En pleno centro de Bogotá, en medio del trajín constante de recicladores que transportan residuos de un lado a otro, del ruido incesante de los pitos de los carros y del eco de las ambulancias que atraviesan la ciudad, hay un pequeño recinto que rompe con esa dureza cotidiana. Allí, personas que han caído en la adicción a distintas sustancias encuentran algo que afuera parece escaso, un lugar donde dejan de sentirse juzgadas y maltratadas.
Si hay alguna sobredosis, sabemos cómo reaccionar y cómo revertirla. Así como ellos entran caminando, salen por sus propios medios
Beatriz GarcíaEnfermera de la sala de consumo.
En ese espacio, sus vidas dejan de estar en permanente riesgo. No solo se reconoce su condición como una enfermedad, sino que se les trata con dignidad, como lo que son: seres humanos. Les ofrecen un plato de comida, alguien que los escuche y, en muchos casos, un gesto tan simple como un abrazo. Poco importa su apariencia –marcada por el polvo, el desgaste y los años en la calle–, porque en ese lugar lo esencial no es cómo lucen, sino quiénes son.
Beatriz García, enfermera de la sala de consumo, nos recibe con los brazos abiertos. Tiene la cercanía de una madre y, mientras pule cada rincón hasta dejarlo impecable, empieza a contar la historia de la sala, que es la misma suya. Para ella, la dignidad comienza en que sus protegidos lleguen y encuentren un espacio limpio, cuidado, muy distinto a los cambuches o a los rincones hostiles donde antes solían consumir. “Aquí, el primer paso para sentirse humanos otra vez es cruzar una puerta que no juzga”, dice.
Beatriz García, enfermera de la sala de consumo. Foto:Carol Malaver / EL TIEMPO
A lo largo del día, el flujo de personas cambia. “Puede haber días en que vengan cinco o seis, y otros en los que llegan 20 o 30”, explica Beatriz. Cada uno entra por sus propios medios, con historias atravesadas por la calle, la soledad o el rechazo. Afuera, muchos enfrentan discriminación constante. Adentro, en cambio, encuentran un entorno donde la prioridad es reducir riesgos y acompañar.
El equipo está preparado para responder ante emergencias. “Si hay alguna sobredosis, sabemos cómo reaccionar y cómo revertirla. Así como ellos entran caminando, salen por sus propios medios”, asegura. Esa capacidad ha sido clave: desde su apertura, el programa ha atendido y revertido 15 sobredosis, cuatro de ellas fuera del dispositivo. A esto se suma la distribución de más de 650 dosis de naloxona, que han permitido revertir otras 18 sobredosis en entornos comunitarios.
Beatriz se ha ganado el aprecio y la confianza de todos los visitantes de la sala. Foto:Carol Malaver / EL TIEMPO
Pero la atención no se limita a lo urgente. Aquí se entregan jeringas estériles, material higiénico y se realizan talleres sobre consumo de menor riesgo. Más de 60.000 jeringas han sido distribuidas y más de 18.000 recolectadas, reduciendo infecciones, evitando la reutilización y disminuyendo la presencia de estos elementos en el espacio público.
Lorena, trabajadora “par”, acompaña a quienes llegan desde su propia experiencia como usuaria. “El hecho de que yo consuma no define quién soy. También estudio, trabajo y aporto”, dice. Su rol es orientar, corregir prácticas inseguras y estar alerta ante cualquier riesgo. Para ella, el valor del lugar va más allá del consumo: “A veces vienen solo a sentarse, a comer, a hablar. Eso es lo que les hace falta: ser escuchados”.
Ese vínculo se convierte en red de apoyo. “Muchos no tienen familia. Nosotros pasamos a serla”, explica.
Recuerda a un joven que, tras acceder al servicio de duchas, le dijo que se sentía otra persona. También a otro que la veía como su hermana y a la enfermera como una mamá. Son escenas que revelan cómo, en medio del consumo, también hay búsquedas de cuidado y pertenencia.
Camila es otras usuaria del lugar. Llegó a Bogotá hace dos años y conoció la sala pocas semanas después. “Yo, que he viajado y conozco, digo que esta sala es lo mejor”, afirma. Habla de la discriminación que enfrentan quienes consumen, especialmente quienes usan heroína. “Somos seres humanos que estamos padeciendo una enfermedad”, dice. En su caso, el consumo llegó tras la pérdida de su hijo y sus padres. “Quedé sola. La droga fue un refugio”. Aquí encontró algo distinto: “No importa de dónde vengas, te tratan igual. Eso te hace sentir que todavía vales la pena”.
En el lugar se lleva registro de cada uno de los casos. Foto:Carol Malaver / EL TIEMPO
Álex, venezolano de 24 años, resume su experiencia así: “Nos dan comida, ropa, estabilidad. Aquí hay protección”. Cuenta que llegó al consumo inducido por un amigo y que cuando quiso salir ya estaba enganchado. En este lugar, dice, siente que alguien está pendiente de él. “En la calle uno puede morir. Aquí no”.
Diego, que empezó a consumir a los 13 años, coincide. “En la calle lo tratan muy mal a uno. Aquí somos familia”, afirma. Y agrega una frase que resume lo que muchos sienten: “No somos la droga que nos inyectamos, somos personas”.
No somos la droga que nos inyectamos, somos personas
La seguridad y el respeto han logrado la confianza de los consumidores de sustancias. Foto:Carol Malaver / EL TIEMPO
Grandes logros
En entrevista con EL TIEMPO, Estefanía Sánchez, directora del programa Cambie, operado por la Corporación Acción Técnica Social, explicó que es el primero de este tipo en Colombia. Desde su apertura en 2023, ha superado los 3.000 usos y cuenta con más de 100 usuarios registrados. Solo en febrero de 2026 reportó 160 usos, casi el triple que el año anterior, lo que evidencia un aumento en la demanda.
Este crecimiento no es casual. Según el equipo, responde a la confianza que se ha construido con el tiempo, a la necesidad de espacios seguros ante la variabilidad de las sustancias y a la posibilidad de acceder a servicios que en otros escenarios son difíciles de conseguir. El lugar funciona como punto de encuentro, pero también como puerta de entrada a procesos de atención.
En ese proceso, también se han registrado cambios en los comportamientos. Se ha reducido la reutilización y el intercambio de jeringas, han aumentado las prácticas de autocuidado y cada vez más usuarios devuelven el material usado. Son transformaciones silenciosas, pero clave para disminuir riesgos en salud y mejorar la convivencia.
Beatriz también ha aprendido a acompañar incluso en los momentos más difíciles. Cuenta que cuando un usuario deja de aparecer, el equipo inicia una búsqueda en hospitales y, si es necesario, llega hasta Medicina Legal. Lo hace ella misma. “Son personas y merecen un entierro digno”, dice. En varios casos, han logrado ubicar a los familiares, incluso cuando se trata de personas extranjeras.
Esa realidad está atravesada por múltiples barreras. Muchos usuarios no tienen documentos, no están afiliados al sistema de salud o no son recibidos en instituciones por su condición. Otros no acceden a medicamentos o a especialistas, a pesar de que los síndromes de abstinencia pueden ser severos. En ese contexto, el dispositivo funciona como un puente que intenta abrir caminos donde normalmente están cerrados.
Una parte importante de quienes llegan son migrantes, muchos sin redes familiares. En esos casos, el equipo se convierte en su principal apoyo. No solo acompañan el consumo en condiciones más seguras, sino que ofrecen un espacio donde pueden hablar, comer o simplemente estar. A veces no vienen a consumir, vienen a no sentirse solos.
Detrás de este espacio hay más de una década de trabajo comunitario. Desde 2010, la organización comenzó a identificar el aumento del consumo inyectado y a implementar estrategias de reducción de riesgos, como el acceso a material higiénico y la prevención de enfermedades. En 2015, introdujo la naloxona en el ámbito comunitario y en 2023 dio un paso clave con la apertura de la primera sala de consumo supervisado del país.
Para el equipo, el objetivo es claro: prevenir muertes evitables y reducir daños asociados al consumo. Eso incluye disminuir la transmisión de VIH y hepatitis, evitar sobredosis fatales y reducir el consumo en el espacio público. “Esto no es alcahuetería”, dice Beatriz. “La problemática existe y lo que hacemos es encaminarla”.
Mujeres y hombres también buscan que los escuche. Foto:Carol Malaver / EL TIEMPO
El trabajo también se extiende a la relación con la comunidad. Uno de los acuerdos más importantes fue ayudar a retirar las jeringas del espacio público. Por eso, el equipo realiza jornadas de recolección en calle, buscando reducir riesgos y mantener la convivencia en el sector.
A pesar de los temores que suelen rodear este tipo de iniciativas, el programa no ha generado conflictos con los vecinos. Por el contrario, ha logrado construir una relación basada en el diálogo, el cumplimiento de acuerdos y la reducción del impacto en el entorno.
Sin embargo, los retos siguen siendo grandes. El programa no cuenta con financiación estatal y funciona gracias a la cooperación internacional, lo que limita su crecimiento y sostenibilidad. Por eso, Beatriz insiste en que es necesario reconocer la realidad. “El sol no se puede tapar con un dedo”, dice. Considera que deberían existir más espacios como este en la ciudad, capaces de reducir riesgos, salvar vidas y ofrecer alternativas reales frente a una problemática que está presente.
Al final del día, lo que ocurre en este lugar no se explica solo en cifras. Se entiende en lo cotidiano: en un café caliente, en una conversación, en una curación, en un abrazo. En un espacio donde, por un momento, quienes llegan dejan de ser señalados y vuelven a ser reconocidos como personas. Y en una ciudad que aún lucha por entender este fenómeno, esa diferencia también salva vidas.
CAROL MALA VER
SUBEDITORA BOGOTÁ
Escríbanos a carmal@eltiempo.com
















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