La política colombiana asiste hoy a uno de los episodios más turbulentos dentro del círculo de confianza del presidente Gustavo Petro. Lo que comenzó como una serie de fricciones administrativas en el Fondo de Adaptación ha escalado a una crisis de denuncias cruzadas, espionaje interno y un manto de dudas que cubre la Casa de Nariño. La periodista María Isabel Rueda, en su más reciente columna en EL TIEMPO, disecciona el testimonio de Angie Rodríguez, la mujer que alguna vez fue la «ordenadora del caos» palaciego y que hoy, tras ser marginada, ha decidido romper su silencio, aunque de manera selectiva.
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Rodríguez, apodada como la ‘Mini Delcy’ debido a su gran parecido con la jefe del régimen de Venezuela, describe un ambiente de ‘veneno’ y persecución orquestado por una red fríamente organizada de 20 personas que rodean al mandatario. Según su versión, este grupo logró convencer al Jefe de Estado de acusaciones vinculándola incluso con el tráfico de fentanilo.
Sin embargo, más allá de las graves acusaciones de corrupción y falsificación de títulos contra figuras como Juliana Guerrero, lo que estremece los cimientos del poder es el muro de silencio que Rodríguez levanta cada vez que la conversación toca la fibra más íntima de la gestión presidencial.
Angie Rodríguez, directora del Fondo de Adaptación. Foto:DAPRE
Los silencios de Angie Rodríguez
El análisis de la columna de Rueda pone de manifiesto que el testimonio de Rodríguez no es solo una denuncia, sino un campo minado de silencios calculados. En varios pasajes de sus declaraciones ante los medios, la exfuncionaria opta por el mutismo absoluto frente a interrogantes que tocan directamente la conducta y las decisiones de Gustavo Petro. Cuando se le inquiere sobre si el Presidente conocía las irregularidades académicas de Juliana Guerrero, Rodríguez confirma haberle informado, pero se apresura a cerrar la puerta con un «no quiero entrar en detalle».
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Esta reticencia se vuelve más inquietante al abordar la figura de Guerrero, a quien Rodríguez señala como la mano que mueve los hilos bajo las sombras, con un control que llegaría hasta el Ministerio de la Igualdad y el uso personal de recursos del Estado. No obstante, al ser cuestionada sobre cómo Guerrero amasó tanto poder o por qué el presidente ha sido «tan especial» con ella, la respuesta de Rodríguez es una evasiva cargada de tensión: «Dios mío. No quiero hablar de eso».
Ese «no quiero hablar de eso» se ha convertido en la frase más reveladora de la crisis. Sugiere que existe una zona de reserva, una frontera de información que la exfuncionaria no se atreve a cruzar, ya sea por temor o por estrategia jurídica. Sus negativas a profundizar en temas como el cierre del ciclo de Ralito o la identidad de quienes pretenden saquear el Fondo de Adaptación dejan a la opinión pública frente a un rompecabezas al que le faltan las piezas más delicadas.
El presidente Gustavo Petro Foto:Presidencia
La Casa de Nariño, por su parte, ha intentado desactivar el escándalo con respuestas que, en palabras de Rueda, resultan divagantes. El Presidente se limitó a negar vínculos sentimentales con las implicadas, una defensa que no toca el fondo de las denuncias de tráfico de influencias y degradación del entorno gubernamental. Mientras tanto, el silencio de Angie Rodríguez sobre la naturaleza real de la relación entre Petro y Juliana Guerrero sigue alimentando un vendaval de especulaciones que, lejos de amainar, parece ser el preludio de nuevas y más oscuras revelaciones en el corazón del Gobierno.
















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