En Atlanta, cuando la Orquesta Sinfónica afina antes de un concierto, hay un sonido que no solo anuncia excelencia musical, sino también una historia de perseverancia. Es el clarinete de Iván Valbuena, músico colombiano, hoy Clarinete Principal Asociado de una de las orquestas más importantes de Estados Unidos. Pero detrás de ese lugar privilegiado —difícil, casi imposible de alcanzar— hay una vida atravesada por la música como refugio, como oportunidad y como herramienta de transformación social.
Valbuena creció en Bogotá, en un país donde la música no es solo un adorno cultural, sino un lenguaje cotidiano. “Crecí rodeado de música folclórica, de actividades musicales comunitarias”, recuerda. En su casa no sobraban los recursos para pagar clases, pero sí había apoyo, insistencia y fe. Fue gracias a un programa de educación musical gratuita para niños de comunidades de bajos recursos que conoció el clarinete. Ahí, casi sin darse cuenta, comenzó a definirse su destino.
La música no solo le dio un instrumento: le abrió el mundo. Le permitió conocer maestros que lo empujaron a soñar más allá de lo probable, a viajar, a tocar en otros países y a entender que el arte también puede ser una misión. “Compartir música con todo tipo de audiencias e inspirar a las futuras generaciones”, dice, no como consigna, sino como convicción.
Ese camino no fue sencillo. Estudiar en el extranjero parecía financieramente imposible. Sin embargo, entre becas, mentores y una disciplina casi obstinada, Iván llegó a los Estados Unidos; allí obtuvo una maestría y luego un doctorado en interpretación de clarinete, convirtiéndose en uno de los primeros clarinetistas colombianos en alcanzar ese nivel académico.
Iván Valbuena, clarinetista colombiano. Foto:Cortesía del artista
En un medio tan competitivo como la música clásica estadounidense, donde llegar tarde y venir de afuera suele ser una desventaja, Valbuena tuvo que trabajar el doble. “Siempre sentí que estaba atrasado”, admite; pero también entendió que su historia podía convertirse en un mensaje para otros músicos hispanos: sí se puede.
Hoy, su hoja de vida impresiona. Ha ganado concursos internacionales, ha sido solista con orquestas en América y Europa, ha tocado con agrupaciones de primer nivel como la Filarmónica de Boston, la Sinfónica de Houston y la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar. Su ingreso a la Orquesta Sinfónica de Atlanta, para la temporada 2024–2025, marca un punto culminante en una carrera construida con paciencia y rigor. “No podría estar lo suficientemente agradecido por todo lo que la música me ha dado”, asegura.
Lo social, una parte de su esencia
Pero Iván Valbuena no concibe el éxito como un punto de llegada individual. Su relato vuelve una y otra vez al origen: los programas sociales, los niños, la música como derecho. Fue pionero como docente en proyectos inspirados en ‘El Sistema’ en Colombia, trabajando con niños de algunas de las zonas más pobres y conflictivas de Bogotá.
Más tarde, como uno de los ocho líderes globales del continente americano, recorrió países de Centroamérica y el Caribe —Belice, El Salvador, República Dominicana— enseñando, dando clases magistrales e inspirando a jóvenes músicos que, como él alguna vez, necesitaban ver que otro futuro era posible.
Esa vocación se materializó también en el ‘A Dos Music Project’, conjunto que cofundó con una idea clara: expandir los horizontes de la música latina, reinterpretar tradiciones con instrumentación no convencional y arreglos exigentes, y llevar el arte allí donde casi nunca llega. Con este proyecto, Valbuena ha tocado en salas importantes de Estados Unidos (Boston, Cambridge, Somerville, Westborough, Washington D.C. y Austin), pero también en comunidades indígenas de la Amazonía, en ciudades olvidadas de Colombia y en campos de refugiados sirios en Kassel, Alemania y Nås, Suecia, además de conciertos y talleres gratuitos como actos de resistencia cultural.
“Descubrí la importancia de atraer nuevas audiencias y ofrecer experiencias artísticas significativas”, dice. Para él, la música no es elitista por naturaleza; se vuelve elitista cuando se le quita su dimensión humana. Por eso insiste en que el músico orquestal del siglo XXI debe ser versátil, consciente de la sociedad plural en la que vive y comprometido con causas que van más allá del escenario.
Instalado en Atlanta, y ahora también como padre de dos niñas pequeñas, Iván comienza a tejer una nueva relación con la ciudad que lo acoge. Recomienda, sin dudarlo, asistir a un concierto de la Sinfónica de Atlanta en el Woodruff Arts Center, visitar el Museo de Altas Artes y, por supuesto, buscar un buen restaurante colombiano y un lugar donde se pueda bailar salsa. Porque incluso lejos de casa, la identidad viaja con él.
Iván Valbuena, músico colombiano. Foto:Cortesía del artista
Al mirar atrás, Valbuena no se presenta como una excepción milagrosa, sino como un ejemplo del impacto que tienen las políticas culturales y los programas de acceso al arte. Reconoce a la Fundación Batuta, a la Orchestra of the Americas y a todas las organizaciones que apuestan por la música como herramienta de cambio. “Gracias a estos programas entendí el poder transformador de la música”, subraya, y por eso dedica buena parte de su vida a replicar esa experiencia.
“La música es un derecho de todos”, insiste. “Es una forma de rescatar a los niños de la pobreza y la violencia, y una fuente de oportunidades”. En cada nota que sale de su clarinete hay técnica, sí, pero también memoria, gratitud y una promesa silenciosa: la de volver siempre, de algún modo, a aquellos niños que, como él, un día encontraron en la música una forma de salvarse.
Alejandro Ramirez- para EL TIEMPO
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