La forma en la que entendemos la infancia ha dado un giro de 180 grados en el último medio siglo. Mientras que hoy predomina un modelo de crianza centrado en el bienestar inmediato y la protección constante, quienes crecieron en las décadas de 1960 y 1970 vivieron una realidad marcada por la exigencia y una libertad que, a ojos actuales, resultaría impensable.
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Según diversos análisis en el ámbito de la psicología, este contexto forjó un tipo de resiliencia que hoy pasa desapercibida, pero que explica la notable capacidad de resolución de problemas en los adultos de mayor edad. No fue una fortaleza buscada por los padres de entonces, sino una respuesta necesaria ante un entorno donde la salud emocional apenas se tenía en cuenta.
La disciplina marcó a una generación que hoy destaca por su adaptación. Foto:iStock
Una autonomía nacida de la necesidad
En aquellos años, la disciplina era la norma y la máxima de que “la letra con sangre entra” todavía resonaba en muchas aulas.
La supervisión adulta era mínima comparada con los estándares actuales; los niños pasaban gran parte del día resolviendo sus propios conflictos en la calle, asumiendo responsabilidades domésticas desde edades tempranas y gestionando el aburrimiento sin pantallas de por medio.
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Este proceso encaja con lo que los especialistas denominan «inoculación al estrés». Al enfrentarse a dificultades moderadas de forma autónoma —como volver solos a casa o negociar reglas en un juego sin mediación de los padres—, estos menores fortalecieron su adaptación a largo plazo. Desarrollaron habilidades clave como la tolerancia a la frustración y una autorregulación emocional basada en la experiencia pura.
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El choque con el modelo de crianza actual
El contraste con el siglo XXI es total. En la actualidad, los menores crecen en entornos altamente controlados donde los adultos intervienen con rapidez para evitar cualquier tipo de malestar o fracaso. Si bien esta protección nace de una intención positiva, algunos expertos advierten sobre las consecuencias de este cambio.
La falta de desafíos reales en la infancia moderna podría estar limitando el desarrollo de herramientas emocionales fundamentales. Hoy es cada vez más frecuente observar dificultades en los jóvenes para aceptar un «no», respetar figuras de autoridad o gestionar la frustración, conductas que preocupan a educadores y familias por igual.
La dureza educativa también dejó secuelas en la expresión emocional. Foto:iStock
La sombra de la dureza extrema
Sin embargo, los psicólogos aclaran que la educación de los años 60 y 70 tampoco era el ideal. Esa resiliencia tuvo un costo elevado: la represión de los sentimientos. Muchas personas criadas bajo ese régimen de dureza presentan hoy serias dificultades para expresar sus emociones o pedir ayuda, debido a la norma implícita de tener que «arreglárselas solo».
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La lección que dejan estas décadas no es la de volver al autoritarismo, sino la de encontrar un punto medio. La fortaleza psicológica no debería construirse a costa del bienestar emocional. Hoy, el consenso académico sugiere que el equilibrio perfecto reside en combinar la comprensión y el afecto con límites claros y retos que permitan a los niños tropezar y levantarse por su cuenta.
*Artículo desarrollado con apoyo de IA y revisado por un periodista.
















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