Ha pasado una semana desde el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel a Irán, y aún hay muchos interrogantes por resolver. El más apremiante es hasta dónde llegará la expansión del conflicto y cómo se resolverá. Mientras tanto, empiezan a cobrar importancia otras preguntas que involucran a América Latina. ¿Dónde ha quedado el sistema multilateral y el derecho internacional? ¿Qué dice este episodio sobre los límites de las acciones de Trump en el escenario internacional? ¿Qué implica todo esto para Colombia?
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Para responder preguntas complejas como estas, se requiere la claridad analítica de un experto de gran calado. Juan Tokatlián es argentino como el que más, pero también colombiano como el que más, y durante el largo periodo que vivió en nuestro país, fue responsable de la formación de muchos de nuestros mejores internacionalistas. Hoy es profesor titular de la Universidad Torcuato Di Tella, en su natal Argentina, y desde ahí ve con inquietud el arribo de una nueva era de las relaciones internacionales, en la que Colombia puede tener nuevas oportunidades si sabe jugar bien sus cartas.
¿En qué marco internacional se han dado las acciones del gobierno de Donald Trump, tanto las de Caracas el 3 de enero como las de hace una semana en Irán? ¿Son legales a la luz del derecho internacional?
Hay que considerar dos planos esenciales: la legalidad y la institucionalidad. Ambas están entrelazadas en el marco de Naciones Unidas, su Carta y las normas sobre el uso de la fuerza.
Si un país está en una condición de inminencia de ser atacado y hay evidencia de ello, no tiene por qué cruzarse de brazos. Aunque no hay una legalidad expresa, sí existe una costumbre internacional que admite lo que en inglés se llama preemptive action, que convendría traducir como acción anticipatoria.
Algo distinto se da cuando no hay ni inminencia ni evidencia de que un país vaya a ser atacado y, aun así, ataca a otro país. En la jerga anglosajona, eso suele llamarse preventive action y no es legal. Esta clase de acciones ilegales se suele dar porque se considera que la contraparte está en un momento de debilidad y se aprovecha esa condición para lanzar un ataque, una invasión o una operación armada.
Lo que vimos desde el 3 de enero hasta hoy son dos casos en espacios muy distintos: uno, de manera unilateral por parte de Estados Unidos en Venezuela; y otro, junto con Israel, frente a Irán. En ninguno de los dos había condiciones mínimas de inminencia o evidencia que pusieran en peligro a Estados Unidos.
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¿Qué papel juega el factor de debilidad?
El llamado arco chiita, es decir, la proyección iraní en Irak, Siria, Líbano y Yemen, así como su apoyo a Hamás, entró en retroceso después del ataque de Hamás a Israel del 7 de octubre de 2023. Eso fue creando unas condiciones de vulnerabilidad en Irán que facilitaron acciones como las que hemos visto.
El 7 de marzo hubo ataques contra una base junto al Aeropuerto Internacional de Bushehr, Irán. Foto:AFP
¿Entonces, las acciones en Irán y Venezuela no se justificaban desde el punto de vista del derecho internacional porque no había evidencia ni inminencia de una amenaza contra Estados Unidos?
Así es. Ni el acto de Venezuela ni el de Irán fueron legales. Claro que una cosa es la legalidad y otra la legitimidad. Algunos sostienen que podía existir, eventualmente, una futura acción iraní contra Israel. Pero, si entramos en el terreno de la conjetura, todo es posible.
Ese razonamiento se usó en 2003 para justificar la invasión a Irak: Saddam Hussein tendría armas de destrucción masiva, o si no las tenía en ese momento, las tendría más adelante y las usaría. Allí se separó la legitimidad de la legalidad. A mi modo de ver, para quienes han defendido el derecho internacional como un freno a la arbitrariedad del poderoso, aquí hay un problema en ambas dimensiones: la legalidad y la legitimidad.
Lo decisivo en estos casos es la reacción institucional. Panamá fue invadida en 1989 y Manuel Antonio Noriega fue llevado a Estados Unidos. En enero de 1990 se presentó en Naciones Unidas una resolución crítica sobre esa invasión por su carácter ilegal, y uno de sus redactores fue precisamente Colombia. La resolución no prosperó porque la vetaron Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, pero la administración Bush pagó un costo político por sus acciones ilegales.
Donald Trump e Irán. Foto:EFE.
Ahora las cosas han cambiado. ¿Qué pasó en el caso de Venezuela? El tema volvió al Consejo de Seguridad de la ONU, pero ni Rusia ni China impulsaron una resolución crítica contra Estados Unidos, como tampoco Europa ni los países del sur global presentes en ese momento. Estados Unidos no pagó ningún costo político por sus acciones, ni siquiera simbólico.
Tras el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel a Irán, hubo una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad y tampoco salió ninguna resolución. El derecho internacional está tan erosionado que, si bien no está muerto, se encuentra en estado de coma. Y el Consejo de Seguridad, que debería velar por la paz y la seguridad internacionales, está paralizado. Nadie se atreve a frenar a Estados Unidos, ni a Rusia, ni a Israel. Naciones Unidas atraviesa una crisis de credibilidad fenomenal frente al uso de la fuerza.
El derecho internacional está tan erosionado que, si bien no está muerto, se encuentra en estado de coma. Y el Consejo de Seguridad de la ONU, que debería velar por la paz y la seguridad, está paralizado
Juan TokatliánInternacionalista
Usted dice que el derecho internacional se ha venido erosionando, pero que aún no está muerto. ¿Bajo qué condiciones podría revertirse este deterioro?
Estamos ante un cambio de época cuyos contornos futuros son imprevisibles. A mi modo de ver, no entramos en una era de incertidumbre, como mucha gente argumenta, sino en una era de peligrosidad.
Hay una imagen muy elocuente: en 1947, científicos de la Universidad de Chicago, preocupados por Hiroshima, Nagasaki y la carrera nuclear, crearon el Boletín de Científicos Atómicos y ubicaron allí un instrumento denominado el reloj del Apocalipsis, que marcaba de manera simbólica qué tan lejos estaba el mundo de una catástrofe. Cuando terminó la Guerra Fría y se hablaba del dividendo de la paz, la aguja de ese reloj se puso a 17 minutos de la medianoche. Hace apenas tres semanas, la colocaron a solo 85 segundos.
Ese cambio simbólico refleja un estado del mundo en el que el problema central ya no es la incertidumbre, sino la peligrosidad: actores con objetivos distintos, sociedades mutando aceleradamente, polarización política en Occidente y una renovada expansión del militarismo a través del aumento de los presupuestos de defensa. Eso puede meternos en un túnel en cuyo final no necesariamente hay luz.
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¿Cuáles son las implicaciones para América Latina de esta era de la peligrosidad y de este ímpetu sin controles de Trump? ¿Cómo deberían actuar países como Colombia, Brasil o Perú, que además tienen elecciones este año?
Hay una tensión en nuestra región que debería servirnos de marco de referencia para ubicar las acciones de Estados Unidos, y no al revés. Si uno analiza variables como el comercio, la inversión y la actuación conjunta en foros como la OEA o la ONU, encuentra una América Latina cada vez menos gravitante y más fracturada.
Pero también tenemos algunas ventajas. Somos una región que no se pelea entre sí. Tenemos violencia interna, pero no guerras entre nosotros. Somos una zona de paz, una superpotencia energética, alimentaria y minera, y una hiperpotencia en biodiversidad. Un escenario internacional sin hegemonías absolutas nos debería dar más margen para movernos con distintos socios.
La paradoja es que, siendo menos gravitantes, nos hemos vuelto excesivamente relevantes para Estados Unidos. Siempre nos quejábamos de estar por fuera de su radar y ahora estamos, pero mal, porque aparecemos desde sus intereses de poder y de control del área de influencia, como si estuviéramos en la Guerra Fría.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump (c), junto a mandatarios latinoamericanos. Foto:EFE
Si uno lee las estrategias de seguridad y defensa de Estados Unidos, encuentra una visión casi anacrónica, con China como gran fantasma. China tiene presencia en la región en economía, comercio, asistencia y diplomacia, pero en gran medida por el vacío que dejó Washington. El regreso de Estados Unidos a la región nos encuentra débiles frente a un país que ve en América Latina cosas negativas, como migración ilegal, drogas e inestabilidad.
Ahora, Estados Unidos está tratando de ordenar a la derecha latinoamericana y revitalizando una especie de derecha internacional reaccionaria. Por ejemplo, este fin de semana se ha organizado en Miami una cumbre de mandatarios de derecha de la región. Por eso, las elecciones de Perú, Colombia y Brasil son esenciales. Si en estos tres países ganara la derecha, Estados Unidos podría alinear a toda Sudamérica. En esos tres países se juega buena parte del futuro de la relación entre Estados Unidos y América del Sur.
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Estados Unidos ha jugado un papel en elecciones regionales recientes. En las parlamentarias de Argentina, su respaldo económico fue un factor determinante para Milei, mientras que en Honduras hubo manifestaciones explícitas de simpatía por el candidato de la derecha. ¿Hasta dónde podría llegar la intervención de Estados Unidos en las elecciones de Perú, Colombia y Brasil?
Depende de qué haga exactamente. Los ejemplos de Argentina y Honduras son ilustrativos, pero el caso más interesante es Canadá. Apenas llegó al gobierno, Trump dijo que quería anexar a Canadá como estado 51 e imponerle altos aranceles, y lo señaló como exportador de fentanilo. Eso parecía favorecer al candidato conservador, que en ese momento llevaba gran ventaja sobre el liberal Carney, pero el pánico que generó Trump terminó volteando la elección y Carney ganó.
Mi impresión es que, si algo logró el viaje del presidente Petro a Washington, fue limitar por ahora la gravitación de Estados Unidos en la elección colombiana. Lo que parecía un encuentro para incendiar la relación terminó siendo práctico para ambas partes. Y lo que hace Lula en Brasil es mantener una agenda propia sin buscar una confrontación costosa con Estados Unidos que favorezca a Bolsonaro. En Colombia, la derecha probablemente va a querer traer a Washington al escenario electoral, pero si lo hace en exceso, puede terminar siendo vista como un apéndice de Estados Unidos sin ganancias electorales.
El próximo presidente de Colombia, que no sé quién será, tendrá que ubicar en un lugar importante y calcular más estratégicamente el papel que un Estados Unidos más prepotente va a tener
Juan TokatliánInternacionalista
Suponiendo que la visita del presidente Petro a Washington hubiera reducido el potencial de intervención estadounidense en nuestras elecciones, ¿con qué resultado electoral Estados Unidos volvería a ponerse en alerta hacia Colombia?
Estados Unidos va a seguir en alerta frente a Colombia, pero hay que tener en cuenta que tiene problemas mayores. El país no es productor ni exportador de fentanilo, y la mayoría de las muertes por sobredosis están asociadas a esa sustancia. En ese sentido, México es un problema mayor para Washington que Colombia.
Uno de los caminos que encontró Petro para reducir el impacto de Washington en la elección colombiana fue la posibilidad de seguir cooperando. Esa opción tiene que ver con la confianza histórica de Estados Unidos en las fuerzas de seguridad colombianas y con que la idea de la ‘paz total’ se ha vuelto insostenible. El próximo presidente de Colombia, que no sé quién será, tendrá que ubicar en un lugar importante y calcular más estratégicamente el papel que un Estados Unidos más prepotente va a tener.
Además, Colombia es clave para que el experimento en Venezuela funcione. A Estados Unidos le sirve que Colombia aporte política y económicamente a la estabilización al otro lado de la frontera.
Por eso, si bien Colombia tiene una agenda compleja con Estados Unidos, no es del todo negativa. Hay campos en los que se puede manejar la relación, pero eso exige revivir una Cancillería muy calificada, una diplomacia de bajo perfil en algunos temas, mayor sobriedad en los argumentos y una incidencia persistente sobre actores sociales y políticos en Estados Unidos, un conjunto de factores que Colombia tuvo durante muchos años.
MAURICIO REINA
Especial para EL TIEMPO
















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