La periodista Lariza Pizano presentará en la Feria del Libro de Bogotá su libro En el nombre del padre, un trabajo sobre la orfandad que deja la violencia y cómo esta ha marcado la historia de la política colombiana.
La obra periodística está compuesta de entrevistas de los protagonistas de las dolorosas historias de violencia que no solo cargan con una ausencia personal, sino con el peso simbólico de representar muertos que el país también siente como propios. Son ellos, María José Pizarro, Juan Manuel Galán, Juan Fernando Cristo, Aníbal Gaviria e Iván Cepeda –protagonistas de la actual contienda electoral– quienes a través se conversaciones íntimas narran lo que ha sido su vida, sus luchas y cómo han sobrellevado esa herencia de dolor.
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A continuación, un fragmento de la conversación con el exministro Yesid Reyes, hijo del presidente de la Corte Suprema de Justicia Alfonso Reyes Echandía, quien narra su angustia infinita, cuenta cómo desde unas semanas antes sabía que algo grave iba a ocurrir en el Palacio y desnuda a los mentirosos y a los traidores.
Su papá cumplió 40 años de haber muerto en plena retoma del Palacio de Justicia. Durante ese tiempo, ¿cómo ha tramitado el duelo?
Como pasa con todas estas pérdidas, al comienzo es muy difícil entender que realmente pasaron. Uno está un día con un ser querido y al otro día está sin él y entonces empiezan a surgir miles de preguntas. ¿Por qué? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a él? ¿Qué habría pasado si papá se hubiera demorado cinco minutos en clase? ¿Cuál habría sido su destino si en el Palacio de Nariño se hubiera tomado otra decisión? ¿Es cierto todo lo que pasó? ¿Cuáles habrían sido los posibles desenlaces? Esas preguntas se repiten constantemente en las primeras fases del duelo y creo que se deben a una manera de cuestionar la ausencia. Y después de eso, el hecho de que yo hubiera conocido rápidamente lo que pasó en el Palacio, me ayudó a tramitar la pérdida. Me ahorró el proceso de buscar lo que realmente pasó. Yo siempre tuve, desde relativamente pequeño, muy claro qué quería hacer en la vida, qué era lo que me gustaba. Y muy rápidamente decidí que me tenía que dedicar a lo que hago, al derecho penal y a la academia, porque finalmente mi padre se dedicó a eso. Él era mi ejemplo, una persona que estaba permanentemente dedicada a leer, a escribir, a dictar clases, a debatir sobre los temas que le gustaban. Un hombre con una profunda conciencia social de cómo el derecho y el derecho penal debían estar al servicio de la sociedad.
¿De qué manera ese recuerdo de su padre impactó el proceso del duelo?
Decidí que realmente si uno le pudiera hacer un homenaje a una persona como papá, que para mí quedó truncado en su vida profesional, era intentar seguir, continuar el trabajo de él. Esa fue mi decisión a los 27 años, edad que tenía cuando él murió. Entonces yo ya estaba graduado y sabía qué esperar de mi oficio.
La de su padre fue una muerte pública y publicada, fue una muerte casi en vivo y en directo. Todo el país lo oyó rogando que el Gobierno promoviera un cese del fuego para evitar la matazón en el Palacio. ¿De qué manera esa mediatización –oírlo en vivo y en radio— terminó afectando su visión de lo sucedido?
Fue un tema muy complejo por muchas razones. Por ejemplo, yo ya trabajaba como abogado y tenía un cliente que estaba preso en La Picota, y tenía contacto con quienes estaban en lo que entonces se conocía como el pabellón de los extraditables. Cuando comenzó en los ochenta la gran discusión sobre si los narcotraficantes podían ser extraditados a Estados Unidos, se generó un gran revuelo en el país, jurídicamente, porque se discutía la validez del tratado de extradición.
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Y desde el punto de vista del orden público, los extraditables dijeron que preferían una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos y empezó una gran presión de los carteles del narcotráfico contra las extradiciones, que fue lo que llevó a la muerte del ministro Rodrigo Lara Bonilla, entre otros. Cuando capturaron a los primeros sindicados de conformar bandas de narcotráfico, buscaron un sitio para ubicarlos y crearon en La Picota un pabellón con medidas de seguridad especiales. Un día, en octubre de 1985, en una de esas visitas, el cliente me dijo: “oiga, ¿su papá dónde va a estar en dos semanas?”. Le dije que en Italia, probablemente en Roma, porque tenía una conferencia allí y otra en España. Me sugirió que le recomendara adelantar el viaje pero cuando le dije que no se podía porque era una invitación de la Universidad de Roma, me aseguró: “sería mejor que él no estuviera en Bogotá”. Y ojo, ahí comenzó toda esa historia. Le dije que me explicara, “me dijo, mira, Yesid, con lo que te estoy diciendo, me estoy jugando mi vida, no me pidas que te diga más, pero haz lo posible por que tu papá no esté la otra semana en Colombia”.
Entonces yo salí asustado, me monté al carro y le comenté a mi papá. Él repuso: “mire, nos amenazan todos los días” y me mostró algo que yo no había visto jamás, sufragios que él tenía guardados, que le mandaban, y concluyó: “pues, en este país estamos en esta situación y con eso tenemos que vivir”.
Yesid Reyes, exministro de Justicia. Foto:John Jairo Bonilla/El Tiempo
¿Su papá normalizó que en un país como Colombia la gente amenace y sea amenazada?
Sí, evidentemente vivía preocupado, como me imagino todos los demás magistrados y más que normalizar, fue realista al decirme que eso era lo que estaba pasando. A los pocos días, el 31 de octubre, lo llevé al aeropuerto pues él tenía una conferencia en Bucaramanga. De subida por la calle 26, que es el camino hacia y desde el aeropuerto, paré donde el director general de la policía, que era Víctor Alberto Delgado Mallarino, quien, además, había sido amigo cercano y pupilo de papá y le conté la situación. Él sí pareció normalizarla.
No necesito buscar más la verdad porque tengo conciencia de que tuve la verdad antes de los sucesos. Las investigaciones pueden decir lo que quieran, pero tengo clarísimo que el narcotráfico le dio dinero al M-19 para tomarse el Palacio de Justicia, porque pasó como se lo estoy contando. También fui testigo de que no hubo orden de cese del fuego a pesar del ruego de los magistrados, y de que hubo censura oficial. Cuarenta años después, la financiación de la toma por parte de los extraditables sigue siendo una hipótesis de investigación, pero así fue.
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¿Con Noemí Sanín, otro de los personajes de esta historia, ha hablado del tema?
Sí. Aparece de vez en cuando. O me manda un mensaje o me la encuentro en la librería Lerner. Y siempre me dice que tenemos que hablar. No tengo claras las cosas que ella me va a contar y me va a explicar, pero tengo mi verdad y no me interesa reinterpretar otra. Cada cual con su conciencia y sus responsabilidades.
Y con el presidente Betancur, ¿cómo fue su relación después de que no hubo cese del fuego?
Con el presidente Betancur coincidí cuando yo era ministro de Justicia. No lo conocía hasta que un día lo vi en una reunión en el Palacio de Nariño y él empezó a caminar en dirección a mí. Yo creo que un poco distraído, no me había visto. Y en algún momento él levantó la cabeza y me vio. Lo sentí dudando y decidí acercármele. Le dije: “presidente Betancur, ¿cómo está?” y me dijo: “Bien, doctor. Bien”. Siguió caminando y de pronto volvió hacia mí, me paró, me agarró el brazo y me dijo “Usted es una buena persona” y se fue. Sentí que algo pasó por su cabeza y que me mandaba una especie de señal. Por eso un año después, en medio de las negociaciones del proceso de paz de La Habana hablé con mi hermano y le dije: “estoy pensando en hacer un acto en el que estén Betancur y Antonio Navarro, en su condición de exlíder del M-19, y que estemos nosotros, para así poder hablar de todo lo que pasó en la toma del Palacio de Justicia.
A pesar de no buscarla, el tema de la verdad siempre ha rondado en su vida profesional y personal. Siempre ha sido un hilo conductor, ¿no?
Sí. Las cosas ocultas, pero que siempre han salido a la luz. No tengo con eso ninguna obsesión, con conocer mi verdad personal porque, como lo he insistido en esta entrevista, yo tengo claro qué pasó. He leído diez informes de distintas comisiones, juzgados y fiscalías y yo tengo claro qué pasó. A mí no me no me distrae, digamos, el resultado de una comisión o de una investigación que diga que las cosas pasaron de una manera u otra, porque yo sé exactamente cómo pasaron.
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¿Algo más en perspectiva sobre la relación entre el recuerdo de su padre y su reflexión sobre el duelo?
Quiero decir algo más en torno a la paz, que hace que toda la historia de la que he hablado en esta entrevista tome un sentido adicional. Es en la búsqueda de la paz donde finalmente empata toda una vieja historia de papá. El salió muy joven de Chaparral, un pueblo del sur del Tolima, porque cuando encontró a su amigo asesinado se dio cuenta de que ahí no había opción de ninguna naturaleza. En Bogotá se abrió campo en la vida como desplazado. Años después su tesis de grado en la Universidad Externado de Colombia, cuando se recibe como abogado, es sobre la violencia en el Tolima y en la región del Sumapaz. Él tenía siempre en la cabeza cómo resolver los problemas de la violencia y la delincuencia, y eso lo acompañó toda la vida. Y esa inquietud yo la aprendí de él desde muy joven y de alguna manera para mí eso era parte de lo que tenía que seguir haciendo. Vuelvo a la respuesta inicial a esta entrevista. Caigo en la cuenta de que finalmente él está muerto y digo: “pues lo que hay que hacer es seguir trabajando por lo que él trabajó”. Así es como finalmente decido seguir en la academia y termino metido en un proceso de paz con un grupo guerrillero, cuando por un grupo guerrillero terminó papá muerto.
LARIZA PIZANO
Para EL TIEMPO
















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