Arroz, hermosos paisajes, pájaros acompañando el viaje. Las hermanas Juliana y Ángela Carabalí harán un recorrido que les sacudirá el alma, y que pospusieron durante décadas; hasta que Ángela tuvo un sueño: Esaú Carabalí Brand, su padre, un agricultor víctima de desaparición forzada en Caloto (Cauca) 30 años atrás, le pidió que lo buscara.
«Yo había estado trabajando previamente con el patrimonio cultural inmaterial y creí que esa iba a ser mi línea de trabajo siempre. Entonces, cuando tengo este sueño, siento que debo utilizar mi quehacer para enfocarme en esas temáticas, yo no había volcado mis ojos hacia los derechos humanos en Colombia, así que arranqué con ese propósito; pero, en la mitad del camino te das cuenta de que es algo muy doloroso y mucho más grande de lo que uno se imagina», rememora Ángela Carabalí, documentalista becaria del Sundance Institute, que estrena su primer largometraje documental titulado ‘Soñé su nombre’.
La película, una preciosa propuesta narrativa visual y sonora que sigue a las hermanas recogiendo los pasos de su padre a través de la gente que lo conoció, se acaba de estrenar en las salas de cine del país. Ángela es la primera directora afrodescendiente colombiana en exhibir su producción audiovisual a los teatros comerciales.
La directora colombiana Ángela Carabalí. Foto:Liberman Arango
El relato audiovisual nace de una herida personal que se transforma en lamento colectivo: la desaparición forzada de su padre, un agricultor afrodescendiente, es el dolor de las familias de las 135.000 víctimas de este flagelo en Colombia.
«Algo que queríamos mantener es que no se trataba solo de la historia de una hija y un padre, sino que era la historia de muchas otras personas y familias. Mi padre era el rostro de los 135.000 desaparecidos en Colombia y uno de esos nombres que deben ser pronunciados en voz alta», explica la directora.
‘Soñé su nombre’ forma parte de una experiencia expandida que llegará a la audiencia a través de varias plataformas: tendrá un cuento infantil ilustrado, «en el que estamos trabajando porque el año pasado ganamos la convocatoria Crea Digital para contenidos Transmedia, entonces anhelamos encontrar una editorial que nos pueda imprimir», cuenta Ángela.
La película está repleta de simbología. Foto:Liberman Arango
También contará con una experiencia interactiva museográfica, una videodanza, que está basada en la canción original de la película -que se titula ‘Te llevo en mi corazón’, original de Juancho Valencia y que ya se puede descargar en Spotify y encontrar el videoclip en YouTube.
Este fue un viaje de descubrimiento, no solo para ustedes, sino para toda la audiencia porque uno no se alcanza como a imaginar el trasfondo de las cosas en esa región del país, tan azotada por la violencia.
Definitivamente. De hecho, pues nosotros estando conectadas con el territorio a través de la desaparición forzada de mi padre y que era el lugar donde él trabajaba, pues no habíamos regresado, estábamos muy alejadas de lo que pasaba ahí, aunque también uno le hace su seguimiento, ¿no? Y como que también hay muchas ideas que uno se hace estando en la ciudad. Hay ciertos estigmas también que tiene la zona, que el viaje también nos permitió transformar. Entonces, si bien es una zona muy compleja por su ubicación geográfica y porque alrededor hay un montón de problemáticas que tienen que ver con el monocultivo de la caña de azúcar, los cárceles de narcotráfico, problemas con la tenencia de la tierra, problemas también interétnicos, también existe una comunidad indígena, la comunidad indígena naza, que resiste ante la violencia y la adversidad manteniendo una conexión muy especial con la comida, con la comunidad, con la esperanza y con la dignidad. Y eso fue algo que nos reveló la película.
El filme ya se puede ver en los cines del país. Foto:Liberman Arango
¿Tuvo muchas dudas antes de empezar el documental?
Muchas. La primera fue: ‘¿qué hago con este llamado?’ Luego, vinieron las dudas económicas, porque es difícil sostener un proyecto de esa naturaleza. También a nivel creativo es complejo encontrar la estructura idónea que pueda conectar con lo que es uno y con lo que puede ser algo importante para la audiencia. Y ya en el camino, cuando van sucediendo las cosas, empiezas a pensar qué dejamos para la familia y para la experiencia personal, y qué dejamos para la película.
La película está llena de símbolos y homenajes…
Resulta que cuando alguien desaparece, los objetos se vuelven muy importantes. Mira, cuando una persona fallece, tú puedes hacer ese cierre, sabes que esa persona nunca va a regresar y que esos objetos ya no los va a necesitar. Mientras que cuando esa persona desaparece, esos objetos como que lo esperan hasta que algún día que regrese. Entonces adquieren un valor simbólico muy grande y queríamos a través de esos objetos justamente poder traer a la memoria esa ausencia- presencia que tiene uno constantemente cuando su familiar está en esas condiciones. Entonces queríamos también que los recursos audiovisuales estuvieran conectados con el sentimiento y con el valor que para uno tienen esos elementos, así como los rostros de las otras personas que han sido desaparecidas. Queríamos que estuvieran aquí y que los familiares de ellos pronunciaran en voz alta su nombre completo, porque a veces cuando nos dicen desaparecidos en Colombia tú dices: ‘qué fuerte’. Pero cuando te das cuenta de que tiene nombre, apellido, una familia, que es una persona cercana, la dimensión cambia. El objetivo de esta película es generar una comprensión más humana y más empática de la desaparición forzada.
¿Tuvo miedo durante el proceso de hacer esta película?
Sí. El miedo nos acompañó todo el tiempo porque, por un lado, desenterrar una historia dolorosa, pues uno nunca quiere enfrentarse a sus dolores. Y aquí fue como si te tocaran la puerta y te dijeran: ‘es el momento’. Lo otro era poner en riesgo la comunidad indígena donde mi papá trabajaba porque tú vas allá a escarbar, a preguntar, o haces una grabación inadecuada y luego a quienes van a ir a buscar es a las personas del territorio. Y lo otro era que si bien fuimos a buscar a mi padre, pues uno tiene mucho miedo de qué se va a encontrar uno en ese lugar.
SOFÍA GÓMEZ G.- REDACCIÓN CULTURA
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