Por estos días se celebra en Santa Marta la Primera Conferencia para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles, organizada por Colombia y los Países Bajos, con presencia de más de 70 delegaciones internacionales. Con esta reunión, el gobierno de Gustavo Petro busca promover un movimiento internacional contra el calentamiento global distinto al que se ha venido dando en el marco de Naciones Unidas a través de las COP (Conferencia de las Partes de la Convención Marco contra el Cambio Climático).
Algunos piensan que esta conferencia puede ser el comienzo de una ruta alternativa, tomando en cuenta el estancamiento en que han caído los esfuerzos multilaterales de las COP. Otros, por el contrario, creen que es tan solo un oneroso escenario para lanzar discursos fundamentalistas, con más alcance retórico que práctico. ¿Será Santa Marta el punto de partida de un movimiento de largo aliento que destaque las discusiones sobre el cambio climático, o será tan solo un amplificador de discursos demagógicos? Para responder este interrogante se requiere la mirada experta de una persona que ha combinado el ejercicio de la política pública con el conocimiento académico sobre el tema: Tomás González, exministro de Minas y Energía y actual director del Centro Regional de Estudios de Energía, Cree.
Si el cambio climático y la transición energética ya se discuten en las COP, y existen los compromisos del Acuerdo de París, ¿qué sentido tiene que el Gobierno colombiano abra una ruta paralela?
Hay frustración en el Gobierno colombiano y en muchos otros porque los países van lentos en la reducción de emisiones de gases efecto invernadero, y las metas del Acuerdo de París no se están cumpliendo. Las políticas derivadas de esos acuerdos se han concentrado en atacar el problema por el lado de la demanda. Como buena parte de la energía mundial viene de combustibles fósiles, que generan muchas emisiones, se ha intentado encarecer esas fuentes mediante impuestos y, al mismo tiempo, subsidiar tecnologías de bajas emisiones. Eso tiene ventajas, pero ha sido mucho más lento de lo esperado. Por eso, algunos, entre ellos el Gobierno colombiano, piensan que para reducir rápidamente las emisiones lo que hay que hacer es marchitar la oferta, restringir proyectos que usen combustibles fósiles y forzar reducciones en la producción de petróleo, gas y carbón.
Los países firmantes del Acuerdo de París, entre ellos Colombia, se comprometieron a adoptar medidas para que en 2030 la temperatura global no aumentara más de 1,5 grados y para avanzar hacia una situación de neutralidad de carbono en 2050. Hoy nadie cree que esas metas sean viables. ¿Este proceso fracasó?
En cuanto al logro de esas metas, sí podemos hablar de fracaso. Para llegar a una situación de carbono neutralidad en 2050, habría que ir bajando las emisiones por una senda gradual, con hitos intermedios. El problema es que a esos hitos estamos llegando tarde. Para no superar un incremento de 1,5 grados, el mundo tendría que reducir, de aquí a 2030, alrededor de 22 gigatoneladas de emisiones. Eso es imposible: equivale a llevar a cero la totalidad de las emisiones de China y de Estados Unidos. Por eso, organismos del propio sistema de Naciones Unidas han señalado que la probabilidad de lograr esa reducción es prácticamente nula y que vamos a superar el umbral de 1,5 grados. Ante semejante escenario, la discusión climática está cambiando: ya no se trata de evitar superar ese límite, sino de ver qué vamos a hacer ante la inminencia de que el planeta se va a calentar más de ese nivel.
Tomás González, Ex ministro y director del Centro Regional de Estudios de Energía. Foto:John Jairo Pérez. El Tiempo
Durante años se dijo que si superábamos ese límite de 1,5 grados de aumento de temperatura, vendría el caos global. Ahora decimos con relativa tranquilidad que no lo vamos a alcanzar. ¿Qué pasó con el fin del mundo que muchos pronosticaban?
Es importante distinguir entre lo que dicen los científicos y lo que dicen los políticos. Por ejemplo, el presidente Petro ha afirmado que la extinción de la vida está en curso por el cambio climático, pero ningún científico serio dice lo mismo. Lo que sí dicen los expertos es que el planeta se va a calentar, y que mientras más se caliente, mayores serán las consecuencias negativas. Al superar el umbral de 1,5 grados, aumentará la frecuencia y la intensidad de eventos climáticos extremos: lluvias más fuertes, inundaciones más severas, sequías más intensas y afectaciones a ecosistemas, cultivos y poblaciones ubicadas en zonas vulnerables. Al planeta no le importa si los seres humanos no cumplimos las metas. Las leyes de la física son como son, y el clima no nos va a dar un plazo mayor porque no hicimos la tarea. Y a Colombia, por su ubicación y vulnerabilidad, le puede ir muy mal en un mundo más caliente.
Hoy, Colombia volvió a discusiones de los años 90 que creíamos superadas: si vamos a tener o no la energía que necesitamos. Y esto solo se resuelve con pragmatismo, trabajando en serio con el sector privado y aprovechando los recursos que tenemos
Yo agregaría que a las leyes de la física poco les importa la suerte de los colombianos… Pero si la meta era tan difícil, ¿en qué momento se le ocurrió a alguien que era alcanzable? ¿Por qué nadie levantó la mano y dijo que esa meta era un mal chiste?
No es que nadie haya levantado la mano. Lo que ocurrió fue que la meta de 1,5 grados nació como una meta científica: cruzar ese umbral implicaba consecuencias drásticas, algunas posiblemente irreversibles. Pero rápidamente esa meta científica se volvió una meta de política pública, porque se necesitaba generar acción de gobiernos y países. Eso politizó tremendamente la discusión y terminó derivando hacia una conversación moral: o usted está con los buenos, que quieren evitar que el mundo se caliente más de 1,5 grados, o está con los malos. En ese entorno, se volvió muy difícil disentir. Si alguien decía que, a la par con la reducción de emisiones, había que tener en cuenta que hay países pobres que necesitan energía barata para desarrollarse, era tachado como enemigo del clima. Eso impidió una discusión sosegada y pragmática.
¿Entonces, ese fundamentalismo se ha ido moderando en el mundo?
Sí, se ha moderado en muchos países, y hemos aprendido que si uno se obsesiona únicamente con las emisiones, descuida los otros dos elementos fundamentales de la transición: la seguridad del suministro y la asequibilidad de la energía para la mayoría de la gente.
En ese contexto, parece razonable buscar alternativas como la que propone esta conferencia de Santa Marta, que explora la posibilidad de controlar la oferta de combustibles fósiles. Usted ha dicho que esa opción puede ser riesgosa. ¿Por qué, si lo otro no ha funcionado?
Lo peligroso no es tener políticas de control de la oferta. Lo peligroso es diseñarlas tomando en cuenta exclusivamente el objetivo de reducir emisiones. Ese enfoque es consistente con la visión que ha tenido el gobierno del presidente Petro: poner las emisiones encima de todo y presentarse como líder de la transición energética. Pero incluso el propio gobierno colombiano ha terminado reconociendo que esto es mucho más difícil de lo que se pensaba. Hace poco, Colombia tuvo que presentar una nueva meta de emisiones dentro del Acuerdo de París, y lo que hizo fue mover a 2035 una meta muy parecida a la que ya teníamos para 2030, apenas un poco más baja. Eso equivale a reconocer que no vamos al ritmo que se requería. Entonces, si uno pasa de actuar sobre la demanda a actuar sobre la oferta, pero sigue mirando solo las emisiones, cae en el mismo error. De esa manera, puede terminar afectando las tarifas de la energía, la seguridad de suministro, el empleo, los ingresos fiscales y la inversión. Y si la gente percibe que las políticas climáticas le encarecen la vida o le quitan energía confiable, puede volverse contra ellas.
Imagen de un momento de la entrevista de Mauricio Reina con Tomás González. Foto:John Jairo Pérez. El Tiempo
Mientras tanto, Colombia enfrenta un escenario energético muy complicado: déficit de gas, suspensión de nuevos contratos de exploración de hidrocarburos y elevación de tarifas. ¿Qué políticas debería implementar el próximo gobierno para no olvidar el calentamiento global, pero hacer una transición más pragmática?
Lo primero es entender que el Gobierno no puede hacer esto solo. La transición energética es un animal que camina en dos patas: una son las reglas del juego y la regulación, y la otra es la inversión privada, que responde a la calidad y estabilidad de esas reglas. Los volúmenes de inversión requeridos para hacer una transición razonable son tan grandes, y la velocidad necesaria es tan alta, que sin el sector privado esto simplemente no va a ocurrir. Sea de izquierda o de derecha, joven o viejo, hombre o mujer, el próximo presidente tendrá que trabajar con el sector privado. Si no es así, ni siquiera vamos a asegurar el suministro de energía eléctrica y gas en los próximos años.
Además de trabajar con el sector privado, usted ha insistido en que Colombia debe dejar de satanizar el gas. ¿Por qué?
Porque una transición energética sin gas no es verde, sino frágil. El gas ocupa una posición privilegiada dentro del triángulo de la transición. Pocos combustibles permiten avanzar al mismo tiempo en reducción de emisiones, seguridad y asequibilidad. El gas ayuda a reducir emisiones al sustituir combustibles líquidos en transporte o carbón en la industria, que emiten más. También fortalece la seguridad del suministro si desarrollamos nuestros propios recursos, porque eso nos da soberanía energética. Y, además, tradicionalmente ha sido un combustible relativamente barato, muy valorado por los hogares porque ayuda a cuidar la billetera. Por eso, no tiene sentido renunciar a un recurso que tenemos, pero que está enterrado; hay que encontrarlo, desarrollarlo y atraer inversión. El próximo gobierno tiene que entender que lo que está en el subsuelo no es solo petróleo, gas o carbón, sino también impuestos, regalías e inversión social.
Miremos el caso concreto del fracking. Incluso en México, un país que ha sido fundamentalista contra esta tecnología se ha designado un comité de especialistas para avanzar en esta posibilidad bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum. ¿Hablar de fracking hoy es razonable y seguro desde el punto de vista ambiental y de transición energética?
El fracking ha cambiado mucho y hoy tenemos evidencia muy sólida alrededor del mundo para ver esa tecnología sin temores. Por ejemplo, al comparar la huella ambiental de los barriles que Ecopetrol produce en su actividad en Estados Unidos mediante fracking con los barriles promedio que produce en Colombia, se encuentran diferencias importantes. Según datos de la propia compañía, los barriles promedio de Ecopetrol en Colombia generan muchas más emisiones que los del Permian y también usan mucha más agua por barril. Además, esa producción en Estados Unidos contribuye a reservas, utilidades y dividendos que terminan financiando al Estado colombiano. Al hablar de fracking, hay que entender que Colombia cambió. Una cosa es renunciar a desarrollar recursos no convencionales cuando se tienen excedentes de gas y precios bajos, y otra muy distinta es hacerlo cuando hay déficit de gas, presiones de precio y riesgo de abastecimiento, como sucede hoy en día.
Cuando usted analiza el futuro inmediato de la política energética en Colombia, ¿piensa en discusiones técnicas, ambientales y científicas, o en el resultado de las elecciones? ¿Cómo está viendo el panorama?
Hoy, Colombia volvió a discusiones de los años 90 que creíamos superadas: si vamos a tener o no la energía que necesitamos. Y esto solo se resuelve con pragmatismo, trabajando en serio con el sector privado y aprovechando los recursos que tenemos. La gente no se va a aguantar no tener energía o tener que pagar cada vez más por ella. Si el próximo gobierno ignora esa realidad, la energía será un dolor de cabeza enorme. Por eso, la mejor política energética que podemos implementar como ciudadanos empieza por votar bien: escoger un candidato que tenga claro el problema, que hable con franqueza, que entienda que las soluciones serán difíciles y que no prometa una transición sin costos. La política energética exige pragmatismo, seriedad y capacidad de tomar decisiones complejas.
MAURICIO REINA
Especial para EL TIEMPO
















Deja una respuesta