La primavera llegó este año a Alemania con acento colombiano. Desde Hamburgo hasta ciudades pequeñas donde la rutina discurre entre tranvías, vitrinas sobrias y fachadas contenidas, más de 2.000 tiendas de dm-drogerie markt comenzaron a poblarse de flores, tallos, pétalos, espejos convertidos en jardines y superficies que parecen respirar.
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En las vitrinas, en las bolsas de compra, en los afiches, en las postales que aún se envían por correo, apareció un universo visual que desbordó color y movimiento en uno de los espacios más cotidianos de la vida alemana: la droguería.
Detrás de esa explosión cromática está la mano de la bogotana Gina Rosas Moncada, la primera artista latina elegida por la cadena para intervenir su campaña nacional de primavera.
Bajo el concepto ‘Garden of Transformation’, la ilustradora convirtió el autocuidado en una escena viva: tocadores transformados en césped, organizadores que brotan como tallos, flores que abrazan espejos y cosméticos. Pero detrás de ese jardín luminoso hay una historia más profunda: la de una mujer que convirtió la nostalgia de la migración en un lenguaje visual capaz de habitar el paisaje cotidiano de todo un país.
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La historia, en realidad, empezó mucho antes de Hamburgo, en una Bogotá íntima donde dibujar era una forma de estar en el mundo. Gina recuerda que, mientras transcurrían reuniones familiares o tardes con sus primos, ella siempre terminaba refugiada en un papel, una servilleta o un pedazo de plastilina.
“Siempre me acuerdo de estar en reuniones con mis tías y yo ahí dibujando”, cuenta. Esa inclinación temprana no apareció sola: creció en una casa donde el gesto manual era una forma de afecto.
Su mamá, Mercedes Moncada, y sus tías María Clara y María Cecilia convirtieron el arte en algo cercano, cotidiano, profundamente amoroso.
Había tarjetas pintadas a mano, regalos intervenidos, acuarelas, tejidos y celebraciones donde la belleza estaba en el detalle hecho con paciencia. “Ellas siempre han estado ahí, apoyando el sueño”, dice Gina, y en esa frase cabe mucho más que gratitud.
En un oficio tantas veces mirado con escepticismo, ellas fueron las primeras en entender que el dibujo no era un pasatiempo, sino una forma de vida.
“Nunca han dudado. Entienden muy bien el valor de lo que hago”, dice sobre esas tres mujeres que han sostenido silenciosamente su carrera, incluso cuando esa carrera implicó irse lejos.
Actualmente, sus diseños cubren más de 2.000 tiendas en toda Alemania. Foto:Cortesía.
Antes de llegar a la ilustración, Gina transitó por un camino que parecía más estable y predecible. Estudió medios audiovisuales con énfasis en diseño gráfico en Colombia y trabajó varios años en publicidad.
Aprendió el rigor del diseño aplicado, la lógica comercial de la imagen, la estructura de lo funcional. Sin embargo, en medio de esa ruta apareció una incomodidad persistente, la intuición de que faltaba algo más cercano al gesto manual, a la libertad del dibujo, a una relación menos instrumental con la imagen.
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“Me sentía frustrada en el trabajo”, recuerda. Sabía que quería un camino más artístico, aunque todavía no supiera exactamente cómo se llamaba. Ese nombre apareció en Alemania.
Llegó en 2015, guiada por la sugerencia de un primo que vivía en Berlín y por la certeza de que allá podía encontrar una educación distinta. Terminó en Hamburgo, en la Universidad de Ciencias Aplicadas, cursando un segundo pregrado, esta vez en ilustración. “Apenas entré, dije: esto es lo que realmente me gusta”, recuerda.
La formación le permitió moverse entre la técnica y la intuición, entre el grabado, la tinta, la experimentación y el collage digital. Pero más allá de la academia, hubo una fuerza silenciosa que terminó modelando de verdad su voz artística: la experiencia de migrar.
“Cuando uno migra, uno se queda desnudo”, dice, y pocas frases resumen con tanta precisión el despojo que implica partir. La distancia de la familia, la ausencia de amigos, la necesidad de volver a construir redes y sentido en otra lengua, en otro clima, en otra cultura, la obligaron a mirarse de una forma distinta. La nostalgia, lejos de inmovilizarla, se convirtió en detonante creativo.
La historia de Gina Rosas inicia en Bogotá, junto a su mamá y tías con las que se acercó al arte. Foto:Cortesía.
Durante los primeros años en Alemania, empezó a buscar a Colombia dentro de sus propias imágenes, como una forma de acercarse a lo que extrañaba. “Todo eso era una forma de sentir a Colombia un poquito más cerca”, dice.
Así comenzaron a aparecer las referencias a parteras, pescadores, músicas, vegetación exuberante, escenas populares y atmósferas tropicales que hoy son parte esencial de su estilo. La memoria del país se fue filtrando en las flores, en las hojas, en las texturas y, sobre todo, en el color, que terminó siendo una de sus marcas más poderosas.
Explosión del color
Ese uso del color tiene una raíz profundamente colombiana. Hace poco, durante una visita a Bogotá, Gina volvió a recorrer Paloquemao y algunas tiendas de barrio, y confirmó algo que ya intuía: buena parte de su paleta viene de esa explosión visual cotidiana con la que creció.
“Uno entra a una tienda y es una explosión de color, de texturas, de muchísima información”, explica. Frutas, flores, empaques, avisos, capas de objetos, calor visual: todo eso se convirtió en un archivo emocional que hoy viaja con ella.
En Hamburgo, donde el gris y la contención dominan el paisaje, esa diferencia se volvió una fortaleza. Un profesor se lo dijo temprano, en sus primeros semestres: “Gina, usted nunca vaya a cambiar la forma en que usa el color”.
La frase terminó convertida en una brújula. Más que adaptarse a una estética europea sobria, entendió que su singularidad estaba precisamente en esa mirada latinoamericana que no teme a la intensidad. “Ser diferente en Alemania tiene muchísimos beneficios”, dice. Luego lo resume de la forma más luminosa: “Es un superpoder”.
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Ese “superpoder” terminó siendo decisivo en el proyecto que hoy la tiene desplegada por toda Alemania. La colaboración con dm no fue un golpe de suerte, sino el resultado de insistir. Participó por primera vez en 2023 en un pitch cerrado al que la marca invita a pocos ilustradores del mundo. No quedó. Volvió a intentarlo a finales de 2024 y tampoco fue seleccionada.
La tercera vez, cuando el cliente volvió a recordarla, decidió que esa oportunidad tenía que ser la definitiva. “Yo dije: esta ya es la vencida”. Y lo fue. La propuesta coincidía perfectamente con su universo: la primavera como estación de renuevo, el deseo de probar algo nuevo en el cuidado personal, la idea del espejo como un espacio de juego.
“Quise cambiar esos objetos inertes por flores, por pasto, por tallos”, explica. El resultado fue un jardín donde el acto cotidiano de maquillarse o cambiar de color de cabello se convierte en una celebración íntima del cambio.
La campaña tomó alrededor de seis meses de trabajo y se desplegó en vitrinas, bolsas de papel, bolsas plásticas, postales, afiches interiores y exteriores. A pesar de la escala, Gina nunca perdió de vista la emoción mínima que buscaba despertar: “Me gusta que la gente lo vea y sonría, que diga: ‘ay, tan bonito’”.
Su recorrido como migrante no ha sido solo individual. Gina reconoce el papel que ha tenido el acompañamiento de la embajadora Yadir Salazar, quien ha abierto convocatorias y espacios para la diáspora artística colombiana en Alemania.
Para ella, ese respaldo ha sido fundamental no solo para visibilizar su trabajo en Colombia, sino para sostener el sentido de pertenencia en la distancia. “Uno afuera siente que ahí es donde pertenece más”, dice sobre el apoyo de la embajada y su equipo.
Esa red institucional se suma a otra todavía más íntima: la de su novio, el también ilustrador colombiano Andrés Muñoz, con quien llegó a Alemania y compartió la formación en Hamburgo.
Gina lo nombra como “un bastón súper grande”, una presencia decisiva en los momentos de duda, en los bloqueos creativos y en la presión que implican proyectos de gran escala.
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“Me ha ayudado a creer más en mí”, dice, y en esa frase hay una verdad silenciosa sobre las carreras artísticas: muchas veces se sostienen también en la confianza que alguien más presta cuando la propia flaquea.
Hoy, con una carrera consolidada en Europa y proyectos para marcas internacionales, Gina sigue imaginando a Colombia como un lugar de regreso. No se ve envejeciendo en Alemania.
Se sueña volviendo por temporadas largas, trabajando desde Bogotá, creando talleres, encuentros y espacios presenciales donde la ilustración recupere la conversación, el cuerpo y la experiencia compartida. Hay algo profundamente revelador en ese deseo: después de haber convertido la distancia en motor creativo, ahora quiere que esa distancia se acorte desde la práctica y desde el intercambio con el país que sigue latiendo en su obra.
Gina llegó a Alemania en 2015 junto a su novio, con quien comparte profesión. Foto:cortesía.
Su historia, por eso, no es solo la de una colombiana exitosa en el exterior. Es la de una artista que entendió que el origen no desaparece con la migración, sino que se vuelve más nítido.
En sus flores siguen estando las manos de María Clara haciendo tarjetas; en sus texturas, la sensibilidad de Mercedes y María Cecilia; en su persistencia, la compañía de Andrés; en su camino migrante, el respaldo de la embajada; y en cada una de esas vitrinas alemanas donde hoy florece la primavera, persiste también una idea más honda: Colombia viaja en la mirada de quienes se van.
El verdadero logro de Gina Rosas no está solo en haber llenado de color 2.000 tiendas en Alemania, sino en haber demostrado que la nostalgia puede convertirse en belleza, que la diferencia puede ser una forma de potencia y que la identidad, cuando se asume sin concesiones, termina por abrirse camino incluso en los paisajes más grises.
Al final, mientras Alemania mira sus flores, lo que en realidad está viendo es una forma de Colombia que se niega al olvido: la que sobrevive en la memoria, la que se transforma en arte y la que, incluso a miles de kilómetros, todavía sabe exactamente cómo florecer.
Ángela María Páez Rodríguez
Redacción Impreso
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