La diplomacia plantea una paradoja: nunca el mundo estuvo tan interconectado y, sin embargo, nunca más incomunicado. La globalización ha revelado las brechas culturales y económicas que las tecnologías exponen a diario y con la urgencia de las fracturas abiertas. En este escenario, Juan Luis Manfredi analiza la diplomacia global incorporando sin prejuicios fenómenos como los influencers, la inteligencia artificial (IA) y la desinformación.
Catedrático de la Universidad de Castilla-La Mancha, donde enseña Periodismo y Relaciones Internacionales, Manfredi obtuvo la prestigiosa Cátedra Príncipe de Asturias en la Universidad de Georgetown, inaugurada por Felipe VI para promover la cultura y la ciencia españolas en EE. UU. Su experiencia a ambos lados del Atlántico le permite desmenuzar las crecientes diferencias entre países que, hasta hace poco, compartían instituciones clave como la Otán, entre otras brechas que están sacudiendo el orden mundial.
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Activo divulgador de la comunicación pública y la diplomacia, Manfredi destaca que muchos políticos desatienden su obligación de construir una esfera pública sana. En un contexto de caída de credibilidad de las instituciones, los influencers ganan peso en el debate público y los gobernantes intentan competir en las redes sociales. Sin embargo, señala, es un terreno que otros dominan mejor y en el que la política pierde credibilidad porque no acepta el contrapeso de las preguntas y los datos. Si todo se reduce a eslóganes, dice Manfredi, va a ganar quien mejor maneja las redes.
Juan Luis Manfredi, experto en relaciones internacionales. Foto:Workspace user
La Unión Europea lideraba la regulación de los avances tecnológicos, como la IA. ¿Se desdibuja ese rol cuando la innovación viene de países fuera de la órbita occidental, como India o China? O incluso el propio EE. UU:, hoy en abierta oposición.
En el orden liberal internacional tradicional, los europeos aportábamos valores como la democracia y el Estado de derecho, el libre comercio y una mirada cosmopolita sobre el mundo. EE. UU. se ha desanclado de ese orden y ya no tiene ni compromiso ni responsabilidad con él. Los europeos pensábamos que la regulación sobre la contaminación o la proporción de mujeres en las empresas era el estándar aspiracional, pero ya no es así. El mundo de la posguerra fría, desde 1989 a 2025, era un mundo aspiracional hacia la democracia, que orientaba las transiciones en América Latina, en África, en las primaveras árabes. La segunda aspiración era el libre comercio. Todos los países querían ir hacia la globalización, cuyo epítome fue la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001. Hoy China se ve a sí misma como el imperio central hacia donde el mundo mira. Rusia, un imperio caído, no es un subproducto de Europa. India, con más de mil millones de habitantes, una economía tecnológica potente y la lengua franca del imperio, no tiene la regulación europea entre sus prioridades. La idea de los valores universales, esa mirada cosmopolita de Hollywood, Nueva York, la literatura francesa, la latinoamericana, cambió. Hoy, en la lista de las películas más vistas hay éxitos surcoreanos. Hay otras voces de autores chinos o japoneses que no habían llegado al tablero global. Surge desde la política y la comunicación un deseo de narrar un mundo distinto. Y hay un ámbito económico y político al margen de las indicaciones europeas.
La idea de los valores universales, esa mirada cosmopolita de Hollywood, Nueva York, la literatura francesa, la latinoamericana, cambió. Hoy, en la lista de las películas más vistas hay éxitos surcoreanos
La OMC es un ejemplo de las organizaciones creadas en el siglo XX con limitaciones para resolver los conflictos del siglo XXI. ¿Qué lugar tendrán esas instituciones en este nuevo juego de fuerzas?
Las instituciones multilaterales basadas en la Carta de las Naciones Unidas hablan de un mundo obsoleto, aunque no de valores obsoletos. El de hoy es un mundo poscolonial, donde doscientos países conviven con una multitud de actores (ciudades, regiones, empresas, ONG) con capacidad de intervenir en la esfera internacional. Una galaxia a la que el modelo de Naciones Unidas no responde. Sin embargo, sigue siendo el menos malo de los sistemas, porque no hay otro espacio donde se puedan sentar todos los países en pie de igualdad como en la Asamblea General de la ONU. Tomando el ejemplo de la OMC, si China y Estados Unidos no se ponen de acuerdo sobre los tribunales de arbitraje, ¿cómo arbitrar los conflictos? ¿La ley del más fuerte? La lección de la historia es terrorífica.
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En Europa también aparecen voces críticas, algunas con representación parlamentaria, a las instituciones comunitarias. ¿Qué futuro tiene la Unión Europea?
Europa lleva casi veinte años con cierta parálisis político-institucional derivada de una concatenación de crisis, y eso la ha mantenido en posición reactiva: la invasión de Crimea en 2014, la crisis de los refugiados afganos en 2015, el brexit en 2016, la llegada de Trump en 2017, el covid en 2020, la guerra de Ucrania en 2022. Europa debe tomar en serio al menos dos aspectos de su futuro político. Lo primero es asumir que la democracia liberal no es hoy el único sistema. Hay ofertas políticas que pueden llamarse regímenes autoritarios o democracias ‘iliberales’, con aceptación en muchos países. Incluso dentro de las democracias liberales, la polarización conduce a votar por opciones ‘iliberales’ que presionan a las minorías o no respetan el pluralismo político, como ocurre con las izquierdas y derechas más extremas. Esto es contrario a los principios europeos. Lo segundo por hacer en esta crisis democrática es priorizar a las personas. Muchos de los problemas de las democracias son materiales: la vivienda, el empleo digno, la amenaza de que la IA quite empleos, y con el miedo, real o figurado, a perder seguridad, y a las migraciones. Estos problemas son incómodos y, mientras las instituciones los dejan a un lado, los populistas los han tomado para ofrecer fórmulas mágicas. Uno dice que va a resolver el desempleo; otro, el problema de la vivienda. El de enfrente dice que, gracias a su intervención, las mujeres ahora son libres. Cada uno de ellos viene a resolver un problema clientelar particular, pero carece de una visión pluralista de lo que es la democracia.
Muchos de los problemas de las democracias son materiales: la vivienda, el empleo digno, la amenaza de que la IA quite empleos, y con el miedo, real o figurado, a perder seguridad, y a las migraciones. Estos problemas son incómodos y, mientras las instituciones los dejan a un lado, los populistas los han tomado para ofrecer fórmulas mágicas
Cuando todo queda supeditado al cortoplacismo electoral, ¿dónde queda el aporte a largo plazo que ofrecía la diplomacia global?
La diplomacia es una actividad discreta que requiere confianza entre las partes para establecer un marco de diálogo, pero no resuelve los problemas a corto plazo. No se pueden resolver los problemas de Malvinas o de Gibraltar en una llamada telefónica ni en un tuit. Hay que escuchar a las partes, avanzar un milímetro y retroceder dos. Esto es la antítesis del tiempo de las políticas de la impaciencia que vivimos hoy: “Quiero Groenlandia ya y necesito la inversión en la Otán del 5 % ahora mismo”. Esto no es viable, porque ese 5 %, por ejemplo, significaría para Alemania diez puntos de PIB en los próximos diez años dedicados solo a la defensa. No puede tuitearse el resultado de una negociación de inmediato porque seguramente se perderá la confianza en la persona que está al otro lado de la mesa y se generará un entorno de peor calidad. Los resultados y la evaluación deben ser públicos, pero la negociación debe ser discreta.
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¿Cómo entender esta idea cuando la diplomacia influencer de Donald Trump lo pone en el centro de la agenda noticiosa mundial?
El presidente Trump tuitea de manera muy acelerada cosas que reflejan su manera de pensar y actuar, sus cambios de criterio. Eso impide una planificación estratégica. Lo que hace es, según su propia terminología, inundar la escena. No hemos terminado de digerir esa diplomacia de influencer y vemos a los medios dando seguimiento constante, intentando seguir el ritmo. Hoy es Groenlandia; mañana, Irán; pasado, Venezuela, sin certeza de si esos memes son reales o ficticios. Trump maneja estratégicamente sus canales, que conectan bien con la época actual. Hace un siglo Walter Lippmann decía: “No importa si los hechos son reales o ciertos, lo que importa es si las consecuencias son reales o ciertas”. La propaganda y la desinformación tienen éxito porque sus consecuencias son reales. Con una crisis de confianza en las instituciones, los partidos, la democracia, los medios de comunicación, las universidades, la ciencia, el territorio está abonado para que un líder mesiánico pueda avanzar en sus intereses.
Donald Trump durante la cumbre ‘Escudo de las Américas’ Foto:AFP
Frente a este exceso de comunicación se opone el estilo de la diplomacia de Rusia y China. ¿Cómo analizar ese secretismo?
La diplomacia secreta de Putin y de Xi Jinping prefiere la vía de los hechos, con una mirada distinta del valor de la comunicación estratégica y la diplomacia pública. Para Putin, la seguridad es el principal activo. Su reputación se construye sobre la fuerza y la coacción, sobre la capacidad de imponer su voluntad sobre Ucrania, como antes sobre Georgia o Bielorrusia. Este discurso descarnado nos horroriza a los europeos. China, en cambio, tiene una diplomacia completamente distinta, basada en el prestigio de un imperio milenario con tradición y valores. Se apoya también en la creciente disociación entre la democracia y el liberalismo, entendidos como el respeto a los derechos individuales y al libre comercio. No se presentan como una democracia porque no les interesa ese concepto, sino como un régimen que permite sacar a millones de chinos de la pobreza, con estabilidad y seguridad. Ese proyecto que venden se parece a los populismos y a los extremos de derecha e izquierda.
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¿Se relaciona con esta diplomacia transaccional que mide y cuantifica la relación geopolítica?
La diplomacia transaccional en China tiene éxito porque no ejer injerencias y pregunta pro los DDHH. Foto:AFP
La instantaneidad no es recomendable, pero tampoco parece serlo la lentitud, como ocurrió con el acuerdo entre Europa y el Mercosur.
Resulta difícil entender por qué Europa hizo esperar 25 años a Mercosur. La impresión es que este acuerdo intenta recuperar un tiempo pasado, cuando el libre comercio parecía un ideal incuestionable y EE. UU. no iba a torpedear este tipo de pactos. Europa no va a encontrar en Mercosur un sustituto del espacio de libre comercio que representaba EE. UU.: llegamos tarde. Antes de mirar hacia afuera, Europa necesita consolidar su propio mercado interior en tecnología, servicios digitales, banca, seguros y energía. Si eso ocurre, Europa podrá competir mejor en el mercado internacional y Mercosur estará en condiciones de exportar productos y servicios de mayor valor agregado.
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¿Qué nuevas aptitudes exige este contexto para comunicar en el plano internacional?
Buena parte de los magnates de las empresas tecnológicas que apoyan a Trump son, a su vez, magnates de medios de comunicación. Esto es novedoso. Tradicionalmente, los magnates estaban vinculados a otras industrias, pero hoy combinan la percepción de la realidad a través de las redes sociales y los algoritmos con la propiedad del canal que transmite el mensaje. Por eso es un momento crítico para impulsar otra vez el periodismo libre, independiente y orientado a la mirada local, que no significa barrial, sino explicarle a la audiencia de Argentina, de España o de donde sea por qué los asuntos internacionales son relevantes. Para eso hay que aterrizar ideas complejas, en medio de las incertidumbres de un mundo desbocado. Y pedirles o exigirles a los gobiernos que colaboren, en el sentido de poner a disposición los datos, de permitir a las universidades y a los periodistas hacer su trabajo y entrevistar a los funcionarios para construir entre todos una esfera pública saneada.
ADRIANA AMADO (*)
Para La Nación (Argentina)
Madrid
(*) Este artículo fue editado por razón de espacio.
















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