares de México que estaban viviendo algo parecido a un toque de queda. No había certezas ni en la ciudad de Guadalajara ni en todo el estado de Jalisco –ahí se ubica el municipio de Tatalpa, donde fue el operativo que acabó con la vida de Nemesio Oseguera–, ni en los otros estados donde hubo respuestas inmediatas tras su muerte. Esto es muy revelador: aun antes de hacer pública la noticia, iniciaron los ataques y atentados de respuesta por parte de las facciones del CJNG.
Hubo una coordinación en las reacciones que se puede seguir sobre un mapa y que refleja la influencia de ese cartel en el país. Eran acciones violentas al nororiente, en Tamaulipas, justo en la frontera con Estados Unidos; luego al sur de ahí, continuando por el Golfo de México donde está Veracruz; en los estados de la península de Yucatán o zona Maya; en el sureño Chiapas –que limita con Guatemala–; en Oaxaca, Guerrero, Michoacán y Colima –que tienen los puertos del Pacífico a donde llegan drogas desde América del Sur y los precursores químicos desde Asia, para fabricar drogas sintéticas–. Hubo también acciones en el centro del país: Puebla, Guanajuato Aguascalientes, Zacatecas… Las autoridades, casi sin tocar el tema, han sostenido que no pasó nada en la Ciudad de México, si bien el dominio de la capital se lo disputan hace tiempo el CJNG y el cartel de Sinaloa.
Del lado del Pacífico, hubo violencia en Baja California, que es el noroccidente y que limita también con EU; pero no hubo atentados en Sinaloa, estado en el que no terminan su guerra interna los Chapos y los Mayos, después de que los hijos del ‘Chapo’ entregaron a EE. UU. a Ismael Zambada, ‘el Mayo’. Ahí en el Pacífico, Jalisco, con sus municipios, sus grandes ciudades como Guadalajara y la turística Puerto Vallarta, resintió la mayor violencia y sufrió el encierro, la suspensión de la cotidianidad y el contagio del miedo.
Fue el lunes cuando dimensionamos el operativo. Junto a una cifra preliminar de 65 muertos, la Presidencia precisó que 25 integrantes de la Guardia Nacional perdieron la vida en las acciones posteriores al enfrentamiento.
Pero el miedo no se ha cuantificado. Con los días han ido apareciendo algunas historias, como la de una maestra rural que madrugó desde Guadalajara a visitar escuelas aquel domingo en la mañana y que tuvo que quedarse lejos de sus hijos y sus padres, o la de los turistas que debieron permanecer encerrados en el zoológico. Esas voces son expresión de la vulnerabilidad. Más allá de si hubo hace décadas una colombianización de México o si ha sido al revés, las dos sociedades hemos convivido con esas grandes figuras que aterrorizan y seducen. Como Pablo Escobar al crear el barrio ‘Medellín sin Tugurios’ en 1982, ‘el Mencho’ fue salvador para muchas familias en medio de la pandemia por covid-19, cuando hacía repartir miles de despensas (mercados) con la etiqueta ‘Mencho con el pueblo’ o ‘El señor de los gallos’, como era conocido por su afición por las galleras. En su momento, el ‘Chapo’ o el ‘Señor de los cielos’ también se veían como salvadores en sus comunidades.
Pero no era generosidad en ningún caso. Ha sido a la vez una estrategia para el reclutamiento, en particular, de jóvenes. Esa es otra asociación muy dolorosa entre lo que pasó en Medellín hace ya casi 40 años y lo que ocurre en México. Como lo ha registrado la Universidad de Guadalajara, la cifra de desapariciones en Jalisco se ha incrementado entre jóvenes de 15 a 19 años, y esto se explica porque han sido reclutados con engaños o seducción para ingresar a las filas de ese cartel, del que nunca pueden salir voluntariamente. Los jóvenes de Medellín fueron en su momento también la población más vulnerada por Pablo Escobar para integrar el ejército que lo defendió o que causó tantas muertes.
Vínculos y contrastes
Más allá de la comparación entre lo que hemos vivido las sociedades, está la historia sobre los lazos que han construido los carteles de los dos países. Medios y periodistas hemos registrado los vínculos entre organizaciones colombianas como el ‘clan del Golfo’ y el cartel Jalisco Nueva Generación, o los casos de exmilitares colombianos reclutados por organizaciones de México, voluntariamente o bajo engaño. Los Angeles Times detalló hace años que el círculo inmediato de los que protegían al ‘Mencho’ fue entrenado por colombianos y que ese grupo fue el que derribó en 2015 un helicóptero del Ejército, causando la muerte a nueve militares, cuando intentaban detener al narcotraficante.
Hace 40 años, las imágenes que conocíamos eran fotos impresas en blanco y negro retransmitidas por televisión, y los mensajes llegaban como audios que Escobar dejaba en las emisoras a nombre de Los Extraditables o faxes que entraban en las salas de redacción; hoy son videos de gran calidad que circulan por el mundo en segundos en una estrategia de propaganda “apabullante”, como la describió en El Colegio de México, la doctora Rossana Reguillo, investigadora del Iteso, Jalisco. Ella encuentra que ese cartel mexicano ha ganado en la fuerza narrativa sin que existan contrarrelatos, con excepción –y eso cabe para los dos países– del de las madres buscadoras. Hoy existe claridad sobre el poder de la imagen. Quizás por eso el Estado mexicano no ha filtrado una sola imagen del operativo o del cuerpo acribillado del ‘Mencho’, lo que contrasta con el caso de Escobar, cuya imagen muerto en los tejados de Medellín derivó en una serie de pinturas de Fernando Botero. Una de las ideas que tuvimos tras la muerte de Escobar era la del fin del cartel de Medellín como fin de una violencia, pero los años han mostrado que allá y acá surgen nuevas figuras y nuevos nombres, como las ramificaciones en un árbol.
Las principales vías de comunicación fueron bloqueadas. Alfredo ESTRELLA / AFP Foto:ALFREDO ESTRELLA
En tres meses será el Mundial de Fútbol y, tanto en la capital, como en Guadalajara, que serán sedes –justo en el municipio de Zapopan, Jalisco, la selección Colombia tendrá su base de entrenamiento– hay premura para demostrar que todo puede continuar. Sin embargo, esto no ha terminado; sigue escalando mientras se sostenga una guerra contra América Latina por la producción de hoja de coca y mientras no se desmantele el poder de unas economías ilegales que va más allá del narcotráfico, y que viven de la extorsión, el tráfico de personas, el abuso sexual de poblaciones vulnerables y el tráfico de combustibles o huachicol, en México.
* Periodista y maestra en Antropología. Escribe de arte y cultura entre Colombia y México
















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