El colombiano que confía en alguien que piensa distinto, que se informó de otra manera o que creció en condiciones diferentes, hoy es una especia en vía de extinción. Solo 2 de cada 10 colombianos están dispuestos a hacerlo. Esa es una de las conclusiones del ‘Edelman Trust Barometer 2026‘, publicado por la firma de investigación Edelman Data & Intelligence (DxI), una medición anual que desde hace más de dos décadas monitorea el estado de la confianza en más de 25 países.
Este año, el retrato que traza sobre Colombia es el de una sociedad que encontró en lo cercano su principal refugio ante un entorno que genera cada vez menos certezas.
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El vecino sí, el Estado no
La confianza en Colombia no desapareció. Solo cambió de dirección.
Ocho de cada diez trabajadores colombianos dicen confiar en su propio empleador. En el entorno cercano -la familia, los amigos, el colega de escritorio- la confianza está presente. Pero en cuanto la mirada sube hacia las instituciones, la percepción se endurece.
El gobierno apenas logra que 34 por ciento de los colombianos confíe en él. Los medios de comunicación alcanzan 45 por ciento, y las ONG llegan a 50 por ciento. Solo las empresas privadas superan el umbral que los investigadores consideran positivo, con 65 por ciento. Una diferencia que dice mucho sobre dónde los colombianos sienten que alguien, al menos, los está escuchando.
Las empresas privadas superan el umbral de confianza, llegando a niveles positivos. Foto:IStock
Hace una década, un colombiano de ingresos bajos y uno de ingresos altos no confiaban igual en las instituciones, pero la diferencia era manejable: 6 puntos porcentuales. Hoy esa distancia se duplicó y llegó a 15.
Lo que eso revela es que el país no vive una sola crisis de confianza, sino varias al mismo tiempo, dependiendo del bolsillo. Quienes tienen más recursos confían más en el sistema. Quienes tienen menos, lo miran con más recelo. Una fractura que no para de ensancharse y que convierte a Colombia, según la medición, en una sociedad con realidades institucionales cada vez más paralelas.
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El precio de no ponerse de acuerdo
Esta desconfianza no es solo un termómetro social: tiene costos concretos dentro de las empresas y en la economía.
Un tercio de los empleados colombianos preferiría cambiarse de área antes que trabajar bajo las órdenes de un jefe con valores muy distintos a los suyos. Uno de cada cuatro reconoce que bajaría el ritmo en un proyecto si quien lo lidera piensa diferente. No es pereza: es desconfianza disfrazada de desmotivación.
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A esa desconfianza interpersonal se suma otro dato que debería encender alarmas: los colombianos cada vez se exponen menos a ideas políticas distintas a las propias.
Solo 36 por ciento consulta al menos una vez por semana fuentes con una orientación política diferente a la suya. Un año atrás, ese porcentaje era 9 puntos más alto: se encontraba en el 45 por ciento. La burbuja se está inflando, y la velocidad con la que lo hace es una de las alertas.
¿Quién tiene que arreglar esto?
Los colombianos tienen claro a quién le corresponde tender puentes: al Estado. Ocho de cada diez lo esperan del gobierno. El problema es que solo uno de cada tres siente que ese esfuerzo realmente está ocurriendo. Una brecha de 47 puntos entre la expectativa y la realidad que, en cualquier país, sería una señal de alarma.
El presidente Gustavo Petro, jefe mayor del Estado. Foto:Presidencia
Las empresas privadas salen mejor libradas. Tres de cada cuatro colombianos creen que deben ayudar a reconstruir la confianza social, y 63 por ciento siente que efectivamente lo están haciendo. No es un resultado perfecto, pero en el contexto actual, es el más cercano a aprobado.
Solo 39 por ciento de los colombianos cree que la próxima generación va a vivir mejor que la actual. Una cifra que no sorprende en un país donde confiar ya cuesta, y donde creer en el futuro se está convirtiendo, también, en un privilegio.
MARÍA ALEJANDRA MORENO FLÓREZ
Escuela de Periodismo Multimedia EL TIEMPO / Redacción Política
















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