En un momento donde las campañas electorales parecen volcarse cada vez más hacia el monólogo de las redes sociales y el ‘marketing’ de imagen, el analista Gabriel Cifuentes Ghidini lanza una advertencia contundente en su columna dominical de EL TIEMPO. Para Cifuentes, la progresiva desaparición o el desdén hacia los debates presidenciales no es solo un cambio de estrategia comunicativa, sino un síntoma alarmante que podría significar la «sepultura de la democracia».
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El analista reconoce que existe un escepticismo creciente sobre la utilidad de estos encuentros. Muchos sectores consideran que los debates son inocuos, argumentando que pocos electores cambian su voto tras verlos. Otros, por su parte, desconfían de los medios organizadores o sugieren que el riesgo de cometer un error es tan alto que solo benefician a quienes marchan rezagados en las encuestas. Sin embargo, Cifuentes sostiene que estas visiones utilitaristas ignoran la verdadera esencia de la confrontación de ideas.
Foto:Sergio Acero / Archivo El Tiempo
La deliberación como escudo democrático
Para el columnista, la importancia del debate descansa en su capacidad de ser uno de los pocos espacios de deliberación real en medio del ruido electoral. «La deliberación en sí misma es la práctica que legitima la democracia representativa», afirma Cifuentes, destacando que estos espacios permiten un escrutinio directo por parte del ‘demos’ (el pueblo), evitando que el debate público quede secuestrado por retóricas unilaterales.
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En un entorno plagado de desinformación, el ejercicio de debatir con sentido actúa como una «inmunización» para la ciudadanía frente a la «hueca retórica» y las reducciones dogmáticas. Según el análisis, el fin último de la conversación pública es lograr acuerdos racionales orientados a resolver los problemas de la vida en común, algo que solo se logra mediante el entendimiento y el lenguaje.
Un llamado contra el ‘autoengaño colectivo’
Cifuentes es enfático al señalar que cualquier democracia que aspire a ser auténtica debe abrirse a la «alteridad» y propiciar una confrontación vibrante de visiones. Evitar el debate es, en sus palabras, un paso hacia un «repudiable autoengaño colectivo».
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La columna concluye con una reflexión profunda sobre la función social de la palabra: debatir y deliberar son actividades humanas esenciales para «descosificar la vida social». Solo a través del intercambio abierto de propuestas es posible articular un horizonte de reconocimiento y dignidad para todos. En última instancia, renunciar al debate es renunciar a la herramienta más poderosa que tiene una sociedad para construir acuerdos compartidos y fortalecer su capacidad crítica colectiva.
















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