Los disparos en ataques sicariales, los robos a conductores que terminan con las víctimas en el suelo y las riñas que escalan hasta dejar muertos siguen siendo escenas recurrentes en Bogotá. En calles, buses de transporte público y barrios residenciales, los hechos recientes muestran una constante: la violencia dejó de ser un elemento circunstancial para convertirse en el eje de muchos delitos.
Uno de los casos más recientes ocurrió en la carrera 15 con calle 24, en el sector de Santa Fe, donde un cruce entre hinchas de Atlético Nacional y Junior terminó en una riña que derivó en disparos. El comandante de la Policía Metropolitana de Bogotá, Giovanni Cristancho, le confirmó a la sección Bogotá de EL TIEMPO que la confrontación comenzó cuando seguidores de ambos equipos se encontraron en la zona y se generó un reclamo que escaló rápidamente. “El resultado de estas heridas es que dos personas perdieron la vida”, señaló el oficial.
El caso volvió a evidenciar un patrón preocupante: conflictos que comienzan como discusiones y terminan en hechos letales. En lo corrido del año se han atendido 82.000 requerimientos por riñas y el 36 % de los homicidios tienen origen en estas confrontaciones. Además, este año se han registrado cerca de 330 homicidios y se han capturado 72 personas por este delito.
Ese mismo patrón se repite en otros escenarios: enfrentamientos entre hinchas con armas blancas en Teusaquillo, robos en vía pública en barrios como Nicolás de Federmán, atracos a conductores en Belalcázar y hechos de intimidación con cuchillos en buses de TransMilenio. A esto se suman episodios más estructurados, como el sicariato ocurrido el 13 de abril en Usaquén, donde tres hombres armados atacaron a un comerciante a plena luz del día, evidenciando dinámicas criminales más complejas.
Este panorama contrasta con lo que muestran las cifras oficiales. Según datos de la Secretaría Distrital de Seguridad, Convivencia y Justicia, con corte al 18 de abril de 2026, el homicidio intencional presenta una reducción frente al mismo periodo de 2025, al pasar de 345 casos a 317, es decir, una caída del 8,1 %. Solo en abril, la disminución es del 19 %. También se reportan caídas en delitos como la extorsión (-25 %), el secuestro (-42,1 %) y varios hurtos, incluidos el de personas (-19 %) y de vehículos. Sin embargo, otros indicadores muestran una realidad distinta. Las lesiones personales aumentaron un 11,1 % y la violencia intrafamiliar un 10,5 %, lo que evidencia un crecimiento de hechos que implican contacto directo y agresión física.
Las autoridades presentaron un plan de seguridad para combatir el homicidio. Foto:CITY TV
Para el experto en seguridad Luis Felipe Vega, “el incremento en la intensidad del uso de la violencia durante la comisión de delitos en Bogotá obedece a la articulación de al menos tres dispositivos estructurales que se retroalimentan”.
Según explica, uno de esos factores es la reconfiguración del crimen organizado a escala microterritorial, con estructuras que han introducido patrones de violencia más agresivos. A esto se suma la precarización económica que, aunque no explica por sí sola la criminalidad, sí transforma el umbral de tolerancia a la violencia como medio.
Vega también advierte un problema institucional: la fragmentación de la respuesta estatal ha generado una percepción de impunidad que termina operando como incentivo dentro del mundo delincuencial, lo que facilita la repetición de conductas violentas.
Además, insiste en que las cifras no alcanzan a mostrar el fenómeno completo. “Las estadísticas capturan eventos, no dinámicas”, afirma, y señala que hoy se observa el paso del hurto por sorpresa al hurto con violencia física deliberada, junto con el uso casi sistemático de armas.
Ese cambio coincide con lo que plantea el exsecretario de Seguridad de Bogotá, Hugo Acero. “Desde 2018, la Policía comenzó a reportar el incremento de hurtos con más violencia ejecutados por bandas”, afirma y advierte que estas prácticas no solo se mantienen, sino que se han extendido y que la violencia se convirtió en una forma de control territorial. Para él, dentro del mundo criminal, la violencia cumple un propósito. “Entre más violento sea el grupo, más temor genera entre la población y entre otros grupos delincuenciales”.
El exviceministro de Defensa Gustavo Niño plantea que el fenómeno actual está marcado por un cambio en la estructura del homicidio. “Hoy en día, lo que explica esta ola de violencia es el sicariato; esto significa guerras entre bandas criminales que ya no solamente se dedican a una renta criminal, sino a multirenta”, afirma.
Intolerancia Foto:Redes sociales
Según Niño, estas disputas están ligadas a economías ilegales como el microtráfico, la extorsión y el hurto, y tienen conexión con estructuras de mayor alcance, lo que hace que la violencia sea cada vez más planificada.
También advierte sobre el impacto del acceso a armas ilegales. “El uso del arma de fuego está más presente; el mercado negro está muy fuerte”, señala, y agrega que las fallas en el sistema judicial contribuyen al problema. “El delincuente se siente más tranquilo porque puede ir donde el juez y lo pueden dejar libre”.
Niño también advierte que el problema no se limita a la captura de delincuentes, sino a lo que ocurre después en el sistema. Señala que la crisis carcelaria sigue siendo un cuello de botella que afecta la efectividad de la justicia. Recuerda que Bogotá tenía proyectada la construcción de una nueva cárcel –conocida como la ‘Picota 2’–, pero esta no se ha materializado, lo que agrava la falta de cupos y la congestión en centros de detención.
Desde otra perspectiva, el experto Orlando Carrillo explica que, la violencia se ha convertido en una herramienta para someter a las víctimas. “El delincuente ha logrado entender que al generar violencia, las personas se vuelven más susceptibles y están más dispuestas a entregar sus pertenencias”, afirma.
Carrillo advierte que el fenómeno puede ser mayor al que reflejan las cifras debido al subregistro. “No todas las personas denuncian”, señala, y sostiene que la violencia se utiliza también para generar miedo y evitar la resistencia de las víctimas. El experto cuestiona además el enfoque de las políticas actuales. “La seguridad no se trabaja de forma reactiva; no hay anticipación a estos fenómenos”, afirma, y plantea la necesidad de actualizar las estrategias, fortalecer la prevención y trabajar desde lo social.
Los expertos coinciden en que la respuesta no puede limitarse a la reacción. El experto Luis Felipe Vega plantea la necesidad de patrullaje inteligente y coordinación institucional; el exsecretario Hugo Acero insiste en atacar las rentas y territorios; el exviceministro Gustavo Niño en fortalecer la inteligencia y la tecnología; y el experto Orlando Carrillo en anticiparse al delito.
Cafetería del norte de Bogotá donde ocurrió atraco. Foto:Captura de video
En cuanto a referentes, Vega señala tres experiencias que pueden dejar lecciones para Bogotá. La primera es Medellín, por la combinación de intervención urbanística y presencia institucional sostenida en zonas históricamente abandonadas. También menciona el programa Cure Violence, implementado en Chicago y replicado en Baltimore y en municipios de Brasil, basado en mediadores comunitarios para interrumpir ciclos de violencia. Y recuerda el modelo de policía de proximidad desarrollado en Bogotá durante la administración de Antanas Mockus. Por su parte, Acero también mira hacia experiencias locales. Recuerda que Bogotá, a finales del siglo pasado y comienzos del presente, logró recuperar zonas deterioradas del centro, mejorar entornos urbanos y articular instituciones distritales y nacionales. Para él, lo que se requiere es decisión política, dirección y mando.
El exviceministro Niño pone el énfasis en el uso de tecnología e inteligencia, con experiencias de identificación mediante cámaras y reconocimiento facial, aunque advierte que requieren alta inversión y deben complementarse con estrategias de extinción de dominio.
Finalmente, Carrillo plantea como referente la política de seguridad pública aplicada en El Salvador, destacando el uso de tecnología, inteligencia policial y transformación institucional para desarticular estructuras criminales.
En conjunto, estas miradas apuntan a que el fenómeno de la violencia en Bogotá no es coyuntural, sino estructural, y requiere respuestas integrales que aborden tanto las causas como las dinámicas del crimen. Mientras varios delitos disminuyen en términos cuantitativos, la violencia con la que se cometen parece aumentar. Es decir, menos hechos en algunas categorías, pero más agresivos. Esa transformación es la que termina impactando la percepción ciudadana.
La discusión sobre seguridad ya no se trata únicamente de cuántos delitos ocurren, sino de cómo están ocurriendo. Y en ese “cómo”, más violento, más visible y más extremo, es donde hoy se explica por qué la violencia se siente cada vez más presente.
CAROL MALAVER
SUBEDITORA BOGOTÁ
Escríbanos a carmal@eltiempo.com
















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