Un oscuro pastor de una secta cristiana se convierte en candidato presidencial argentino, en medio de crímenes, acusaciones de corrupción y la manipulación del fervor de sus fieles. Con ese coctel explosivo, la serie El reino, creada por la escritora Claudia Piñeiro y el cineasta Marcelo Piñeyro, sacudió a la sociedad de Argentina en 2021 antes de ganarse tres premios Platino y muchos otros reconocimientos en su reinado por medio mundo.
Pero el éxito arrasador no vino solo: también las polémicas y las reacciones adversas aparecieron una tras otra, como las cuentas de un rosario. “La serie me trajo muchísimas alegrías —recuerda Claudia Piñeiro, desde su vivienda en Buenos Aires—, mucha gente hablando de la serie y reflexionando sobre determinados temas, pero también nos trajo muchos problemas porque fuimos perseguidos desde algunas asociaciones de iglesias evangélicas”.
Por fortuna para la celebrada guionista de El reino, los sectores intelectuales bonaerenses rodearon su obra, galardonada en los más diversos premios literarios, y desmintieron a quienes quisieron demonizarla: “El comunicado de la asociación de iglesias evangélicas decía, más o menos, que era yo quien había llevado la manzana podrida a la pobre gente de Netflix, y todos los demás cayeron en mis embrujos, porque yo estaba a favor del aborto legal, seguro y gratuito; es decir, yo era alguien del mal”.
Si algún pecado pudiera achacarse a Piñeiro, nacida en Burzaco, provincia del gran Buenos Aires en 1960, quizá sería una merecida vanidad por los reconocimientos que el mundo literario le ha prodigado: Premio Clarín de Novela, Premio LiBeraturpreis, el Sor Juana Inés de la Cruz, Premio Rosalía de Castro del PEN, galardón Pepe Carvalho del Festival Barcelona Negra, el Dashiell Hammett de la Semana Negra de Gijón… pero, sobre todo, haber sido finalista del prestigioso International Booker Prize 2022 por la traducción de su libro Elena sabe al inglés.
“Haber sido finalista del Booker Prize te permite entrar en el mercado sajón con una marca. En idiomas donde quizás no leen castellano, deciden publicarlo y me abren puertas en otros países donde aún no estaba traducida. Hasta ahora, me han traducido a 33 idiomas”.
La próxima semana, Piñeiro aterrizará en Bogotá para participar en la Feria Internacional del Libro, donde no solo hablará de su más reciente novela, La muerte ajena, sino que revelará historias desconocidas de su relación con el cine y sus lejanos recuerdos de la primera película que vio, La espada en la piedra, gracias a la charla ‘El cine y yo’, que protagonizará el lunes 27 de abril, a las 10:30 de la mañana.
“Me conmueve el cine y me conmueve el teatro, voy muchísimo al teatro. Me gusta compartir con otros. Ahora las cosas han cambiado y uno ve muchas películas y series en casa, pero de todas maneras es interesante ir al cine. Sabés que Borges tiene varios textos donde cuenta que él iba al cine y ya estaba ciego en ese momento. Y la persona que iba con él le iba contando la película, porque a él le gustaba estar en la sala y sentir los sonidos de la gente, el asombro, los llantos, las risas, mientras iba transcurriendo una película que él no podía ver”.
Claudia Piñeiro creció en un ambiente familiar alejado de las luces de Buenos Aires, pues Burzaco está a 25 kilómetros de la capital argentina, por lo cual cada visita a la gran ciudad era una verdadera excursión con sus amigos o allegados. Su adolescencia estuvo marcada por la cicatriz de la dictadura, que aún hoy, 50 años después, sigue sin sanar del todo.
“Yo quería estudiar Sociología, pero en ese momento la dictadura militar había cerrado la carrera y después la abrió con profesores afines a la ideología militar. Era muy complicado estudiar Sociología; tenías que estudiarla en una institución privada, y yo, en todo caso, iba a ir a la universidad pública. Así que terminé eligiendo Ciencias Económicas porque era la carrera que mis padres habían empezado y no habían terminado, y a mí me gustan las matemáticas también”.
A los 23 años, Piñeiro se graduó como contadora pública, una profesión bien remunerada que ejerció por largos diez años, antes de dedicarse a la literatura. “No me quejo, porque me permitió trabajar y tener un sueldo. Para escribir, al principio no tenés un sueldo, ¿no? Necesitás tener un trabajo que te permita escribir. Además, la universidad pública en Argentina es muy generalista, no vas a estudiar solamente lo técnico: yo tenía materias como lógica, filosofía e historia, que también me gustaban mucho”.
Letras y cálculo
A la par con los números y la calculadora, en su vida siempre estuvieron las letras, solo que al comienzo era una vocación de ratos libres. “Yo siempre escribí, desde que soy lectoescritora, escribo. Pero me costaba pensarme escritora como una profesión. En mi familia no había artistas o escritores, y pensarme como escritora era algo que no cuadraba”
No obstante, diez años después del ejercicio profesional, el cosquilleo de la pluma literaria se hizo cada vez más demandante. “Estaba trabajando para una auditoría, iba en un avión rumbo a São Paulo y vi un recorte de un anuncio que decía ‘Editorial Tusquets convoca concurso de novela’. Y dije: ‘Bueno, cuando llegue, voy a Buenos Aires, pido una licencia y escribo una novela, porque si no, me va a explotar la cabeza’ ”.
Piñeiro comenzó a escribir su novela, que finalmente tituló El secreto de las rubias, aunque la temática inicial fue cambiando por el camino, por un tropezón inesperado: “Un día fui a buscar las bases, porque en ese momento no había internet. Cuando llego a la editorial, me entero de que es un concurso para La Sonrisa Vertical, que era una serie de literatura erótica. Yo ya tenía la mitad de la novela escrita y tuve que empezar a buscar qué más de erótico le ponía. Empecé a leer a Anaïs Nin, Henry Miller, un montón de autores buenos de literatura erótica, porque el objetivo era terminar la novela. Después, si pasaba algo o no, era otra cosa. Al final tuve la suerte de que la eligieron entre las diez finalistas y yo lo siento como un hito en lo que después fue mi carrera. Fue un primer espejo que me devolvió la perspectiva de que, de pronto, si me esfuerzo, si trabajo y si le pongo empeño, a lo mejor algún día sí soy escritora”.
Si bien El secreto de las rubias nunca se publicó, fue una inyección de optimismo para Piñeiro, quien abandonó su trabajo como contadora y se dedicó a los libros, con su auspicioso debut como autora de la novela juvenil Un ladrón entre nosotros y, en particular, con el texto teatral Cuánto vale una heladera, que en 2005 ganó el premio que otorgaba el Grupo Editorial Norma de Colombia. Los reconocimientos la acompañan desde entonces
“No es que moldearon la manera en que escribo, porque vos escribís antes de mandar la novela al premio, pero sí que me ayudaron a desarrollar mi carrera. El premio Clarín Alfaguara fue un premio muy trascendente. Yo antes de eso había escrito una novela que había tenido un recorrido normal, había tenido buena crítica, pero nadie me iba a conocer por esa novela. Cuando gané el premio Clarín Alfaguara, eso me permitió que me conocieran un montón de lectores y que a partir de ahí me siguieran en otros textos”, dice.
Para los periodistas, el título más reciente de Claudia Piñeiro, La muerte ajena, es un texto inquietante porque no solo está protagonizado por la reportera y presentadora Verónica Balda, sino que cuestiona las intimidades y los principios de quienes nos dedicamos a este oficio.
“La reflexión de esta novela —plantea la escritora— tiene que ver con el periodismo, que se supone que nos viene a contar la verdad. Puede haber diferentes puntos de vista; un periódico tiene una ideología y otro tiene un punto de vista diferente, pero la verdad que se mira es la misma. Lo que cambió en los últimos tiempos es que ya no se sabe qué es la verdad. Es inasible, está todo el tiempo en movimiento, te llegan notas, videos, fotos, y te preguntas: ¿esto es verdad o lo hicieron con inteligencia artificial? Y te permites dudar de todo. Entonces, la novela trabaja en tres partes para que el lector piense: ‘Pero ¿cómo, el narrador de la primera parte decía la verdad o es el de la segunda parte?’. Y es lo que en literatura se llama ‘un narrador no confiable’. El lector tiene que estar todo el tiempo pensando quién le miente y quién no. Es el ejercicio que nos obligan a hacer hoy por esto de las noticias falsas y tantas versiones de los hechos”.
En paralelo, las denuncias y la situación política de las protagonistas de La muerte ajena evocan los hechos de la vida real, tanto en Argentina como en el resto del mundo. Aunque no hay alusión directa al impacto de Milei en su país, se advierten los hilos que sujetan las escenografías de la realidad.
“Mira, es imposible para autores como yo, que trabajo sobre el aquí y ahora, que los personajes no se encuentren con los problemas que yo encuentro en la calle. Es muy difícil que no se filtre algo de lo que sucede en mi país. Está muy presente, pero, por otro lado, dices: ‘Basta, no quiero estar más presente’, porque estás cansado de ciertas cosas que nos afectan a todos. En ese sentido, escribir es un lugar de contención, pero creo que es importante no alejarse de lo que está pasando afuera y de lo que les está pasando a otros, porque también tenemos que estar presentes en esos reclamos”.
Reclamos y cotidianidades que equiparan a Argentina con Colombia, por lo cual Claudia Piñeiro no se sentirá extraña en Bogotá. Al fin y al cabo, las historias que hemos exportado tienen arraigo también en el Cono Sur: “Como yo soy guionista, en mi opinión, los mejores guionistas y las mejores telenovelas son las colombianas. Yo he aprendido muchísimo de la telenovela colombiana, de Fernando Gaitán y de todo ese grupo de gente que ha hecho cosas impresionantes. Creo que hay un vínculo muy fuerte. Y bueno, con la literatura, por supuesto, imagínate que, para nosotros, García Márquez es un autor que lo sentimos propio. Cien años de soledad se publicó en Argentina y decimos esa cosa como: ‘Nosotros lo descubrimos’. Era un libro popular, no era un libro solo para alguna gente. Y hay otros autores que me interesan muchísimo, como Tomás González, Pilar Quintana, Laura Restrepo, que la he leído siempre, Piedad Bonnett… Y otra cosa que me atrae de Colombia es el uso del idioma. En general, en Argentina, consideramos que el mejor uso del idioma es el que hacen los colombianos”.
(*) Columnista de EL TIEMPO y creador de ‘Cuatro de Julio’.
















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