Roy Leonard nació en la clínica ‘Buena hora’. A cualquier hora del día, los médicos del lugar atendían bien a sus pacientes, “pero esa mañana (el doctor) recibió a Nelly y la pasó inmediatamente a la sala de partos. Y no por amable ni por eficiente, sino porque tenía prisa de salir hacia el estadio de fútbol para no perderse un partido de su equipo favorito (…). (Ella) pujó sin desmayo (…). El médico decidió introducirle unas pinzas metálicas para halar él mismo la criatura mientras le ordenaba a la enfermera que se trepara sobre el abdomen de Nelly para empujar con el peso de su cuerpo el útero hacia abajo”.
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Este es un fragmento de ‘Te llamaré Kennedy’, la nueva novela de Roy Barreras, cuyo nombre completo es Roy Leonardo y, al igual que el protagonista, también nació en una clínica de dudosa procedencia, en medio de condiciones precarias y una situación económica difícil.
Roy Barreras y su libro te llamare Kennedy. Bogotá 13 de febrero del 2026 Foto:MAURICIO MORENO
A lo largo de esta autoficción, Barreras, político, escritor y poeta colombiano, revela algunas historias de su vida que lo han marcado. La importancia de la máquina de coser con la que su mamá lo sacó adelante, la forma en que asesinaron a su abuelo materno, hasta uno de los casos que atendió en la morgue cuando ejercía la medicina, son algunas anécdotas en las que deja su rol político a un lado, para repasar lo que ha vivido para llegar hasta lo que vive hoy en día.
La muerte de John F. Kennedy la relaciona con el nacimiento del protagonista…
Es clave. La pregunta que atraviesa la novela es si la influencia de un nombre puede estimular a un niño para conducir su vida, para impulsarlo lo suficiente como para salir de abajo. El hecho de haber sido asociado con un personaje histórico y trágico, marca o no la vida de alguien y resulta suficiente para salvarlo de la pobreza y de la miseria. Pero también hago un homenaje a quien describe el día de la muerte de Kennedy, que no es el protagonista, sino el prologuista: Leonard Franklin Slye, quien estuvo presente en el asesinato de Kennedy y relata los pensamientos del presidente unos segundos antes de morir.
Allí aparece otro relato interesante: ¿qué es lo que piensa un ser humano en el momento de morir? ¿Alcanza acaso a pensar algo antes de que la bala atraviese su cráneo? ¿Sabe que está muriendo o no alcanza a darse cuenta de que su vida ha terminado? Y si tuviera conciencia en esos últimos segundos, ¿en qué pensaría?, ¿qué es aquello que realmente vale la pena cuando llega, de manera inevitable, el día fatal?
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Usted padeció cáncer de colon, ¿cómo su relación con la muerte nutre la novela?
El protagonista es médico y tiene en sus manos la vida de otros, pero también decide en un momento dedicarse a trabajar con muertos en la morgue. Ese contraste entre autopsias, en medicina legal, escapando de la angustia de tener que ver cómo la vida de otros desaparece, es un conflicto que se reproduce en cada uno de los protagonistas.
Estamos condenados a vivir trágicamente esa realidad o podemos ser felices, sabiendo que la vida puede disfrutarse. Algunos mueren, otros viven, algunos sobreviven al final de las páginas. Escribo desde hace mucho tiempo. Esta es mi tercera maestría en literatura, y Te llamaré Kennedy es mi segunda novela. Retrata una época en Colombia entre los años 60 y los 80 en la que sus protagonistas, nacidos en un barrio popular y en condiciones parecidas a las que tienen la mayoría de los desplazados o quienes sobreviven sin apoyo del Estado. Los personajes se enfrentan con frecuencia a la muerte: ocasionada por el hambre, la violencia callejera.
Roy Barreras y su libro te llamare Kennedy. Bogotá 13 de febrero del 2026 . Foto:MAURICIO MORENO
El libro revela muchos hechos de su vida, ¿por qué no firmarlo como una autobiografía?
Es autoficción. Una forma de novela con la que presenté mi trabajo de grado en la maestría en Literatura Creativa de la Universidad de Salamanca. Y Penguin Random House quiso publicarla. Las novelas de autoficción recogen la vida de una generación con elementos históricos que permiten a sus protagonistas, que son imaginarios, narrar cuál es su circunstancia.
En el caso de Te llamaré Kennedy, hay unos protagonistas que bien podrían vivir en cualquier barriada popular, en una favela, en una comuna y que intentan sobrevivir. El prólogo de Leonard Franklin Slye, que lo recomiendo seriamente, escritor, cineasta, novelista norteamericano retrata de qué manera la muerte y la vida se entrelazan en esta novela.
Durante la maestría en Literatura Creativa estuve a punto de dedicarme al microrelato, pero finalmente me atraparon la novela histórica y la autoficción. Estos géneros permiten, especialmente a los lectores de América Latina y a los colombianos, conocer cómo muchas mujeres humildes —víctimas, en cierto modo, de su destino— logran sobrevivir a pesar de la agresión y del abandono, dar otras vidas e intentar conservar la esperanza de que sus hijos tengan un futuro mejor. Incluso les ponen nombres rimbombantes, extraños o extranjeros, con la ilusión de que ese nombre pueda salvarlos de la pobreza.
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Usted se llama Roy Leonardo y el protagonista de la novela Roy Leonard…
No quiero spoilear, como dicen ustedes los jóvenes, la novela, pero en uno de los capítulos aparece una conversación entre una joven madre soltera y el cura. Ella le dice: “Quiero ponerle a mi hijo Kennedy, en homenaje a un presidente de Estados Unidos que acaban de asesinar” (esto fue en 1963). El sacerdote se opone y le responde que no, que Kennedy es un apellido, y que solo podría llevar ese nombre si fuera hijo de Kennedy. Se burla de ella porque sabe que ese niñito —hijo natural, bastardo y sin padre— no es hijo de ningún presidente.
Roy Barreras y su libro te llamare Kennedy. Bogotá 13 de febrero del 2026 Foto:MAURICIO MORENO
Ella defiende su decisión y afirma: “Yo quiero que mi hijo salga adelante y sea importante”. En esa conversación, el niño termina siendo bautizado con un nombre de ficción y, al mismo tiempo, con un nombre que rinde homenaje. Por eso lo reconoce el prologuista, un escritor real: Leonard Franklin Slye, autor, cineasta y director, novelista y creador de una saga de westerns del siglo pasado llamada Roy Rogers, de donde surge el origen de ese nombre.
¿En qué libros se influenció para escribir la novela?
Cada escritor es fruto de todo lo que ha leído. Probablemente autores como Saramago o Kafka han marcado en parte el estilo de lo que escribo. También un autor de autoficción tan conocido como Truman Capote ha influido en mi manera cruda de describir la vida y la tragedia de los personajes. En la época en la que estaba escribiendo, además, estaba releyendo a Dostoievski y sus años en Siberia y su capacidad para escribir en medio del frío y bajo la amenaza constante de morir fusilado.
Me interesan, en particular, aquellos escritores que se enfrentan a la tragedia y la superan, así como quienes son capaces de describir a los que no logran escapar de la tragedia del ser humano, como Gregor Samsa en La metamorfosis, o quienes caen en ese proceso, como el propio Raskólnikov en Crimen y castigo.
Ejerció medicina por más de dos décadas, ¿tuvo algún rol parecido al del protagonista?
Muchos, yo creo que como dice Borges, la imaginación es memoria. Y la memoria también es imaginación. La literatura es imaginación, poesía, creatividad. Inevitablemente cada autor trae asuntos de su memoria, de lo que ha vivido, de lo que ha conocido, de lo que ha leído y lo convierte en material para sus protagonistas.
Trabajé en hospitales públicos, en el Instituto de Medicina Legal, supe lo que es atender una persona y salvar su vida, así como entendí lo que es hacer una autopsia. Conocí las historias que están en la novela y puedo compartir con quienes la lean que es posible avanzar.
En el libro menciona a un muerto al que bautiza Bonifacio, ¿cómo se conecta con usted?
Alguna vez, en una morgue, un colega médico y yo, mientras hacíamos nuestro trabajo, estábamos frente al cadáver de un hombre anónimo, obeso, que había sido atropellado. Nadie lo reclamó. Era la imagen de la soledad absoluta: un hombre muerto sin nadie que lo buscara. Entonces decidimos ponerle un nombre. Lo llamamos Bonifacio y le inventamos una historia. Treinta años después, esa historia se convirtió en uno de los capítulos de esta novela.
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¿En qué momento abrió campo para la literatura en medio de su agenda política?
La vida es muy valiosa. Es una bendición, y yo la aprovecho intensamente. La mayor parte de mi vida, curiosamente, ha sido académica. He hecho en total siete maestrías, incluyendo filosofía y sociología, y aún me falta una en historia. No paro de escribir. Mi primer contacto con la literatura fue muy joven, en el colegio: presidí la sociedad literaria, me gustaba declamar y empecé a escribir poesía desde muy temprano.
Luego, mi carrera médica me alejó de la literatura, pero apenas pude retomé y escribí mi primera novela, publicada por Planeta, titulada Polvo eres y en polvo te convertirás. En esa época no tenía nada que ver con la vida pública. Como anécdota, los derechos de esa novela los compró el canal RCN para hacer una serie de televisión, pero finalmente, por la competencia entre canales, el proyecto fue archivado después de tener listos los guiones de cuarenta capítulos. Eso fue en 1985. Es decir, llevo más de treinta años escribiendo en serio y he publicado una docena de libros.
Esta es una vida paralela, una vida que pocos conocen. He escrito un par de libros de poesía y esta, mi segunda novela, es, como ya he contado, un ejercicio académico riguroso que pasó por el ojo crítico de los jurados de la maestría en literatura y que constituye una construcción de la que estoy muy orgulloso.
Creo que va a emocionar a quienes la lean. Invito a los lectores a que se olviden de quién es el autor y disfruten las historias de vida que contiene esta novela. Además de que Kennedy muere el mismo día en que nace el personaje principal, hay un apartado que desglosa con detalle cómo el día de la muerte de Kennedy también se convirtió en un momento decisivo en Estados Unidos, al consolidarlo como un gran líder.
¿Cómo son sus rituales de escritura?
Hice un enorme esfuerzo para que Penguin Random House publicara esta novela con seudónimo, porque no quería que se mezclara con esa otra vida que tengo, la vida política. Sin embargo, la editorial insistió en que la firmara con mi nombre. Aun así, esta es mi verdadera vocación y me hace feliz. Hay dos cosas que me hacen inmediatamente feliz: ver a mis nietos y entrar a una librería, sumergirme en el mundo de la literatura.
Mi ritual de escritura ocurre en las madrugadas. Mi trabajo, que comparto con esta vocación, hizo que incluso para realizar la maestría tuviera que leer y escribir durante la noche, normalmente entre las dos y las tres de la mañana, cuando el silencio me permite trabajar mejor.
Tardé un año y medio en construir esta novela, hasta encontrar algunos elementos interesantes. Por ejemplo, hallé una carta que la protagonista le envía a ese escritor norteamericano, pidiéndole que la ayude a sacar adelante a su hijo. Ese hallazgo nos pareció fascinante y lo reproduje en la novela.
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¿Cuáles vivencias suyas recordó, pero no están en el libro?
Fue muy emocionante recoger la historia de algunos compañeros de barriada que no sobrevivieron a la pobreza o a la violencia: aquellos que murieron y aquellos que mataron, y a quienes yo conocí antes de que se convirtieran en asesinos. Esa vivencia está presente en este libro.Y aquí hay historia, está Loló, un personaje, que en la vida real fue mi primera novia en la adolescencia. Solo que yo no pude matar a su agresor, pero alguien en el barrio sí lo mató. En su momento ni siquiera alcancé a asimilar del todo. Mi madre también aparece en esta historia. Ella le mandaba cartas a Cantinflas, a Mario Moreno, con la esperanza de que pudieran ayudarle a pagar la educación de su hijo. Por supuesto, nunca nadie le contestó.
¿Su plan de retiro es la literatura?
Tengo dos proyectos, y ese es mi plan inicial, porque todavía tengo una tarea enorme por delante. Aspiro a dedicarme de lleno y de manera exclusiva a la escritura cuando termine algunas responsabilidades políticas, dentro de unos años. Quiero escribir mi siguiente novela, que se titula El hombre de papel, y otra más llamada Las fieras que somos.
Ambas están escritas aquí, en mi cabeza, pero necesito un año o un año y medio para cada una, de modo que pueda dedicarme a construir una obra literaria seria. En mi caso, como autor —no como protagonista—, la felicidad definitivamente no está en la política. La desaconsejo por completo para quien quiera ser feliz.
En cambio, aconsejo dedicarse absoluta y libremente al arte, a la música, a la literatura, a la danza, a todo aquello que nos hace creadores, lo que nos vuelve profunda y exclusivamente humanos. Ahí está la felicidad: darle vida a algo, sembrar, construir, ver crecer, crear lo que no existe. Lo demás es mecánica, y la política, por supuesto, suele ser un oficio ingrato. Yo encuentro la felicidad en la literatura.
María Jimena Delgado Díaz
Periodista cultural
@mariajimena_delgadod
















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