Durante años, su nombre no se decía en voz alta. Se oía en las esquinas de los barrios, en relatos entrecortados y en expedientes que crecían sin detenerse. Alias Nias —Juan Esteban Gallego Correa— no era un desconocido para las autoridades ni para quienes vivían bajo su sombra. Era, según investigadores de la Policía, una figura central en la estructura criminal conocida como ‘El Mesa’ o ‘Los Paisas’, y el encargado de ejecutar una de sus funciones más brutales: matar.
“Nunca en mis 18 años de carrera había visto un criminal que cometiera tantos homicidios”, dijo uno de los investigadores que siguió su rastro durante años. La frase no es retórica. A alias Nias se le atribuyen cerca de 50 homicidios en el país, al menos 30 de ellos en Bogotá, en un periodo reciente. Su historia, sin embargo, no comienza en la adultez ni en las grandes operaciones criminales. Comienza mucho antes, cuando era un niño de apenas 13 años.
Su accionar delictivo generó temor constante en sectores de Suba, donde era ampliamente reconocido. Foto:Policía Metropolitana de Bogotá
Desde esa edad, según la información recopilada por los agentes de la SIJIN y la DIJIN, empezó a desempeñarse como sicario dentro de la organización. No fue un episodio aislado ni un paso fugaz. Fue una permanencia. Con el tiempo, ese rol se consolidó hasta convertirlo en jefe de sicarios, encargado de ejecutar órdenes, ajustar cuentas y eliminar a quienes fueran considerados un obstáculo para los intereses del grupo.
El grupo delincuencial al que pertenecía no se limitaba al tráfico de estupefacientes pues su operación incluía extorsiones a comerciantes, desplazamientos forzados e intimidación sistemática a comunidades enteras.
En municipios como Bello y en localidades de Bogotá, especialmente Suba, su presencia se tradujo en control territorial basado en el miedo. Allí, su nombre adquirió fama pues era repetido por víctimas y vecinos que lo señalaban de manera constante por su actuar delictivo.
Presuntos miembros de ‘el Mesa’ en el municipio de La Ceja, Antioquia Foto:Departamento de Policía Antioquia
Dentro de esa dinámica, alias Nias también participó en hechos que marcaron a la comunidad. Para el 23 de diciembre de 2022, habría estado involucrado en el homicidio de Jhon Miguel Vergara Maceda, en el barrio Santa Cecilia, en Suba, bajo la modalidad de sicariato. Durante ese hecho, de acuerdo con los reportes, actuó de manera intimidante frente a la pareja de la víctima y lo señaló como “sapo”, una expresión utilizada para acusar a alguien de colaborar con las autoridades. No era solo el asesinato, era el mensaje que solía dejar en las zonas en las que se movía.
Los investigadores describen una trayectoria sostenida en la violencia. No solo ejecutaba homicidios. También se encargaba de torturas contra personas que, según la organización, habían intentado suministrar información o afectar sus intereses. Era una forma de control interno y externo, una advertencia constante en territorios donde la ley operaba a medias.
Su captura no fue un golpe inmediato. Fue el resultado de meses —incluso años— de seguimiento. Cámaras ocultas, agentes encubiertos y jornadas de vigilancia en las que, como relatan los investigadores, se arriesgaba la vida en cada paso. Ese trabajo permitió no solo ubicarlo, sino avanzar en la desarticulación de la estructura: 23 de sus integrantes fueron capturados y hoy están tras las rejas.
Pero la historia de alias Nias no se cierra con su captura. Abre otra discusión. El mismo hombre que hoy es señalado por decenas de homicidios ya había estado en prisión y quedó en libertad. Ese dato, que atraviesa su historia, vuelve a poner sobre la mesa las fallas del sistema judicial por vencimientos de términos, congestión, errores procesales y, en algunos casos, hechos de corrupción que terminan permitiendo que personas de alto riesgo regresen a las calles.
Hoy, las autoridades hablan de un golpe importante, pues fueron 23 integrantes de una estructura criminal fuera de circulación. Pero la historia de alias Nias deja una pregunta abierta: ¿qué pasa después de la captura? Porque su recorrido —desde un adolescente que empezó a matar hasta convertirse en jefe de sicarios— no solo habla de una organización criminal, sino de una cadena de fallas que permitió que esa trayectoria se consolidara. En esa historia hay víctimas, hay territorios marcados y hay un sistema que, en algún punto, no logró detenerlo a tiempo.
REDACCIÓN BOGOTÁ
















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