Dylan Altamiranda Arévalo, artista barranquillero de 32 años, abrió un correo que llevaba esperando desde que llegó a Francia en 2019: su nombre aparecía entre los 24 finalistas del Premio Pierre David‑Weill, un certamen de dibujo que, desde 1971, reconoce a los artistas jóvenes más destacados que trabajan este medio bajo criterios estrictos de técnica y pensamiento visual.
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El premio lo entrega la Académie des Beaux‑Arts (Academia de Bellas Artes), una institución fundada en el siglo XIX y heredera directa de las escuelas creadas por Luis XIV en el siglo XVII, lo que la convierte en uno de los organismos artísticos más antiguos y exigentes de Europa. Cada año participan cientos de artistas residentes en Francia —más de 230 en esta edición— y solo unos pocos logran pasar la preselección, enviar sus obras físicamente para evaluación y alcanzar el grupo reducido de finalistas.
Altamiranda, un artista latinoamericano formado inicialmente en la escena cultural de Barranquilla, figura en ese listado y encamina su trayectoria a realizar eco en una de las instituciones más prestigiosas del arte europeo.
La historia antes del dibujo
Altamiranda nació en Barranquilla en 1993 y creció en el barrio El Silencio. Sus primeros acercamientos al arte ocurrieron en los cursos infantiles de Bellas Artes dirigidos por la maestra Carmen Sierra Duarte, un espacio del que también salieron otros talentos del Caribe. Más tarde, en el colegio Humboldt, recibió el respaldo de un profesor que lo animó a estudiar arte cuando la expectativa académica apuntaba hacia carreras ‘más tradicionales’.
Dylan Altamiranda, artista barranquillero de 32 años. Foto:Suministrada a EL TIEMPO
Ingresó a la Universidad del Atlántico en 2010, pero siempre tuvo la sensación de que el arte estaba lejos, en los libros de historia que leía desde niño y en los museos europeos que solo conocía por imágenes. Esa distancia, que en principio era una especie de idealismo adolescente, se volvió una convicción más concreta cuando salió de Bellas Artes.
Tras graduarse en 2015, Altamiranda se mantuvo activo en la escena local: impulsó proyectos independientes con el espacio Cubo Abierto, trabajó en curaduría en el Museo de Arte Moderno de Barranquilla y se involucró en múltiples iniciativas artísticas que lo llevaron, como él mismo reconoce, a desempeñar “un poco de todo” dentro del ecosistema cultural de la ciudad.
Sin embargo, con el tiempo advirtió que las oportunidades para crecer profesionalmente eran limitadas y que el mercado local no le ofrecía un camino claro para vivir exclusivamente de su trabajo. Para entonces ya había estudiado francés y veía en Francia un lugar que siempre lo había atraído.
Con esa mezcla de búsqueda, necesidad de expansión y deseo de ponerse a prueba en otro contexto y decidió migrar en 2019 para continuar su formación y ver si podía sostener su obra en un escenario distinto al de Barranquilla.
Un premio que se construyó de a poco
Altamiranda conoció el Premio Pierre David‑Weill desde que llegó a Francia. Durante los primeros años estudió a quienes quedaban seleccionados, la naturaleza del concurso y el nivel de exigencia. En 2025 se presentó por primera vez, sin éxito. Lejos de verlo como un revés, entendió que su obra necesitaba madurar.
Altamiranda durante su residencia en Ámsterdam. Foto:Suministrada a EL TIEMPO
“Sentí que no tenía nivel. Era consciente que mis dibujos no eran grandes candidatos, pero como decimos en Barranquilla: la peor vuelta es la que no se hace (…) Así que la hice y definitivamente me sirvió”, cuenta en entrevista con EL TIEMPO.
Al ser consultado por lo que tuvo que cambiar para “subir el nivel”, nos contestó que todo ocurrió tras una residencia artística en el Netherlands Institute for Advanced Study, en Ámsterdam, donde trabajó durante un mes en investigación y desarrollo de ideas. Allí surgió la base de la serie “Variaciones”, con la que decidió presentarse nuevamente al premio en el año 2026. Esta vez tenía la certeza de haber alcanzado el nivel técnico y conceptual que el certamen exige.
La pieza finalista, Variaciones (Jan Jansz Mostaert…), es un dibujo en carboncillo sobre papel Fabriano que parte de una pintura del siglo XVI, considerada la primera representación europea del “Nuevo Mundo”. En la obra original, de Jan Jansz Mostaert, aparecen conquistadores, indígenas y escenas imaginadas por un pintor europeo del siglo XVI.
La obra original que inspiró el dibujo de Altamiranda. Foto:Wikipedia
Altamiranda hizo un gesto clave y suprimió todas las figuras humanas y animales. Conservó únicamente el paisaje, un territorio inventado, construido desde la distancia y la ficción. Ese vacío revela la naturaleza imaginada del escenario y cuestiona los archivos visuales que moldearon la idea de América.
El artista ha explicado que el dibujo busca evidenciar cómo la historia, tal como fue representada por Europa, se sostiene en capas de ficción, selección y silencios. En su trabajo, el dibujo funciona como herramienta de estudio, interpretación y análisis crítico de imágenes coloniales.
El valioso lugar entre los finalistas
La selección como finalista implica haber superado una preselección inicial, el envío físico de la obra y la evaluación del jurado de la Academia. En este certamen, muchos de los artistas que obtienen los premios principales lo logran después de varios intentos. Para Altamiranda, figurar entre los finalistas en esta etapa de su carrera es un reconocimiento de peso y un punto de partida para nuevas postulaciones.
La obra de Dylan, escogida entre las mejores del importante concurso francés. Foto:Suministrada a EL TIEMPO
Nacido en Barranquilla, formado en la Universidad del Atlántico y estabilizado profesionalmente en París, el artista ha construido una línea de trabajo que combina rigor técnico con investigación histórica. Su selección en este premio lo posiciona en el panorama europeo del dibujo contemporáneo y confirma la proyección de una obra que aún está en construcción.
Altamiranda continúa trabajando desde París, vinculado a espacios de residencia y producción artística. Su intención es seguir desarrollando su investigación sobre archivo, imagen y memoria histórica, y volver a presentarse al premio mientras esté dentro del límite de edad.
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Para él, este reconocimiento es la confirmación de que su trabajo ha tomado dirección y que puede seguir creciendo en la escena internacional. Orgullo barranquillero y, ahora, un referente nacional.
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