“Los rolos no saben de salsa”. Este es un mito muy común y un poco regionalista, pero desde hace años su variedad de bares ha logrado unir culturas ahora propias de la capital.
Es un viernes cualquiera, la noche es acompañada de una lluvia con brisa helada como es común en la ciudad; sin embargo, el clima no les impide a los ciudadanos de Bogotá caminar en las calles del centro, en busca de buena música y buen ambiente; no importa la hora, en la esquina cerca de la Universidad de los Andes, grupos de amigos, parejas o familia ingresan al ver un letrero que dice ‘El Goce Pagano’.
—Conozco el bar por la universidad hace 25 años, me encanta venir a bailar salsa.
—Amigos que sabían del sitio fueron los que me trajeron hace aproximadamente unos 30 años.
Entre hombres y mujeres cuentan cómo desde hace mucho tiempo conocen y vienen a este bar, pero ¿por qué la salsa, pero más específicamente, por qué Bogotá se ha convertido en una ciudad con cultura salsera?, llena de bares y academias de baile que invitan a los conocidos “rolos” a escuchar, sentir, vivir y amar este género.
Para la década de los 70, la capital era igualmente un gran puerto, gracias a su aeropuerto internacional; así como por Barranquilla en barco llegaban inmigrantes, de la misma manera a tierras andinas llegaban otros tantos, entre ellos estaban los artistas que buscaban disqueras y lugares donde pudieran esparcir esa sensación y alma, de los ritmos afroantillanos desde pachanga hasta boogaloo y son
Así llegó a la ciudad este mundo con casetas regadas que vendían vinilos por su reconocido sector del centro, junto con uno de los medios más emblemáticos de la comunicación para el pueblo colombiano, la radio, desde donde el viejo Mike, un barranquillero con 80 años y que con su micrófono en la emisora Capital Radio’ llenaba de música nueva y, en algunos aspectos, como del bajo mundo, los oídos de muchas familias capitalinas transformando tradiciones, culturas y emociones.
Mientras tanto, en El Goce Pagano, la diversidad de personas por su edad o lugar de nacimiento las reúne en el centro de la pista, con un techo y ventanales que daban a las estrellas de un cielo negro, bailaban al son de los vinilos que el DJ decidía poner entre cientos que tenía en su esquina, donde para muchos transmitía magia; aquella con la que la mayoría de visitantes se sienten identificados, gozan cada paso, cada vuelta y, así algunos no sepan bailar como profesionales, comparten en un lugar que las diferencias no existen más. Pues el corazón y el alma se unen para convertirse en uno solo al ritmo de “Tú me hiciste brujería, me quieres mandar pa’ la tumba fría, tú me hiciste brujería bruja, bruja, brujita”.
“Es un género con mucho color, musicalmente la salsa nos identifica como latinos, reúne toda la mezcla indígena, blanca y negra que llegó, está y sigue presente en nuestra cultura, porque nuestra forma de vida es así, porque nuestro color de piel es así, la salsa representa perfectamente esta mezcla, finalmente es un ritmo tremendamente alegre, es para gozar la vida”. Así es como cuenta Saúl Naranjo, el gerente de El Goce Pagano desde hace 14 años, herencia de su padre y abuelo.
La salsa es una música que aparece por toda la ciudad Foto:Archivo particular
Es posible que para los años 80 en otras discotecas también muy conocidas como La Jirafa Roja, La Montaña del Oso y Quiebra Canto hubieran estado generaciones de padres y abuelos sintiendo en sus venas la llamada salsa de “vieja guardia”; quienes descubrieron los famosos sitios en la capital u oyeron mencionarlos coinciden en que de ahí forjaron su gusto y pasión por la música tropical y el género ya dicho.
Su impacto en los diversos públicos fue crucial para unificar sectores de Bogotá. La festividad de la salsa y la educación sentimental que se ha generado lograron convertirla casi en otra capital salsera, como ya lo es Cali, la gran Sucursal del Cielo. La cartografía sensible, como la llaman Nelson Gómez y Jefferson Jaramillo, escritores del libro Salsa en Bogotá, ayudó a identificar los ritmos más sabrosos, los de más golpe, los mejores bailarines, el mejor sonido, los mejores programadores, los lugares a los que iban las mujeres más bellas, los más “pesados” y los “más elegantes” de la rumba.
Los coleccionistas
De la misma manera llegaron los melómanos y coleccionistas, de vinilos como lo es Enrique Moreno, creador del blog Mundo salsero, ahora también una emisora dedicada el 80 por ciento a salsa nueva. Quique, desde sus 17 años, ahorraba dinero de sus onces para ir a las casetas del centro y poner música al mismo tiempo que grababa otras canciones, consiguiendo luego su primer trabajo de portero, mesero y disc jockey, cada vez captando más amor y fervor para ese tipo de género, lleva casi 40 años comprando música desde distintos formatos.
La evolución de los ritmos y las melodías va acompañada de la misma sociedad que ha logrado generar tras muchos años diversidad de sonidos para distintos públicos; asimismo, la salsa ha sido clave como factor intergeneracional que ha brindado a miles de bogotanos la posibilidad de generar sentimientos que tal vez ningún otro género ha producido.
Con toda esta revolución que logró la salsa llegó una chica muy joven, Sara Sofía, selectora de esta y que conocen en el medio como la Nena Magdalena, quien con sus redes sociales empezó a contar historias, esas que se escuchan en la salsa, intentando documentar y divulgar lo que no todos conocen, y menos las nuevas generaciones, aunque día a día recibe comentarios como: “Ella qué va a saber de salsa si no nació en esa época, qué va a saber de la salsa si nació en Bogotá…”, sus objetivos y sueños son claros, poner a la gente a bailar llorando, una frase muy usada por ella.
“La salsa te habla de historias tristes, a veces terribles, pero musicalmente es todo lo contrario, con ella se tramitan los sentimientos y las emociones de manera distinta”.
Sigue la rumba
Un sábado en la madrugada, por la carrera 4.ª con 17, un bar relativamente nuevo abre sus puertas a todo tipo de público aficionado por la salsa, pero aún más importante: a talentos nuevos que quieren accionar el tocadiscos con sus vinilos favoritos, uno de sus fundadores, Cristian Quevedo, divisa a su gente bailar y disfrutar los ritmos en la pista de lo que es ritmo moderno.
“Entendemos que si bien Bogotá es un lugar en que pululan los lugares nuevos, siempre hay ausencia de espacios que les abran una tarima o una vitrina a sonidos nuevos, justamente creer en el talento local nos impulsó a abrir este lugar”.
La fría y oscura cuidad, para muchos conocida como la Nevera, en las localidades brilla por sus trompetas y timbales que suenan en los lugares, algunos más recónditos que otros; los letreros de sus nombres abren las puertas a miles de bogotanos, extranjeros o cualquiera al que le guste bailar, conectar a través de la música salsera; van por aprender, por descubrir, por apoyar el arte y su cultura creada alrededor de este.
Porque la salsa —dicen— está muerta, pero en realidad viven de generación en generación, muchos han firmado su acta de defunción, pero nunca lo logran, sigue viva y así seguirá por siempre.
















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