De la promesa fundacional de Internet como una red abierta y gratuita para compartir información y conocimiento, quedan pocos vestigios. Todavía recuerdo -con nostalgia- la enorme ilusión que despertó a comienzos de los años 90 esta maravilla, que ponía el mundo al alcance de un click. Pocos sitios como Wikipedia mantienen esta promesa, la gran mayoría de emprendimientos basados en esta herramienta de comunicación se han dedicado hacer plata a costa del navegante ingenuo que todavía sigue esperando el milagro de una red libre y respetuosa.
Algunas redes, como X, se han convertido en un insultadero ideológico o en una cloaca de chanzas destructivas. Claro, eso tiene dichoso a su propietario, que se beneficia con el tráfico que generan esas publicaciones. Otras, como Facebook, se aprovechan de la inocencia infantil para engancharlos de forma enfermiza con los retos de alta peligrosidad que publican usuarios sin ningún filtro. Pero la justicia y los gobiernos de algunos países ya empezaron a prohibir las redes para menores y están multando a estos gigantes por mirar para otro lado mientras se cometen delitos en sus plataformas.
En la otra cara de la moneda, hay logros que ilustran el buen uso de esa interconexión planetaria. La posibilidad de seguir trabajando durante la pandemia a través de sistemas como Zoom, resultó milagrosa para millones de humanos que durante largos meses la utilizamos como el único medio posible para contactar a la familia y para seguir trabajando sin perder el sustento.
Hay varias comunidades científicas y culturales que han podido compartir información y conocimiento en la red mundial, aunque no del todo gratis. Te permiten usar sus redes para consultar contenidos relacionados con tu profesión, pero a cambio de un perfilamiento detallado del rastro que dejas cada vez que navegas y de las creaciones o los hallazgos que públicas.
Destaco también el impacto que ha tenido en la generación del siglo XXI el acceso ilimitado a productos audiovisuales, gráficos, educativos y musicales. Estos jóvenes traen en su cabeza una altísima cantidad de memorias que, si las comparamos, ninguna generación anterior las pudo acumular debido a la limitada y costosa circulación de contenidos de aquel entonces. En síntesis, lo que hay que cuidar es el uso de esta tecnología, que igualmente puede prestar un valioso servicio o producir daños irreparables.
ÓSCAR ACEVEDO- crítico musical- acevemus@yahoo.com
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