Katie James acepta que es una figura exótica en el mercado de música tradicional colombiana: rubia, alta, de ojos azules, con un acento que, aunque suena de acá, es mucho más neutral y difícil de identificar la región a la que pertenece. Su nombre y apellido también suenan ajenos. Incluso la pueden llamar gringa. Pero, a pesar de haber nacido hace 40 años en Inishfree Upper, una isla de Irlanda, ella se siente colombiana (obtuvo su nacionalidad en 2022).
Y no es apropiación cultural. En 1988, a sus 2 años, llegó con su mamá y sus dos hermanas al país, buscando un nuevo hogar para continuar con el proyecto de Atlantis, una comunidad autosostenible y terapéutica que lideraba Jenny, su mamá. Se asentaron en Icononzo, Tolima, donde vivió la mayoría de su niñez y escuchó por primera vez ritmos que eran nuevos para ella y su familia y que que luego serían la marca de su carrera.
LEA TAMBIÉN
Durante su tiempo en la universidad en Bogotá, decidió dedicarse al género tradicional colombiano, especialmente la música andina. Sin embargo, sus inicios no fueron fáciles y la calle fue su principal escenario. Su carrera tuvo un punto de inflexión cuando se viralizó su sencillo Toitico bien empacao (2019), en el que a través de un bambuco nombra todos los productos del campo que llegan a la ciudad. El éxito de la canción la cogió viviendo en Irlanda, donde trabajaba como mesera para pagar el préstamo que le permitió grabar su primer álbum de estudio, Respirar
(2017).
Ante esa situación decide regresar al país para consolidar su carrera. Luego de Respirar, vino Humano (2021), Versos para no olvidar (2023) y recientemente lanzó Bajo mi corteza, un álbum íntimo, sensible y alegre, que la llevó a explorar con ritmos nuevos en su música, como la cumbia, el vallenato, las tonadas llaneras y el bolero. EL TIEMPO conversó con Katie sobre el proceso que la condujo a donde está actualmente, como representante de la música tradicional colombiana, y de los shows que vienen para presentar su disco (Bogotá el 9 de mayo en el Julio Mario Santo Domingo y Medellín el 5 de junio en el Teatro El Tesoro).
Antes de hablar puntualmente de Bajo mi corteza, quiero ir un poco hacia atrás con Toitico bien empacao, que fue el punto de inflexión en su carrera.
Yo crecí en el campo, en una finca en Icononzo. Con mi familia trabajábamos mucho la tierra porque buscábamos ser autosostenibles. Esa es una vida muy linda, pero de muchísimo trabajo. Cuando muchos años después vine a Bogotá para estudiar música, sentí un contraste grande entre el mundo citadino y el campesino. Y me di cuenta de que en la ciudad hay gente que desconoce el trabajo que hay detrás de la comida que nos llega desde el campo. De ahí nace la inspiración para la canción, que la grabé en una visita a la finca de mi familia en el Huila. Ni en mis mejores sueños, imaginé lo que iba a ocurrir con Toitico bien empacao, pues hubo un fenómeno viral en las redes sociales y muchas personas empezaron a cantar la canción en versión de coros, tunas, cumbias, incluso niños chiquiticos de 4 años. Para un cantautor eso es el regalo más hermoso de la vida.
LEA TAMBIÉN

Su música la empezó compartiendo en espacios públicos. ¿Eso es un reflejo de lo difícil que es emprender una carrera en el mundo de la cantautoría?
Sí, de hecho, la gente me pregunta “¿tú te imaginabas que ibas a estar dónde estás?”. De niña sí, lo daba por hecho. Pensaba que era suficiente con hacer una buena canción para que sonara en todas partes. Después uno se va dando cuenta de que el camino es bastante difícil y sobre todo que no hay un ABC. Nadie te puede decir tú haces esto y después esto, y logras llegar a donde quieres estar. Cada quien tiene que buscar su camino. Yo empecé a cantar desde muy chiquita en escuelas, teatros, algunos festivales, convocatorias del distrito, lo que hubiera, y en la calle también. Y solo fue hasta mis 34 años que una canción mía se hizo viral. Hubo un largo camino de esfuerzo, muy disfrutado, pero que no fue fácil.
Pensaba que era suficiente con hacer una buena canción para que sonara en todas partes. Después uno se va dando cuenta de que el camino es bastante difícil y sobre todo que no hay un ABC
Tengo entendido que su primer acercamiento a un instrumento fue a través del violín, que es muy importante en la música tradicional irlandesa. Y luego pasó a la guitarra. ¿Qué la hizo cambiar del uno al otro?
Empecé a tocar violín porque mi mamá toca violín. Desde niña sentía una sensibilidad por la música y le pedí que me diera clases. Con el violín tuve un primer acercamiento a la partitura y a la teoría musical. Cuando a mis 13 años empecé a escribir canciones, el violín no era el mejor instrumento para acompañar, en cambio, la guitarra sí. Entonces abandoné el violín y adopté la guitarra, que desde entonces ha sido mi fiel compañera.
¿En qué momento se decantó por completo en dedicarse a la música tradicional colombiana?
En el Tolima, la música andina es muy fuerte. Y como crecí allá, la vengo escuchando desde muy pequeña. Pero mi interés fue años después, estando en la universidad. Mi mejor amiga y compañera de clase, Yuly Perdomo, tenía un dueto de música andina colombiana y me volví groupie de ella. Ahí tuve un interés renovado. Me atrajeron sus melodías, su ritmo, sus armonías desde la perspectiva de estudiante curiosa. Le pedí clases porque quería aprender a diferenciar el bambuco, el pasillo, la guabina, el vals, no quería englobarlos simplemente en el género de música andina colombiana, sino entenderlos. Ahí empecé a componer algunas canciones en estos ritmos y unos años después se dio el fenómeno de Toitico bien empacao.
LEA TAMBIÉN

Muchas de sus canciones están vinculadas con la vida en el campo por obvias razones, pero ahora vive en Bogotá. ¿Cómo sigue introduciendo el campo en su música viviendo en la ciudad?
Sigo siendo en esencia una mujer campesina. Cuando uno crece en finca, eso uno lo lleva adentro el resto de la vida. Inicialmente por estudiar música y ahora por el vuelo que está tomando mi carrera, vivo en Bogotá porque me permite desplazarme con mucha facilidad a otros lugares. Pero mi mamá sigue viviendo en una finca en el Huila. Y llego a la finca y cambio de chip y entro en modo campesino inmediatamente. Mi lado campesino está ahí. En este punto, puedo cambiar fácilmente entre estos dos mundos.
Sigo siendo en esencia una mujer campesina. Cuando uno crece en finca, eso uno lo lleva adentro el resto de la vida
¿Alguna vez ha sentido tentación de hacer canciones de algún ritmo que sea más comercial?
A mí muchas veces me dijeron que por qué no hacía algo más pop o reggaetón. Pero yo no los siento. No sería honesto de mi parte incursionar en ellos solo por tratar de llegarle a un público más masivo. Y mira la respuesta tan linda de la vida: a través de un bambuco fue que me hice conocida y me abrió tantas puertas. Siempre digo que la inspiración llega en el ritmo que se le antoja. No suelo sentarme con un plan, pensando en que voy a componer un bolero. No ocurre así, sino que estoy caminando por ahí, ya sea en la calle o en la montaña, incluso en la ducha o en un bus o en un avión, y me llega la inspiración y generalmente esa melodía con la que empiezo a jugar ya viene con un ritmo implícito.
¿Y cómo se inspira de la música tradicional irlandesa que es una raíz inherente a usted?
Mamá tiene en la casa un montoncito de libros de canciones tradicionales irlandesas. Sería como el equivalente de tener Pueblito Viejo, Al sur y Yo también tuve 20 años. Entonces, ella las toca en violín y yo la acompaño en guitarra. Hace unos años hice un análisis de estas melodías, porque tienen una sonoridad muy particular y me di cuenta de que tienen unas escalas, la dórica y la mixolidia, que les dan un toque muy característico a esas melodías irlandesas. He compuesto un par de canciones utilizando a propósito esas melodías en onda de exploración y de juego. Y algunas personas me dicen que cuando canto música latinoamericana, igual se me siente un aire celta. Pienso que hay que abrazar todo lo que uno es.
LEA TAMBIÉN

Hace un tiempo mencionaba que una de las cosas que todavía le costaba procesar eran esos comentarios que le hacían de la «gringa haciendo música colombiana». ¿Todavía le pesan?
Siento que ya no me pesan. Entiendo de dónde vienen. La gente me ve y mi fachada es absolutamente europea. Pero quien me conoce un poquito más puede identificar que mi alma es colombianísima. El hecho de ser extranjera y hacer música colombiana y latinoamericana en algunas personas puede despertar una incomodidad o una crítica, pero en este momento reconozco que me ha abierto más puertas de las que me ha cerrado. Lo que sé es que estoy haciendo esto con sinceridad. No soy una gringuita que acaba de llegar y dijo “voy a hacer un bambuco porque eso es muy exótico”. Hago bambucos porque crecí en el Tolima y el que me conoce puede sentir que eso es honesto.
Antes de Bajo mi corteza, que es un álbum con canciones originales, lanzó Versos para no olvidar, que son sus versiones de sencillos tradicionales. ¿Cómo fue el proceso de escribir y componer de nuevo?
Nunca compongo pensando en que lo tengo que hacer porque voy a sacar un álbum. Ocurre al revés. Compongo porque soy cantautora y la vida me presenta situaciones que me inspiran. Nunca tengo la prisa de que tengo que sacar álbum, sino que voy componiendo y coleccionando canciones. Incluso me gusta presentarlas en los conciertos antes de lanzar el álbum, y así yo siento cómo la gente las recibe y cómo me siento interpretándolas. Y luego llega un momento en el que digo: «tengo estas 10 o 12 canciones, hay que hacer un álbum». Las diez canciones de Bajo mi corteza las he venido componiendo en los últimos 3 o 4 años.
¿Cómo describe Bajo mi corteza?
Bajo mi corteza es un álbum con ritmos y aires bastante variados, sí muy latinoamericano. Van a seguir encontrando la esencia de la cantautora Katie que ya conocían, pero explorando con ritmos distintos, como el bolero, la cumbia, la samba argentina, el vallenato, las tonadas llaneras. La guitarra y el sonido acústico predominante siempre van a estar presentes.
LEA TAMBIÉN

¿Cómo se sintió haciendo cumbia, vallenato y tonada llanera?
Muy cómoda. Siento que en este momento de mi vida estoy más feliz que cuando compuse los álbumes Respirar o Humano. Eso obviamente se refleja en las canciones, porque son más alegres, incluso bailables. Me ha gustado, ha sido divertido y siento que mis conciertos ahora son un viaje más aventurero por diferentes ritmos.
Tengo entendido que trabajó con cinco productores en el álbum. ¿Por qué esa decisión?
En álbumes anteriores, había estado muy encima de la producción y elegía a un solo productor. Esta vez, como venía coleccionando estas canciones a través de los años y cada canción estaba compuesta en un ritmo, quise buscar a un productor que fuera cercano al sonido que estaba trabajando. Para el vallenato, busqué a Martín Velilla, que ha trabajado con Carlos Vives; para la cumbia trabajé con Juancho Valencia de Puerto Candelaria. La canción te va pidiendo un sonido. Luego hay otras canciones que tienen un aire más andino-latinoamericano, pero yo no quería un sonido tan tradicional. Entonces busqué un productor bastante moderno, que se llama Giovani Caldas. Y él logró mezclar esos dos mundos. Se siente la montaña, pero es una sonoridad moderna, que le puede llegar a un público más joven.
LEA TAMBIÉN

¿Qué tiene de especial la gira de Bajo mi corteza?
Me presentaré con mi banda completa, ya no serán conciertos en formato solista. Habrá guitarra, requinto, contrabajo, percusión y piano. Y vamos a estar presentando las diez canciones del álbum, mezcladas con mis clásicos. Obviamente va a estar Toitico bien empacao, Me voy al monte, La canción de la ensalada y un recorrido por los clásicos de la música colombiana que vengo haciendo desde hace años.
Natalia Tamayo Gaviria
Subeditora Domingo
X: @nataliatg13
















Deja una respuesta