El segundo día de hostilidades de la operación conjunta entre Estados Unidos e Israel contra Irán confirmó que la muerte del ayatolá Alí Jamenei, lejos de marcar un posible desenlace, podría convertirse en el punto de partida para un recrudecimiento del conflicto.
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A lo largo de la jornada se sucedieron los bombardeos desde posiciones israelíes contra ciudades iraníes y viceversa, se confirmó la muerte de tres soldados estadounidenses durante la operación y la destrucción del cuartel general de los Guardianes de la Revolución. Teherán, por su parte, multiplicó sus represalias contra bases que albergan tropas norteamericanas en el Golfo y contra territorio israelí.
Desde Washington, el presidente Donald Trump reiteró su llamado a un cambio de régimen y dijo que prevé operaciones durante cuatro semanas, pero dejó abierta la puerta al diálogo. “Ellos quieren hablar y yo he aceptado hacerlo, así que hablaré con ellos. Deberían haberlo hecho antes”, declaró el mandatario a la revista The Atlantic.
En paralelo, el ministro de Exteriores de Omán, Badr al Busaidi, aseguró que su homólogo iraní, Abás Araqchí, le transmitió la disposición de Irán a “cualquier esfuerzo serio que contribuya a detener la escalada y restablecer la estabilidad”, según la agencia estatal omaní ONA.
El presidente Donald Trump regresó este domingo a la Casa Blanca tras los ataques a Irán. Foto: AFP
De igual forma, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, anunció la movilización de 100.000 reservistas y la intensificación de los bombardeos contra objetivos estratégicos en Teherán. A esa escalada se sumó Francia, Reino Unido y Alemania, que avisaron que considerarán tomar medidas para destruir la capacidad de Irán de lanzar misiles y drones.
Esto parece indicar que el conflicto, en apenas 48 horas, dejó de ser una operación destinada a generar un impacto inmediato (como ocurrió en Venezuela) para convertirse en un pulso de alcance global. La pregunta que surge ahora es qué escenarios se abren para Irán y para la región.
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La transición del poder en Irán en medio de bombardeos
La muerte de Jamenei, líder supremo desde 1989, representa mucho más que un golpe simbólico. Desde la Revolución de 1979, que puso fin a la monarquía, la figura del líder supremo concentra la máxima autoridad sobre el Estado, las Fuerzas Armadas y los órganos religiosos.
Ante el vacío de poder, el régimen anunció este domingo la conformación de un triunvirato transitorio integrado por el presidente Masoud Pezeshkian, el jefe del Poder Judicial, Gholamhosein Mohseni Ejei, y el clérigo Alireza Arafi, miembro de la Asamblea de Expertos. La fórmula apunta a garantizar la continuidad mientras se activa el mecanismo de sucesión.
Sin embargo, todo indica que la sucesión se desarrollará bajo bombardeos y con parte del alto mando militar eliminado. No debe pasarse por alto que Trump afirmó que “48 líderes iraníes desaparecieron de un solo golpe”. En ese contexto, el régimen se ve obligado a resolver simultáneamente la conducción de la guerra y la reorganización del poder interno.
Vigilia en Teherán tras el asesinato del líder supremo de Irán, Alí Jamenei. Foto:AFP
Aquí emergen dos hipótesis, según los expertos. La primera: una transición controlada, en la que las élites religiosas y militares pacten un sucesor capaz de preservar la arquitectura institucional.
“Figuras políticas como (Hasán) Rohani, junto con actores del establishment de seguridad como Ghalibaf, podrían intentar moldear un orden post-Jamenei”, sostiene Hamidreza Azizi, investigador no residente del Consejo de Oriente Medio para Asuntos Globales, en un análisis publicado en sus redes sociales.
La segunda: una disputa interna entre facciones —clérigos conservadores, sectores pragmáticos, mandos de la Guardia Revolucionaria— que, bajo presión externa, podría profundizar tensiones.
“Si algo nos enseñó la caída de Saddam Hussein en 2003 es que no se pueden sustituir de la noche a la mañana las estructuras de poder sin condenar al país al caos y a la violencia”, sostiene Ignacio Álvarez-Ossorio, catedrático de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Complutense de Madrid.
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¿Rebelión o cohesión? La incógnita sobre la reacción de la sociedad iraní frente a la guerra
Irán llega a esta guerra con heridas abiertas. Las protestas desde 2019, la crisis económica, la inflación persistente y la represión tras la muerte de Mahsa Amini en 2022 vienen erosionando la legitimidad del régimen.
La apuesta de Trump parece ser convertirse en la chispa que impulse a los iraníes a salir a las calles —tras confirmar la muerte del ayatolá, llamó a las fuerzas de seguridad del país a unirse a la población para “recuperar el país”—. Sin embargo, para varios analistas, la agresión externa podría generar el efecto contrario, debido a la ausencia de un liderazgo opositor unificado y de un proyecto político capaz de articular el descontento.
La gran mayoría de opositores está en el exilio (incluido Reza Pahlavi, hijo del depuesto sha); otros han sido encarcelados o silenciados (entre otros, varios reformistas como el ex primer ministro Mir-Hosein Musaví), y muchos más cuentan con poco respaldo popular (como los Muyahidines del Pueblo de Irán en el exilio).
Imagen satelital muestra edificios destruidos en el complejo del líder supremo iraní en Teherán. Foto: Vantor / AFP
De ahí que, para Álvarez-Ossorio, una transición bajo presión podría recaer en una figura surgida desde dentro del propio régimen, perteneciente a los sectores más moderados y reformistas, capaz de conducir el cambio sin desmantelar las estructuras de poder y evitar así que el país termine en el caos.
Hay otro factor que entra en juego. Irán es un mosaico étnico y religioso compuesto por kurdos, baluches, árabes, azeríes y turcomanos que conviven bajo un Estado históricamente centralista y represivo. En un escenario de debilitamiento del poder central, regiones como el Kurdistán iraní o Baluchistán podrían reactivar demandas de autonomía.
El riesgo de que la escalada derive en un conflicto regional prolongado
Uno de los elementos más sensibles es el contexto previo. Irán participaba en rondas de negociación y había inspecciones activas de la OIEA cuando comenzó la ofensiva. Según Rosa Meneses, subdirectora del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos (CEARC), la decisión de escalar militarmente cuando existía una vía diplomática abierta “mina la confianza y torpedea futuras negociaciones”.
Ese punto de partida condiciona los escenarios que pueden venir.
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La comparación con la llamada guerra de los 12 días de junio de 2025 resulta inevitable. Aquella fue una operación con un objetivo delimitado por parte de Estados Unidos: destruir instalaciones nucleares específicas en territorio iraní.
Lo actual parece distinto. Las represalias iraníes contra bases en el Golfo y la alteración del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz —por donde transita cerca de una cuarta parte del crudo mundial y una quinta parte del gas natural licuado— introducen un riesgo que no estaba presente en la misma magnitud en 2025.
“La guerra de los 12 días fue un ensayo de qué comportamientos podía alcanzar Irán, hasta dónde estaba dispuesto a responder. Y, visto lo visto, hasta ahora todas las partes han optado por una respuesta no tan calibrada como sí la tuvieron en ese entonces. Por lo tanto, estamos ante un escenario notablemente peor. También el contexto regional es mucho más diferente al de 2025”, sostiene Meneses.
A partir de ahí se abren, al menos, tres escenarios, según expertos.
El primero es el de una guerra contenida, con ataques aéreos y navales intensos pero limitados, sin intervención terrestre directa y con una eventual presión internacional que obligue a retomar canales diplomáticos.
Aeronaves desplegadas en el portaaviones Abraham Lincoln, en el marco de la Operación Furia Épica. Foto: AFP
El segundo escenario es el de una escalada regional prolongada, en el que la confrontación no se detiene rápidamente, sino que se transforma en una guerra de desgaste.
Alexánder Montero, experto en Medio Oriente, describe la situación actual como el “tercer escalón” de un conflicto que venía escalando desde ataques previos y desde las fuertes manifestaciones internas en Irán. En su análisis, más que una cuestión exclusivamente nuclear, se trata de una disputa estratégica por el control indirecto de grandes reservas energéticas y por el reposicionamiento de Estados Unidos frente a China.
En ese marco, el conflicto podría mantenerse en el aire y en el mar, con predominio aeronaval de Washington y Jerusalén, pero con respuestas constantes de Teherán que mantengan a la región en tensión permanente.
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El tercer escenario —y el menos probable, según los analistas— sería una intervención terrestre. Ahí Montero plantea la pregunta clave: “Si se logra el objetivo desde el aire, Trump no tendrá desgaste político. Pero si hay que llevar tropas de tierra, el costo político será enorme”.
Una operación terrestre transformaría la crisis en una guerra abierta, con consecuencias impredecibles para la estabilidad interna de Irán y para toda la región.
CAMILO A. CASTILLO – Subeditor Internacional – X: (@camiloandres894)
















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