Tengo pegada en mi cabeza la canción de Bad Bunny Debí tirar más fotos. Oyéndola me doy cuenta de que su letra conecta con la necesidad de guardar para no olvidar.
Eso me lleva a pensar en cómo hoy vivimos rodeados de memorias depositadas afuera: en la nube, en un archivo, en un drive.
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Cuando la estética ganó terreno, y se comenzó a pensar en platos ‘instagrameables’, la comida empezó a dialogar más con el celular que con el paladar.
A lo largo de mi oficio como cocinera y comunicadora gastronómica he comido montones de platos, desde los más sofisticados hasta los más sencillos. A casi todos, más por costumbre que por intención, les hice fotos. Las acumulo.
Aparece entonces una pregunta: ¿de qué sirve tener tantos registros si la memoria no activa el gusto? Veo las fotos y no recuerdo el sabor y tampoco vuelve la sensación del primer bocado. En algunos casos, ni siquiera tengo claro el lugar.
Sirven para contar en redes que estuvimos ahí, para mostrar lo que comimos, para inspirar y, tal vez, para producir envidia. Sin duda es mejor despertarla que sentirla, como decía un viejo comercial.
Se dice que todo entra por los ojos. Esa idea orienta muchas decisiones en restaurantes y cocinas: montajes más cuidados, vajilla, decoración. Cuando la estética ganó terreno, y se comenzó a pensar en platos ‘instagrameables’, la comida empezó a dialogar más con el celular que con el paladar.
El chef David Chang ha insistido en que la mejor comida puede ser deliciosa sin necesidad de ser bonita ni fotogénica, y que él no cocina para la cámara, sino para quien se sienta a la mesa. Esa idea es el centro de Ugly Delicious, la serie que cuestiona la manera en la que la apariencia define lo que consideramos “buena comida”.
los platos que más permanecen en la memoria rara vez fueron fotografiados… Tal vez la paradoja sea que en la obsesión por guardarlo todo estamos perdiendo el gusto por la vida y el encuentro con el otro.
Sin duda la gastronomía es un oficio que estimula todos los sentidos. Pero la mesa no es solo una experiencia sensorial: compartirla es también un acto social. Con la tecnología y las redes sociales, esa intención se ha ido fragmentando, desdibujando.
Lo entendí hace poco en un restaurante donde atienden personas con discapacidad. La mesera era sorda. Para comunicarse necesitaba que yo la mirara, que le hablara de frente para poder leer mis labios. Pero yo no levanté la cara de la pantalla. Estaba concentrada en el ángulo y la luz. Primó la descortesía.
Por estar pendientes de la foto, dejamos de escuchar lo que nos explican. Dejamos de mirar al otro. La obsesión por registrar termina debilitando el vínculo humano.
Quizás por eso los platos que más permanecen en la memoria rara vez fueron fotografiados. Un caldo casero y humeante. Un arroz blanco esponjoso. Un pan caliente con mantequilla. De esos no siempre hay imagen. Pero hay memoria. Hay sabor. Hay experiencia. Hay disfrute. Las fotos de comida en el celular alimentan la memoria de su archivo, no la del placer ni la del paladar.
Tal vez la paradoja sea que en la obsesión por guardarlo todo estamos perdiendo el gusto por la vida y el encuentro con el otro. Por eso hoy puedo decirlo con claridad: no quiero, ni debo, tirar más fotos. No porque la imagen no importe, sino porque el recuerdo que perdura y emociona no se construye a punta de clics.
Buen provecho.
Margarita Bernal
Para EL TIEMPO
@MargaritaBernal
















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