Levantarse de la cama, caminar a la sala, evitar ver noticias y redes sociales, prender el computador y escribir. Así, en un estado casi de duermevela. Apenas conectada con la realidad. Avanzar sentada en el escritorio de madera donde los papeles suelen marcar el derrotero de historias que duermen bajo la luz del velador como si estuvieran, todavía, dentro de un útero silencioso. Cuando salgan a la luz, darán de qué hablar al mundo, o al menos, a buena parte de él.
Esta rutina matinal es la que despliega cada día, en Berlín, la escritora argentina Samanta Schweblin (1978), una de las voces más originales e importantes de la literatura contemporánea y que esta semana se llevó el primer Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana por El buen mal. Nacida y criada en Hurlingham (Argentina), estudió Diseño de Imagen y Sonido en la Universidad de Buenos Aires y, en sus ratos libres, escribía.
Entre la participación en talleres literarios, algunas publicaciones en antologías y la premiación y publicación de su primer libro de cuentos, El núcleo del disturbio, pasaron apenas unos años.
Schweblin recién pisaba los 20 y la singularidad de una pluma que mezclaba el ambiente siniestro de David Lynch con el desparpajo de las historias de Boris Vian irrumpió con fuerza en el ambiente literario vernáculo. En la contratapa del libro se la comparó con Kafka, por la particularidad de esos personajes que exploraban los “límites de la realidad, la percepción y el absurdo”.
En 2008 ganó el premio Casa de las Américas por su libro de cuentos Pájaros en la boca y, poco tiempo después, la beca para artistas del Servicio Alemán de Intercambio Académico (Daad), que seleccionaba cinco escritores de todo el mundo y les ofrecía casa, seguro médico y un sueldo en Berlín. El año inicial en la capital alemana se postergó.
Tras la publicación de El buen mal (2025), su último libro de cuentos, su nombre resonó entre posibles candidatos al Nobel junto a autores argentinos como César Aira y otros como Haruki Murakami, Margaret Atwood y Enrique Vila-Matas. Aunque finalmente, el ganador fue el autor húngaro László Krasznahorkai.
Su disciplina, en términos concretos, consiste en cumplir tres o cuatro horas diarias de escritura en lo que llama “estado zombi”. “Y si no escribo, es porque estoy en otra etapa del proceso o estoy pensando.
Cuando yo digo que trabajo en la mañana, tal vez me pasé toda la mañana leyendo o trabajando, pero alejada de la computadora: tomando notas, circulando; por ahí hice una caminata de dos horas con la libreta en la mano. Se trata de estar una cantidad de horas en estado mental de trabajo”, describe.
Tiene un amplio historial de premios y su nombre sonó incluso como posible candidato al Nobel, ¿qué lugar ocupan en el desarrollo de una carrera literaria?
Son importantes, por supuesto, pero tampoco son el único camino posible. Con los premios, los libros llegan a más lectores y, quizá, te llega algo de dinero con el que se puede comprar algo de tiempo libre –que es algo carísimo en este mundo–, y con ese tiempo se puede seguir escribiendo.
Me gusta una frase de Chinua Achebe que decía que un premio era una cosa maravillosa, algo así como una palmada en la espalda capaz de romperte varias costillas. Siempre hay algo de miedo, quizá porque cargamos con el síndrome del impostor o porque los premios y el reconocimiento pueden generar mucha presión a la hora de escribir.
Para convencerme de que nada de esto es cierto, me digo que en un reino cada vez más pequeño, como es el de la literatura, ningún premio debería generar ningún daño ni ilusión desmedida. Escribimos y leemos porque nos hace bien, tan bien que este sigue siendo un espacio saludable en el que sigo confiando.
Su último libro, El buen mal, trabaja especialmente la ambigüedad. ¿Es una decisión buscada?
Toda la literatura y el arte en general que me interesa está cargado de ambigüedad. Así que sí, es una sensación a la que siempre intento acercarme.
Los grises, la inquietante posibilidad de que las “verdades” que me creo no sean las únicas verdades que existen, son algo que me inquieta y a la vez me interesa. El horror, en esencia, es porosidad.
Lo que nos asusta puede manifestarse de muchas formas, pero para mí el horror más existencial es el que nos muestra en sus formas más prácticas la aterradora permeabilidad de nuestros límites.
¿Le percibe un tono más sombrío que los anteriores?
Exceptuando el primer cuento –que es verdad que puede tener una lectura sombría–, creo que es mi libro menos fatalista. Cada historia es un ejercicio práctico sobre cómo volver a ponerse de pie.
A tal punto que esto es lo que hace literalmente el personaje del último cuento en la última línea del libro. Nada de lo que ocurre está realmente alejado de las cosas que vivimos cada día.
Ojalá estas historias sean para los lectores lo que fueron para mí: mini puzzles personales, ensayos físicos y mentales de cómo podríamos superar o entender ciertas situaciones. Escribo para saber cuánto van a dolerme las cosas que temo y que ya siento inevitablemente cerca.
Se habla mucho de un resurgir del realismo mágico, o una redefinición del género, en escritores latinoamericanos. ¿Cree que su literatura forma parte de eso?
Creo que esa pequeña docena de autores del famoso boom latinoamericano de los 60 cristalizó una línea particular del realismo mágico que es, en realidad, un género más amplio.
Me gusta más el nombre que acuñó Carpenter: “lo real maravilloso”, que subrayaba la idea de que en América Latina lo maravilloso forma parte de la realidad cotidiana, no necesita ser inventado. Salman Rushdie dijo: “Cuando uno dice realismo mágico, la gente escucha ‘mágico’, nadie escucha la primera palabra, que es sobre la que ocurre todo lo demás”.
Creo que fue la primera vez que, escuchándolo, me pensé por fin dentro del género. Porque para mí, lo mágico y lo fantástico, que tienen una presencia fuerte en lo que escribo, pocas veces suceden realmente sobre el texto; funcionan más como una amenaza, una posibilidad que va creciendo en la cabeza del lector.
Es recurrente que la engloben dentro de la “literatura femenina”. ¿Qué opina de eso?
Me gustaría encontrar entrevistas donde le pregunten a los hombres qué piensan de la literatura masculina.
Por más que el mercado parezca estar tan contento con lo que escriben ahora las mujeres, si seguimos hablando de literatura femenina o escrita por mujeres (que no es lo mismo, pero en este caso genera lo mismo), significa que seguimos dando por sentado que, lamentablemente, la literatura masculina es la literatura universal.
Así que sí, en este sentido, la pregunta nos pone en un lugar que sigue aislándonos.
Vive hace años en Alemania y viaja mucho. Sin embargo, sus cuentos suelen tener una matriz argentina muy marcada, tanto en lenguaje como en referencias y geografías. ¿Es inevitable soltar la nacionalidad en la escritura?
Cada año paso por Buenos Aires una o dos veces, y paso también un par de meses en Lago Puelo, Chubut, donde vive mi familia, desde donde suelo escribir bastante.
Así que sigo estando allá, incluso físicamente. Escucho las noticias argentinas cada día, mi comunidad en redes es mayoritariamente argentina y muchos de mis amigos en Berlín son también argentinos.
A veces aterrizo en Berlín y siento todavía, tras casi trece años viviendo en esta ciudad, una suerte de extrañamiento de vivir acá.
Es inquietante esta sensación de que nunca se llega a casa por completo, porque cuando estoy en Lago Puelo me falta Berlín, y cuando estoy en Berlín me falta Argentina. Ya no hay un lugar donde pueda aterrizar entera.
Pero por ahora también es un estado interesante, desafiante, que me obliga a prestar atención de una manera que me doy cuenta que se está siempre un poquito corrida de lugar.
Y no importa en qué ciudad esté, en cuanto pongo mis manos sobre el teclado y empiezo a escribir, ya estoy otra vez en la Argentina.
¿Piensa en las categorías de un mercado internacional al abordar una nueva historia?
¿Cuáles son las categorías de un mercado internacional? Sobre el tema en general, puedo contar lo que ya intuimos, y es que hay un imperialismo brutal del inglés sobre el resto de las lenguas.
En el siglo diecinueve y parte del siglo pasado, las literaturas nacionales todavía pensaban –o incluso creaban– identidades y espíritus nacionales que discutían con otras literaturas del mundo mediante la traducción. Hoy, la relación es casi piramidal.
Por dar solo un ejemplo, la novela La vegetariana, de la maravillosa premio Nobel Han Kang, no la leemos de su traducción del coreano. La leemos en un español que fue traducido desde una traducción anterior al inglés.
La inmensa mayoría de esta literatura internacional, que hoy leemos en traducción y que luego transpiramos en nuestra escritura como parte de nuestra propia tradición, es lo que nos llega del colador anglosajón, que no es malo de por sí, pero tiene el gran problema de su absoluto monopolio.
¿Se le ocurrió alguna vez escribir en otro idioma?
A veces también me preguntan por qué no escribo sobre Berlín, y con las dos preguntas termino sintiendo más o menos lo mismo.
Son desafíos interesantes y posibles; me dejan pensando, pero mi lugar es el espacio físico y emocional argentino –y en mi español porteño–. Este es el mundo en el que yo pongo mi atención, lo que me duele y lo que me importa.
Para cambiar de idioma o de locación, necesitaría una razón fuerte a nivel argumental, algo que justificara semejante salto, cualquier otra cosa me sonaría un poco artificial o caprichosa.
Parece que le esquivara a la idea de “normalidad” en su narrativa: personajes alucinados, siempre al borde de la realidad. ¿Puede ahondar en este concepto?
Cada vez entiendo menos este término. ¿Qué vendría a ser “lo normal”? ¿Lo acordado? ¿Lo estandarizado? ¿Lo socialmente aceptado? Ninguno de los grandes libros, películas ni obras de teatro que me han fascinado en mi vida trata sobre esto.
Me gusta la definición de la española Belén Gopegui, que dice que la normalidad es un concepto impuesto por quienes definen qué es normal y qué no lo es, y por tanto no es un concepto democrático ni matemático, sino un concepto de poder.
Creo que en las mejores ficciones, cualquier normalidad está ahí para ser quebrada, lo que nos interesa es la fisura, porque ahí es donde encontramos lo que sentimos más verdadero, y encontrarlo al fin nos alivia muchísimo. Silvina Ocampo ya lo decía: lo raro siempre es más cierto.
La maternidad es un tema muy presente en su obra, desde Distancia de rescate hasta en El buen mal, donde el peligro y la muerte acechan a niños pequeños. ¿Por qué su narrativa vuelve a esa temática?
Todos somos hijos de alguien; no hay un solo ser humano, ni de los que nos caen bien ni de los que nos caen mal, que no haya pasado por la fatalidad o la bendición de ser ese otro sujeto sobre el que se ejerce la maternidad.
¿Cargamos cada uno de nosotros con un tema más universal que este? Lo que a mí me extraña es por qué no se escribe más sobre esta locura. Incluso cuando escribo sobre otras cosas, para mí esa relación madres-hijos, padres-hijos, cuidadores-cuidados, siempre está latiendo de fondo.
Es como la fatalidad de un escenario en el que siempre nos toca actuar. Podemos montar con nuestras vidas la historia que queramos, pero siempre estará esa sensación rígida de fondo, conteniéndonos, con todos los daños y los cuidados que acarrea cualquier intento de contención.
Hay una decisión particular en El buen mal: hacia el final, detalla en qué se inspiró para cada cuento. ¿Por qué decidió contarlo?
Aunque las historias son pura ficción, en este libro hay detalles personales por todas partes. Cuando lo terminé, sentí que era un libro más sincero que los anteriores, y quizá por eso también necesité decirlo.
Luego me sorprendió la curiosidad que estas últimas notas encendieron en algunos lectores. Quizá más que nunca queremos saber quién es ese otro, por qué y desde dónde escribe. Como lectora, siento este cambio en la última década.
Podría ser peligroso si esto fuera solo medir moral o ideológicamente a ese otro que escribe. Pero quizá es que estamos todos perdidos entre tanto exceso de información y desinformación, y nos urge entender si hay humanidad del otro lado, si del otro lado del libro hay alguien con quien podríamos también conectar.
















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