Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982) no es solo una exquisita periodista cultural, cuyo trabajo puede leerse en el diario español ABC, y una narradora que pule de modo obsesivo la prosa de sus ficciones. Es, además, una de las voces más nítidas y valientes que se han erigido contra el régimen chavista de Venezuela, lúcida analista del escenario político de su país natal y de aquel en el que vive desde hace más de dos décadas, España. Por esta labor mereció en 2023 el Premio de Periodismo David Gistaud; también ha obtenido otras distinciones como el Premio O. Henry (2021) y el Premio Jan Michalski (2023).
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Sainz Borgo forma parte de la llamada “literatura de la diáspora venezolana”, con obras traducidas a más de treinta idiomas. Sus libros de ficción incluyen La hija de la española, El tercer país, La isla del doctor Schubert y Nazarena, su novela más reciente.
Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982), periodista y escritora venezolana. Foto:Fundación Telefónica
La pregunta sobre la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, durante una incursión de las fuerzas estadounidenses en enero resulta ineludible. “Desde el primer sobresalto ante todo lo ocurrido a inicios de enero, a mí me daba muy mala espina”, dijo Sainz Borgo en esta entrevista con La Nación (Argentina), en la que también habló de la etapa incierta que se abrió en Venezuela desde los hechos del pasado 3 de enero.
Desde el comienzo de la intervención de Estados Unidos en Venezuela, planteó su desconfianza hacia esta medida. ¿Cómo analiza la situación tras algunos meses?
Desde el primer sobresalto ante todo lo ocurrido a inicios de enero, a mí me daba muy mala espina. La agenda geopolítica de Donald Trump se diversificó en el transcurso de los días de manera enloquecida.
Claramente, lo que está ocurriendo con el régimen es una especie de blanqueamiento, un mecanismo de reabsorción, y lo veo con muchísima preocupación. Sobre todo porque la mayoría de las fuerzas democráticas parecen excluidas por completo de la ecuación. Edmundo González Urrutia es el presidente electo y no veo un llamado a elecciones, tampoco veo en la ley de amnistía un instrumento transparente. Aún tienen que desmontar los mecanismos que permiten la tortura y no lo están haciendo. Yo no sé quién fiscaliza el régimen actual, porque sigue siendo un régimen.
Edmundo González Urrutia pronunciando un discurso en Santo Domingo, República Dominicana. Foto:@EdmundoGU / AFP
¿Quién es Delcy Rodríguez? ¿La considera una dictadora?
Sí, claramente. Tengo la sensación de que tanto Delcy Rodríguez como Jorge Rodríguez, su hermano, actúan como una unidad. Son las dos caras de lo mismo: una, del Poder Ejecutivo, y el otro, de los tentáculos legislativos. Tienen exactamente la misma falla de origen que tenían Nicolás Maduro y Diosdado Cabello; les son imputables los mismos delitos y las mismas acusaciones en su contra.
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¿Cuáles cree que son los planes de Estados Unidos en Venezuela? ¿Buscan una transición o, por el contrario, permanecer en el territorio?
Me sorprende y me escandaliza cómo Trump va normalizando esa relación con Delcy Rodríguez. La mayoría de los analistas ven en Marco Rubio una garantía que yo no veo. No creo que haya en los Estados Unidos una política exterior coherente; aquí lo que parece haber es una política económica, de hidrocarburos. No veo en ninguna circunstancia un gesto de apertura política. Y las excarcelaciones de presos políticos en circunstancias muy particulares y discrecionales no tienen ninguna buena pinta.
Yo creo que Estados Unidos ha creado un problema donde ya existía otro. Nunca fui entusiasta con la intervención, mucho menos con una intervención militar de ese calibre, porque me resulta humillante. Pero lo que realmente me preocupa es que vaya a terminar por generar un sistema como el de un protectorado de un régimen blanqueado.
Usted celebró el Premio Nobel de la Paz de María Corina Machado y pudo entrevistarla, ¿cuál es el poder real con el que cuenta esta líder? ¿Cuán posible sería la transición de su mano?
La líder opositora y Nobel de la Paz, María Corina Machado, en una rueda de prensa en Washington Foto:EFE
Creo que María Corina Machado y todo el movimiento que ella enarbola han sido objeto de una profunda inteligencia en su gestión. Ella siempre propuso una salida democrática de por medio y pensamos que el Premio Nobel podría abrirle el camino. Pero claramente lo que veo es que Trump la ha dejado fuera de la conversación sobre las reglas democráticas, de manera deliberada, en esa forma extraña que tiene él de maltratar a sus interlocutores políticos, como lo hizo con Volodimir Zelenski.
La obliga a una parodia del Nobel, a una actuación poco seria, y creo que esta señora está tan acostumbrada y tan dispuesta a perder cosas que le da exactamente igual. No se la puede convertir en una mártir; no se le da ninguna garantía de que, si regresa a Venezuela, no vaya a ser asesinada. Veo muy mal este presente y este panorama no solo para Venezuela, sino también para la región.
Hablando de la región, Cuba está sumergida en un momento crítico, desabastecida, sin energía…
No creo que una Cuba colapsada en manos de Estados Unidos favorezca absolutamente nada que suponga el desarrollo de las leyes democráticas ni la prosperidad económica para ninguna de las dos naciones.
Me decía Junior García, uno de los disidentes políticos más directos, que en Cuba había crecido una sensación de la necesidad de anexionismo que lleva a cabo Estados Unidos, de que Cuba sea el Estado número 51. Si eso ocurriera, por donde lo miremos, sería el mayor fracaso político y el mayor fracaso histórico, no de la revolución, sino de nuestro propio proyecto como región. Y Trump sigue empecinado, ahora también, con la guerra contra Irán.
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Se abren focos de conflicto y ninguno se extingue. ¿Considera que Estados Unidos ha diseñado alguna estrategia geopolítica concreta o actúa por instinto?
Tengo una preocupación real: no sé si Trump actúa por estupidez o por codicia. Es decir, si piensa como un promotor inmobiliario o si todo lo resuelve como si fuera un negocio, porque no para de abrir focos de problemas territoriales y geopolíticos, después de haber resentido fuertemente la alianza atlántica y haber vapuleado la relación con Europa.
Menciona a Europa, donde vive desde hace dos décadas: algunos sectores han utilizado a Venezuela como bandera ideológica para condenar la acción de Estados Unidos, a través de la defensa de valores que el régimen no ha garantizado ni respetado.
Se ha generado una confusión en la conversación internacional, en especial en la izquierda europea. Comprendo que tiene unas banderas muy definidas respecto al orden internacional, en particular con Irán y Venezuela, y también advierto una especie de superioridad moral. Es un clima que conduce a una especie de sensación de simplificación de las cosas. Por ejemplo, hace muchísimo tiempo que no sentía xenofobia y ahora la siento. Una determinada izquierda española, por ejemplo, enrostrando o culpabilizando a una determinada diáspora con poder adquisitivo, está ejerciendo una xenofobia de baja intensidad, pero que se percibe con fuerza.
Una especie de superioridad moral e incluso intelectual de ciertos sectores…
Es que la conversación pública se ha ido a los extremos. La demarcación identitaria y territorial de los nacionalismos políticos y de los discursos ideológicos extremos ha convertido este momento en Iberoamérica en un desastre. Vivimos un momento bien crítico. No recuerdo a los españoles tan polarizados como ahora; ha habido un proceso de radicalización muy profundo.
Hay una figura central en la búsqueda del régimen venezolano de legitimación en el exterior, el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero. ¿Cuál ha sido y cuál es su rol? Actualmente está siendo investigado por la justicia española…
Zapatero tiene, al menos, que aclarar ante la Justicia su participación e intervención en procesos de negociación claramente viciados. Su labor como lobista de la paz tenía una contraprestación económica evidente. La intervención de Zapatero ha sido nociva no solo en Venezuela, sino también en el proceso de interlocución de la región con el resto de las democracias. También es cierto que una contraprestación ante la ley tampoco arreglaría los grandísimos estragos que ha causado, pero, por lo menos, crearía una compensación moral.
Laura Ventura
Para La Nación (Argentina).
Este artículo es una versión editada del original.
















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